viernes, 4 de julio de 2014

Erramuspe





Nunca le prestamos demasiada atención a Erramuspe, hasta ese día.
Qué loco –dijo Riganti–. ¿Quién se lo iba a imaginar? Después de tanto tiempo...
¿Cuánto? –pregunté.
¿Cuánto qué?
Cuánto hace que estaba en contaduría.
No sé. Cuando yo llegué él ya estaba a cargo de Valores al Cobro –dijo Curcio.
Sí. Cuando a mí me transfirieron de sucursal, también... Che, Silvestre, ¿desde cuándo trabajaba Erramuspe en contaduría? –dijo Riganti
Ni idea. ¿Veinticinco, treinta años?
Pará boludo, como van a hacer treinta años, ¿qué, tenía quince cuando entró?
Veinte entonces, yo que sé. Llamá a Personal y no me hinchés las pelotas.
Sí, llamá a Personal.
¿Por qué no llamás vos, nabo? –dijo Riganti –. Mirá si voy a llamar justo ahora a personal para preguntar por Erramuspe… Preguntémosle al Pocho que él debe saber.
Tomé el teléfono y llamé a sistemas. El Pocho  prácticamente vivía en el centro de cómputos, si había alguien que podía averiguar cuántos años de antigüedad tenía Erramuspe, era él.
Hola, habla Moscato de contaduría. Dame con el Pocho –dije.
Del otro lado, alguien dejó el teléfono y gritó ¡Méndez, te llaman de contaduría!
Esperé varios segundos hasta que el Pocho atendió el teléfono.
¿Quién habla?
Moscato, de contaduría.
¿Qué tal, loco?
Bien... ¿vos?... Decime, ¿podés ver que antigüedad tenía Erramuspe, de contaduría?
¿Erramuspe?... ¿No es el que...?
Sí, el mismo.
Que loco, quién diría. Ayer me comentaron y no lo podía creer. Un tipo tan… tan... No sé, nunca me hubiera imaginado que justo él... Es más, cuando nos contaron, estuvimos como media hora para poder ubicarlo. Yo sabía que lo conocía por el apellido pero no me podía acordar de la cara, ni de nada de él. ¿Era un petisito de anteojos, no?
¿Petisito? No, altura normal. Anteojos tampoco usaba. Bah, por lo menos acá nunca se puso, por ahí los usaba para ver de lejos pero yo nunca me lo crucé fuera del banco... Pará –dije y alejé un segundo el tubo del teléfono.
Riganti –dije. Vos que sos vecino de Erramuspe ¿Sabés si usaba anteojos para ver de lejos?
Yo que sé, mamerto. ¿Y de dónde sacaste que yo soy vecino de Erramuspe? Él vive cerca de la casa de Curcio.
No, viejo. Cerca de mi casa no. Erramuspe tomaba el 25 hasta Barracas, yo siempre lo veía en la parada, creo.
No che –dijo la voz de Méndez desde el auricular–. Yo tomo el 25 y nunca me lo crucé.
Pensé que, primero, Méndez no se iba jamás del banco antes de las once de la noche así que difícilmente podía cruzarse con Erramuspe ni con ningún otro compañero de contaduría, y si lo hubiera hecho, de todos modos, ¿cómo iba a reconocerlo si estaba esperando a un petisito miope y Erramuspe medía más de un metro setenta y además no usaba anteojos?
No importa Méndez. ¿Vos tenés forma de saber cuándo entró Erramuspe al banco? Acá ninguno se puede acordar desde cuando trabajaba en contaduría.
Dame cinco minutos.
¿Espero?
No. Te llamo yo.
Corté.
Listo –dije. El Pocho se va a fijar en el sistema y nos va a decir cuándo entró Erramuspe.
¿Y Moreno? –preguntó Riganti.
¿Moreno qué?
No, digo. Moreno es el gerente, él tendría que saber.
Andá si querés, pero vos sabés que el pelado es medio cabrón y no me parece buen momento justamente ahora para que alguien vaya y le recuerde a Erramuspe –dije.
Además, lo llamaron temprano de la dirección y todavía no volvió. Seguro que le están tirando las bolas por lo de Erramuspe –dijo Curcio.
¿Y él qué tiene que ver? –preguntó Riganti.
Y bueno, es el gerente.
El teléfono sonó apenas una vez. Atendió Riganti.
Hola... No, Riganti... No importa, decime a mí... ¿Qué?.. ¿Seguro?... ¿Te fijaste bien?... Bueno, gracias.
¿Qué dijo? –pregunté.
Dice que no aparece en el sistema.
¿Cómo que no aparece?
Nada. No existe. No está. Nunca estuvo. Lo buscó hasta en los backups y no lo encontró. No tiene número de legajo. No hay forma de rastrearlo. No aparece.
Me pareció lógico. Imposible, pero lógico. Erramuspe siempre fue tan imperceptible que era razonable que ni siquiera tuviera número de legajo. Quién sabe, quizás jamás le habían liquidado un solo sueldo en todos estos años. Sí, imposible, inverosímil, pero lógico.
¿Quién no aparece? –preguntó De Seta, que justo había entrado en la oficina para llevar la correspondencia a mayordomía.
Erramuspe –dijo Riganti.
¿Erramuspe?... ¿No es ese el que...?
El mismo.

martes, 8 de abril de 2014

Al ladrón, al ladrón.

http://forumpenal.files.wordpress.com/2010/04/carterista.gif


Vivimos en una sociedad llena de prejuicios. Desde ya que eso no es bueno pero debemos reconocer también que muchas veces un prejuicio nos puede salvar la vida, o al menos facilitárnosla. Por eso, cuando subí hoy al vagón, lo primero que hice fue buscar algún posible sospechoso. No me costó mucho, ahí estaba el tipo: morocho, pinta de albañil, bolsito roñoso colgando del hombro derecho y un buzo remendado en la mano. Para completar el cuadro, llevaba una riñorera de cuerina berreta atada a la cintura.
Intenté mantenerme alejado mientras circulábamos por capital, mientras tanto aproveché para estudiarlo en detalle. No hablaba con nadie, no leía, miraba a través de la ventanilla, como despreocupado por el resto de los pasajeros del vagón. Cada vez que alguien lo tocaba, cosa imposible de evitar ya que el vagón estaba repleto, tanteaba casi con desesperación su mugrosa riñonera.
En Morón subieron más pasajeros de los que bajaron. Si no se bajó acá, pensé, sigue directo a Moreno. Recién en ese momento se dejó ver ella. Veintitantos años, de un rubio algo forzado que sin embargo le quedaba bien. Tacos un tanto excesivos para esa hora del día, pero haciendo juego con una minifalda gastada que dejaba ