jueves, 14 de noviembre de 2013

Primera clase


–No puede ser. Cuando saqué los pasajes explícitamente pedí ventanilla. No pasillo.
–Lo lamento mucho señor, pero el asiento está asignado, yo no lo puedo cambiar. 4B, pasillo. El vuelo está completo en Primera. Si fuera Económica...
–No, yo viajo sólo en Business o en Primera.
Por detrás de la empleada se acerca un tipo de traje.
–Por favor, señor, si es tan amable acompáñeme un minuto a ver como le solucionamos este inconveniente, y mientras tanto dejamos que la señorita atienda a los demás pasajeros –dice con excesiva amabilidad.
Ya me la veo venir, me ponen a un costado y atienden al resto antes que a mí. Después, ¡mierda me van a dar ventanilla!
–No. Acá no pasa nadie hasta que me atiendan –digo.
–Ya le ofrecí cambiarlo al vuelo de las 14. En ese sí le puedo dar ventanilla y sería sólo una hora más de espera –le dice la empleada al tipo.
–No. Yo tengo que viajar ahora, no puedo esperar. Que se cambie otro.
El del traje vuelve a mirar la pantalla. Parece preocupado. Alguien, desde atrás, me toca el hombro. Me doy vuelta. Es un gordo. Sonríe. Tendrá unos cuarenta y pico.
–Mire, yo tengo el 4A, se lo cambio y listo. A mi me da lo mismo pasillo o ventanilla. Además, sería una lástima que usted se perdiera este vuelo –dice y sonríe.
Yo estaba por mandarlo a la mierda y el gordo me sale con esto. No sé que responder. El tipo de traje suspira aliviado.
–Bueno, muchas gracias. Entonces hágame el favor de embarcar usted primero, ya que fue tan amable –le digo al gordo.
A ver si te pensás que el único generoso sos vos, pienso mientras el tipo pasa delante de mí hasta llegar al mostrador.
Me pongo a un costado y lo miro. Tiene en la mano un tarro de helado y come con gula mientras la empleada chequea sus datos. Casi se olvida el bolso de la notebook. Le aviso. Vuelve, lo recoge y me agradece con una empalagosa sonrisa porcina. Mientras su enorme culo se bambolea camino a la puerta de embarque, me acerco al mostrador.
Le doy mi equipaje a la empleada. Me entrega el tique y voy hasta el salón VIP. Tendría que llamar a la oficina para hablar con Analía. Yo le dije bien clarito: ventanilla. Si no fuera por el padre, la echaba a la mierda. Encima, ahora me voy a tener que bancar al gordo este todo el viaje. Abro mi notebook. Tendría que revisar la presentación para los canadienses pero no tengo ganas. Juego un rato al solitario. Leo algunos mails. Aburrido, cierro la computadora y busco distraerme con el diario.
–Pasajeros del vuelo de Air Canada 2560, presentarse para abordar por puerta 12 –dicen por los altoparlantes
Ya era hora. Subo al avión y voy hasta la fila 4. El bolso de mano en la parte de arriba y la notebook abajo, bien cerca. Mejor duermo un rato. Me pongo el antifaz para que cuando llegue el gordo no me dé charla. Supongo que todavía falta un rato para el despegue. Lo único que tiene de malo viajar en primera es que hay que presenciar el insoportable desfile de los pasajeros de económica.
Oigo el ronroneo de los motores. Estamos en el aire. El avión se sacude, abro los ojos. El gordo me mira. Sonríe. ¿Nunca deja de sonreír este imbécil?
–¿Durmió lindo, eh?
–Perdón ¿ronqué? –digo, porque no se qué decir.
–No, hombre para nada. ¿Quiere un trago? –dice y me muestra varias botellas de whisky diminutas que tiene sobre su mesita.
–No, gracias.
Me empieza a faltar el aire. Tengo palpitaciones. Aprieto la cara contra la ventanilla de plexiglás. Está frío, me gusta. Trato de pensar que estoy afuera, volando entre las nubes, eso suele calmarme. Las palpitaciones ceden. Me recuesto en el asiento y abro un poco más la ventilación. Vuelvo a respirar con comodidad.
–¿Claustrofobia? –me dice el gordo.
–Sí, ¿Cómo se dio cuenta?
–Yo tuve.
–¿Y se curó?
–Si. Me enterraron vivo. Créame que es el mejor remedio –dice y levanta el vaso de whisky como si fuera a proponer un brindis.
Lo único que me faltaba: encerrado en una lata de sardinas, a miles de metros de altura y con un imbécil al lado que se la da de gracioso.
–No es chiste –continúa–, es la pura verdad. Me enterraron vivo. También me ahorcaron, me ejecutaron en la silla eléctrica un par de veces, me dispararon, me electrocuté, me ahogué, me caí de un piso veinte, de un piso treinta y tres y hasta de un primer piso, pero de cabeza.
No sé si reírme o llamar a alguien para que venga a atar al gordo, pero el tipo me mira divertido y sigue.
–Ya perdí la cuenta de las veces que morí. Eso sí, nunca me voy a olvidar de la segunda.
No respondo. Debo parecer asombrado. El gordo hace un silencio dramático y se larga.
–La segunda ¿entiende? La primera fue bastante tonta, debo admitir. ¿Vio que en los ómnibus hay un cartel que dice “Mire atrás al descender”? Bueno, yo no miré. Supongo que morí al instante porque no recuerdo nada más. Lo extraño vino después. Desperté en una habitación gris. Me senté y miré alrededor. Salvo la cama en la que estaba, sólo había un inodoro en un rincón y un pequeño lavatorio. No tuve tiempo para hacerme muchas preguntas porque enseguida se abrió la puerta de la celda y entraron dos guardias con una bandeja. Me obligaron a comer. La verdad es que la comida estaba buena pero yo no supe disfrutarla. Antes de que pudiera terminar, vino un cura. Hablaba en alemán, creo, no le entendí un carajo. Los guardias volvieron, me llevaron por un pasillo hasta otra habitación y me ataron a una camilla. La comida debería haber tenido alguna droga porque yo estaba demasiado tranquilo. Un tipo vestido de blanco me clavó una aguja con una cánula en el brazo derecho. Un tipo de traje leyó algo que no entendí. Al rato empecé a sentir un extraño sopor, después un aumento de peso en todo el cuerpo y un rato más tarde flotaba en la nada. ¿Estaba muerto? ¿Cómo saberlo si nunca antes lo había estado? Bueno, ahora que lo pienso, sí, una vez antes que esa, pero la verdad es que no tenía mucha experiencia como para poder comparar, en cambio ahora, se imaginará, ya me volví un especialista. –dice y me sonríe como si yo entendiera  algo de lo que me está contando.
Una azafata pasa por el pasillo y el gordo le pide más whisky. La chica hace como si no lo hubiera escuchado; evidentemente tiene orden de no traerle más bebidas.
–Después, poco a poco empecé a tener noción de mi cuerpo –sigue–. De pronto, una luz muy fuerte y un estruendo me hicieron abrir los ojos. Di un volantazo  y esquivé el camión por centímetros. Frené sobre la banquina. Traté de razonar lo que me pasaba, pero no llegué muy lejos. Un micro de dos pisos me llevó puesto a más de cien kilómetros por hora. El auto quedó hecho mierda y yo, otro tanto. No se cuánto tiempo estuve atascado ahí adentro. Me sacaron con los bomberos y me metieron en una ambulancia. Creo que hice dos o tres infartos hasta que al fin me morí. De nuevo sentí que flotaba y otra vez a empezar…
Es gracioso. El tipo está loco, pero me doy cuenta de que prefiero escuchar su historia antes que abrir la notebook y volver a revisar, por milésima vez, la presentación para los canadienses.
–Muchas veces me pregunté por qué me pasa esto –dice.
–Me imagino –digo ¿Pero a mí que mierda me importa? me contesto casi al instante.
–Tengo una teoría. Supongo que morir es algo muy traumático para la gente común. Entonces, alguien allá arriba pensó evitarles a algunos ese mal trago. Imagínese, usted vive lo más tranquilo setenta u ochenta años y el día que le toca mudarse al otro barrio, para ahorrarle el sufrimiento, me ponen a mí en su lugar y a usted le encajan las alitas y lo mandan a tocar el arpa. Es una buena explicación ¿no le parece? Bueno, en un principio me costó aceptarlo pero todo es cuestión de costumbre, créame. La cosa es aprender a disfrutar el tiempo que me toca. Total, mañana voy a estar en otro cuerpo y me voy a morir de nuevo.
Lo miro con curiosidad.
–Ya sé qué me va a preguntar: lo del túnel, ¿me equivoco? –dice el tipo.
–No se equivoca –le digo.
–Nada de túnel. No pasé por ahí ni una vez. Será que, como yo me quedo de este lado…
–Y… dígame, ¿cuál fue la peor muerte? –pregunto por compromiso o quizás no tanto.
–Yo suponía que lo peor sería morir ahogado, pero no. Me morí ahogado como diez o doce veces y no es tan jodido. Es como tomar agua hasta reventar, si puede imaginarse algo así. Ahorcado, sí. Me ahorcaron tres veces y no me puedo acostumbrar. Es una desesperación tremenda. Uno hace fuerza por tragar aire y no pasa nada. Hasta que al fin, crack, se parte el cogote. Pero mientras tanto se lo encargo. El infarto es bastante embromado, pero de tan común se vuelve rutinario. Me infarté como setenta veces. El dolor es insoportable, pero como yo ya me sé los síntomas, lo dejo llegar y hago lo posible para que pase rápido. Una vez sí fue una joda.
–¿Qué le pasó?
–Estoy comiendo en un restaurante y empiezan los síntomas. Yo estaba en el cuerpo de un tipo de sesenta y pico que fumaba y chupaba de lo lindo. Bueno, entonces me quedo tranquilito y le digo a la mina que tengo enfrente: llamá una ambulancia que me está dando un infarto. Se ve que además el tipo era medio jodón porque la mina me mira con cara de “otra vez sopa” y me dice: dale, no te hagás el pavo y terminá las mollejas. Ahí nomás empiezo a sentir un dolor terrible en el brazo izquierdo. Me caigo de la silla. Trato de relajarme y el dolor afloja. Cuando llega la ambulancia ya estoy mucho mejor. Igual me suben a una camilla y me llevan para el sanatorio. Antes de llegar, se nos cruza un camión y nos hacemos peomada. Me salvé del infarto pero palmé en el accidente. Parece joda ¿no?
El tipo ya está totalmente borracho. Desde que me desperté no paró de tomar whisky. Pasa otra vez la azafata. Él le pide más bebidas. La chica se niega. El tipo ni se inmuta. Abre el bolso de la notebook. Lo tiene lleno de botellas. Saca una de Chivas. Acá se arma, mejor aprovecho para ir al baño.
Me lavo la cara. Miro el reloj. Todavía faltan un par de horas para llegar a Toronto. Mejor que me ponga a revisar la presentación y de paso aprovecho para tomar distancia del gordo, a ver si todavía la ligo de rebote. Se enciende la señal de abrocharse los cinturones. Salgo al pasillo y voy hasta mi asiento. Cuando llego, la azafata le pide al gordo que le entregue las botellas de whisky que tiene en el bolso. Él se niega. No puedo pasar, así que espero a que la chica se vaya para volver a sentarme.
–Qué pelotuda, pensaba que le iba a dar las botellas. Si las acabo de comprar en el free shop –dice el gordo.
Me vuelvo a sentar sin hablar y me abrocho el cinturón. Abro mi notebook y arranco la presentación para los canadienses. La azafata está de vuelta con refuerzos. Ahora viene con un asistente que mide como un metro noventa y debe pesar más de cien kilos. Ahora te quiero ver, gordo. El avión da un bandazo. La azafata y el asistente caen al piso. El gordo suelta una carcajada y vuelve a llenar su vaso de whisky. Oigo algo parecido a un trueno. Desde el techo caen las mascaras de oxígeno. Me ahogo. Tengo palpitaciones. Me pongo la máscara y apoyo la cara contra la ventanilla. Miro hacia atrás, hacia el lugar del que pareciera provenir el ruido. Veo parte del ala envuelta en humo negro y espeso. Dentro de la cabina, mi notebook cae hacia el frente del avión, junto con un montón de otros objetos. Miro hacia el asiento de al lado. El gordo sonríe, me guiña un ojo y levanta su vaso de whisky, como si fuera a proponer un brindis.

sábado, 22 de junio de 2013

Puto el que lee

El presentador mira a cámara. Toda la audiencia espera que a continuación desgrane una serie de razonamientos lógicos que den por tierra los argumentos de su oponente y convenzan sin lugar a dudas de que su postura es la más sólida, la única fundada en verdades incuestionables o, al menos, mayoritariamente aceptadas. La espera llega a su fin, el presentador sonríe canchero y dice con soltura: “No voy a responder las denuncias de Fulano, simplemente porque Fulano es un pelotudo”. O tal vez, si el presentador en cuestión es un verdadero espadachín de la retórica, podría regalar a su público una pieza oratoria sublime como la que sigue: “Si uno exprime una gota de pelotudo en el vacío, esa gota de pelotudo en el vacío absoluto es este idiota que se llama Fulano”. Listo, fin de la polémica. No importa si los argumentos de Fulano son válidos o inválidos. No interesa si lo que dice Fulano se acerca aunque más no sea remotamente a la verdad, lo único que importa es que Fulano quedó olímpicamente fuera de la discusión, y con él, sus argumentos, sus verdades. Toda la polémica se licua entonces en un mar de carcajadas provenientes del grupo de aplaudidores que colma las tribunas del programa.
En la escuela, nuestras madres nos prevenían de los chicos que usaban malas palabras para expresarse. “No te juntes con esos”, nos decían. Hoy, reposadas damas en el ocaso de sus vidas, no sabrían que decirnos cuando comprobamos que estas palabras, antaño discriminadas, hoy forman parte del lenguaje periodístico de los comunicadores más respetados.
También, en la escuela primaria nos amonestaban cuando nos mofábamos de algún compañero, deformando levemente su apellido para hacerlo más gracioso, o tal vez, más representativo de algunas características evidentes de su humanidad. En la secundaria teníamos terminantemente prohibido modificar los apellidos de algunos de nuestros compañeros como Delorte, Delano o Chacón. Hoy, los comunicadores masivos que nos intentan convencer de la robustez de sus argumentos, de la veracidad de sus informaciones, solventan sus mensajes renombrando a sus opositores con mecanismos como los ejemplos que siguen: Si el intendente se llama González Padrón y se quiere hacer público el desmanejo que hace de los fondos a él asignados, simplemente se lo renombra como González Ladrón y los televidentes entenderán el mensaje sin necesidad de presentar tediosas pruebas que seguramente no son nada televisivas. Es sabido que los números no quedan bien en la tele. Otra opción, cuando se duda de las preferencias sexuales de tal o cual diputado, si el mismo ostenta un apellido del estilo de Marconi, por ejemplo, bastará con llamarlo Diputado Mariconi y listo el pollo, no hace falta mucho más para que la gente entienda. Porque este procedimiento está destinado, obviamente, a facilitarles el entendimiento, a los televidentes, ya que la pobre gente que llega con sus facultades cognitivas exhaustas después de una jornada de trabajo alienante no tiene tiempo que perder siguiendo largos razonamientos o argumentaciones y, en definitiva, los comunicadores están aquí para facilitarles el trabajo.
El filósofo esloveno Slavoj Žižek opinó en un reportaje que le hicieran durante la Feria el Libro de Frankfurt, en octubre de 2001, que la medida del verdadero amor es poder insultar al otro. “Si hay verdadero amor”, dijo “se pueden decir cosas horribles, y no pasa nada”. Recordaba el filósofo su paso por el ejército yugoslavo: “¿Cómo nos hacíamos amigos con los albanos? Cuando empezábamos a intercambiar obscenidades, insinuaciones sexuales, chistes”. Ahora, el problema es que en el caso de los comunicadores televisivos que suelen utilizar este mecanismo, no lo hacen nunca frente a sus supuestos interlocutores. Estos están fuera de la charla y tampoco, a posteriori, se les permite dar su versión de los hechos, o al menos, devolver el insulto. En este caso, parece más correcto pensar que el insulto no funciona como herramienta de unidad, de confraternidad, sino de discriminación. Porque, al calificar al interlocutor, al opositor, al ocasional adversario, utilizando palabras que condensan significaciones negativas con respecto a la estructura cultural hegemónica, se lo está discriminando, poniéndolo de lado, sacándolo del grupo que tiene capacidad para discutir un argumento, para dar su verdad. El otro es un pelotudo y ni siquiera merece que se le explique nada, porque no va a entenderlo. El otro es un maricón, debe ser segregado, quizás exiliado a la isla desierta que el cardenal Quarracino proponía para quienes elegían un tipo de sexualidad distinto del hegemónicamente aceptado.
Internet, y más precisamente las redes sociales que se alojan allí, se han convertido en una enorme propaladora de insultos y descalificaciones hacia personajes públicos, políticos preferentemente, pero también hacia otros anónimos internautas. En un principio podría pensarse que quienes se expresan de este modo, anónimos internautas que parecen tener sus cerebros rebosantes de eso que destilan en sus blogs, tuits o comentarios de Facebook, son aquellos compañeros de los cuáles nuestras madres nos prevenían con su “no te juntes con esos”. Ahora, cuando esta práctica se traslada a los medios masivos de comunicación y se pone en boca de respetados comunicadores sociales de los cuáles es dable esperar un mínimo de profesionalismo, es necesario tomar conciencia de las palabras que estos utilizan y de lo que ellas implican en términos de un “sentido común” que se ha naturalizado y debe ser puesto en discusión. Esto, o seguir el consejo de nuestras ancianas madres.

sábado, 20 de octubre de 2012

Herencia



Tendrías que haber visto esa casa. Bueno, casa. Era más bien un toldo con cuatro chapas. Ahí vivía. Ni te imaginás lo flaquita que estaba. Apenas si se le notaba la panza.
El que arregló todo fue el primo de Toribio que en ese entonces era juez en Posadas. Lo primero que hicimos fue sacarla de ese lugar. Yo estaba horrorizada. No quería ni bajar de la camioneta que nos llevó. Con el auto que habíamos alquilado en el aeropuerto no pudimos entrar, por el barro. Raúl me dijo que me quedara, pero el primo de Toribio dijo que no, que era mejor que la chica viera una imagen femenina. ¿La madre? Ni habló. Se quedó sentada en la puerta del ranchito tomando mate. En realidad parecía más la abuela que la madre. No tendría ni cuarenta pero estaba muy avejentada, viste cómo es esa gente. Ella había arreglado antes con el juez así que nosotros le dimos la plata a él. Nunca supimos con cuánto se quedaba el tipo. Raúl me dijo que con la mayor parte, seguro. No me extrañó: tenía una cara de chanta. Ahora es diputado provincial.
Ni bien la pusimos en el asiento de atrás, la chica saltó y corrió de vuelta para el rancho. Te juro que me partió el alma, parecía un animalito asustado, pobre. Por poco me arrepiento. Pero, ni bien entró, salía otra vez con una muñeca en la mano. Pasó al lado de la madre que seguía tomando mate. La chica se quedó un instante ahí, callada, le tomó la mano a la mujer, se la besó y volvió corriendo a la camioneta. No le dijo nada, sólo le besó la mano y volvió corriendo a la camioneta. Raúl me dijo que le pareció verla llorar a la madre. No creo.
Me senté atrás, al lado de la chica, y traté de conversar con ella. Quise tocarle la panza pero no se dejó. Se retorcía de tal modo que Raúl me gritó que no la molestara más. No sé por qué estaba tan furioso. Yo me puse mal, pero traté que nadie en la camioneta se diera cuenta. De pronto ella solita me agarró la mano y se la apoyó en la panza. No sabés, cuando sentí que el bebé daba pataditas me puse a llorar como una estúpida. Raúl se dio vuelta y me miró con odio. No entendió nada.
En Posadas la internamos en una clínica. Estaba con anemia, nos dijo el doctor. La tuvieron en observación una semana. Ahí nos dijeron que en realidad estaba de seis meses. Raúl se puso loco porque nos habían dicho que estaba de ocho.
–¿Y ahora qué hacemos? –me dijo– ¿Vamos a tener que mantener a esta india hasta que nazca la beba?
¿Vos podés creer que dijera semejante barbaridad? La chica estaba en la otra habitación, pero pobrecita no entendía nada.
Cuando fuimos a verlo al primo de Toribio al juzgado, nos dijo que si la llevábamos a Buenos Aires él no iba a poder hacer los papeles. También nos dijo que conocía un convento donde la podían cuidar hasta que estuviera en fecha. Era lo mejor –nos aseguró– porque muchas, después de que una les da de comer y las viste, se escapan. Se vuelven para el rancho o se van a parir a otro lado. Nos dijo que cuando estuviera por nacer la criatura, él nos iba a llamar para volver a llevarla a la clínica. Lo tenía todo organizado. Le pagamos a la madre superiora.
–Al final, lo único que hacemos acá es poner plata –dijo Raúl.
Yo estuve a punto de decirle que no era por mi culpa, justamente, que estábamos pasando por todo eso; pero me contuve.
Una vez que la dejamos en el convento nos peleamos mal con Raúl. Yo le dije que pensaba quedarme en Posadas, en el hotel en el que estábamos parando, que no era muy caro.
–¿Pero vos sos pelotuda? –me dijo.
Yo sabía que él tenía razón, que tres meses en un hotel, por más barato que fuera, nos iba a salir una fortuna. Pero, ¿qué quería que hiciera? Te juro que si hubiera podido me la habría metido dentro para tenerla yo. Entonces se lo dije.
–Si no podemos tener hijos vos sabés muy bien por qué es –Te juro que se me escapó.
Raúl nunca me levantó la mano. Cuando se enoja rompe cosas o le da trompadas a las paredes. Pero ese día pensé que me pegaba. Salió del hotel y no volvió hasta la madrugada. Yo estaba destruida. Imaginate, mi beba apenas a diez cuadras y me tenía que volver a Buenos Aires. ¿Y si la chica se escapaba? ¿y si le pasaba algo? Cuando regresó Raúl me di cuenta de que había tomado, pero por lo menos se le había pasado la bronca. Me dijo que si quería, podíamos ver de alquilar algún departamentito barato en
Posadas y que él podría venir algunos fines de semana a acompañarme. No podía ser tan turra. Le dije que no, que me volvía con él y que, si podíamos, viajáramos cada tanto para ver como estaba nuestra hija.
Así que volvimos a Buenos Aires. Desde acá yo llamaba al convento todos los días. La pobre chica casi no hablaba así que yo pedía por la superiora. No sabés lo amable que era esa mujer. Se notaba que tenía una gran paz interior. Viajamos casi todos los fines de semana. En avión, obvio. Raúl se ponía como loco cada vez que llegaba el resumen de la tarjeta.
Al final, el primo de Toribio nos llamó el 20 de julio para decirnos que estaba en fecha. Igual, nosotros ya teníamos los pasajes reservados porque nos habían dicho en el sanatorio que iba a ser para esos días. Llegamos el 22. Ayelén nació el 23 a la tarde pero la trajimos recién los primeros días de agosto. Era divina, chiquitita y tenía la carita toda roja. Raúl le puso “hormiga colorada”. Daba miedo tocarla porque parecía que se iba a romper. Le pregunté al obstetra y me aseguró que estaba sanita. El parto había sido normal y la chica también estaba bien. Yo la vi desde la puerta de su habitación. Estaba mucho mejor de cara que cuando la sacamos del ranchito. El médico nos dijo que fue una suerte que la lleváramos en el sexto mes, porque si no, seguro que la beba hubiera nacido con menos peso del aconsejado. Fuimos a ver a un escribano y la anotamos, no nos hicieron ningún problema. Después se la llevamos a la superiora para que la viera. Qué mujer, hasta le dijo a Raúl que si la mirabas de perfil, Ayelén se le parecía. Nos dijo también que la chica se iba a quedar en el convento, que la iban a cuidar. Raúl, como siempre, no le creyó.
Si, seguro –me dijo cuando salimos–. A nosotros nos cobraron tres lucas por tenerla unos meses y ahora la van a dejar quedarse gratis.
Él no me lo quiso reconocer nunca, pero yo sé que le dio plata a la chica antes de que nos fuéramos de la clínica.
Años más tarde –Ayelén entraba a preescolar, así que tenía que estar por cumplir los 5– Toribio me contó que la chica había ido a verlo al primo, para preguntarle si sabía cómo estaba la nena. Me lo dijo como si nada. Yo casi me muero. Pensé que nos la iba a querer quitar. Toribio me dijo que no, que la chica tenía como veintiún años, que se había casado y ya tenía tres nenes, rubiecitos como Ayelén, me dijo. Mirá vos, para qué venir a molestar ahora que tiene una familia, pensé. Toribio me dijo que su primo el diputado –ya no era más juez en esa época–, la asustó diciéndole que le podían hacer un juicio por abandono de persona, o algo así. De ese chanta se podía esperar cualquier cosa. Por suerte nosotros no supimos nada más ni de él ni de la chica.
Si, eso fue hace mucho tiempo, ya sé. Pero, hace tres días... estábamos con Ayelén y con la modista en casa. La mujer había traído el vestido de los 15 para que se lo probara. No sabés, le queda divino. Sólo falta hacerle un par de retoques, así que la modista le dijo que se lo sacara. Entonces Ayelén se fue para la pieza a cambiarse y de pronto se paró, se dio vuelta, me miró y volvió corriendo. No dijo nada, lo único que hizo fue besarme la mano y se volvió para la pieza. No me dijo nada, ¿te das cuenta? Solamente me besó la mano y se fue. Sólo eso.

*Primer Premio del Primer Concurso de Cuentos en Twitter, organizado por Grupo 23. 

domingo, 22 de julio de 2012

¿Silvestre?



Levanté la mirada del diario y lo vi sentado en una mesa al lado de la puerta. Estaba seguro de que cuando yo llegué, esa mesa estaba vacía. Me extrañó que no se hubiera acercado a saludar. No me debe haber visto, pensé. Mi primer impulso fue seguir leyendo como si no hubiera notado, yo tampoco, su presencia. No podía hacerle eso. Llevábamos por lo menos dos años sin vernos. Me puse de pie y fui hasta su mesa.
–¿Silvestre? ¿cómo andás, negro? –me miró como si no me conociera–. Soy yo, Santiago ¿No me vas a decir que ya te olvidaste de mí?
–Discúlpeme, pero me está confundiendo con otra persona –dijo con aire cansado, como si repitiera un guión.
–Siempre el mismo, vos. Dejate de embromar. ¿Qué andás haciendo por acá?
–Créame –dijo–. No es la primera vez que me pasa. Está equivocado. 
Me hizo dudar. Estuve a punto de volver a mi mesa pero él corrió la silla a su lado. Entendí que debía sentarme. Prendió un Marlboro. Silvestre siempre había fumado Gitanes.
–Pensé que iba a poder pasar cinco minutos tranquilo… No es su culpa, discúlpeme, es que no estoy de humor.
No me imaginaba a dónde quería llegar con todo esto. Lo único que sabía era que el negro me estaba tomando el pelo y que yo iba a seguirle la corriente, como en los viejos tiempos. No dije nada.
–Siempre me confunden. No se imagina lo que es esto –continuó.
Pensé que ya estaba bien con la broma y estuve a punto de decirle que si seguía con eso me volvería a mi mesa. Sin embargo, quizás la historia que iba a escuchar valiera la pena. El negro siempre había tenido una gran imaginación. Después diría “te lo creíste, zoquete” y se burlaría de mi credulidad. Lo dejé seguir.
–La primera vez que me pasó fue apenas cumplidos los treinta. Por entonces trabajaba en la oficina de Clearing del Banco de Italia y tomaba el colectivo 86 en Av. de Mayo y Chacabuco, todos los días, un rato antes de las tres de la tarde.
Por poco le digo que él nunca podría haber tomado ese ómnibus porque vivía en la otra punta de la ciudad, pero la seriedad con la que me miró me hizo cambiar de idea.
–Volvía a mi casa. Recién empezaba la primavera y se me dio por bajar en la mitad del recorrido. No sé por qué, un impulso que no pude controlar ¿A usted nunca le pasó? –dijo y no esperó mi respuesta–. Fui derecho por Independencia y di vuelta en una esquina. Me sentía extraño, como si recorriera un camino conocido, aunque estaba seguro de que era la primera vez que andaba por esas calles.
Hizo una pausa. Dio una larga pitada a su cigarrillo. Un tipo que acababa de entrar al bar vino hasta nuestra mesa.
–¿Cómo andás, Daniel? –dijo mirando a Silvestre.
–Bien –dijo Silvestre mientras le daba la mano sin levantarse–. Disculpame, estoy con un amigo.
–Bueno. Llamame y arreglamos lo de la cena ¿te parece?
–De acuerdo –dijo Silvestre sin sacarme la vista de encima– ¿Ve lo que le digo? A veces lo mejor es seguirles la corriente. ¿Dónde estábamos?
Le dije dónde se había quedado. Él continuó.
–Llegué hasta un barrio obrero. Me paré enfrente de una de esas... casitas municipales creo que las llaman. ¿Vio que son todas iguales? Bueno, no sé por qué pero ésta me resultó familiar. Tomé el picaporte y abrí. El living comedor estaba en penumbras. Cerré la puerta y puse la traba. Subí tanteando por una estrecha escalera y llegué hasta la habitación principal. Empujé la puerta y entré. Estaba iluminada sólo por la luz que venía de la calle. Una mujer lloraba boca abajo en la cama. Me senté a su lado y apoyé mi mano en su hombro. ¿Mario? dijo. La puerta no tenía llave, respondí con una voz que me sonó extraña. Pude verla mejor. Tenía la cara enrojecida por el llanto pero aun así era hermosa. La besé sin importarme no ser Mario. Enseguida descubrí que estaba ciega. Hicimos el amor y al rato nos quedamos dormidos. Cuando me desperté ya era de noche. Ella seguía acurrucada a mi lado. La besé con suavidad y me fui sin hacer ruido. Jamás regresé a esa casa. Ahora sé que aunque quisiera no podría encontrarla.
Se quedó unos segundos callado. Después continuó.
–Desde entonces me pasa. Al principio fue muy duro, créame. Con el tiempo aprendí que casi siempre lo mejor, como le dije, es seguirles la corriente.
–¿No me estás tomando el pelo, negro? –pregunté.
No me respondió. Apagó el cigarrillo y se puso de pie.
–La cuenta páguela usted, imagínese que está invitando a su amigo ¿Cómo dijo que se llamaba? –Sonrió, me hizo un guiño y salió del bar.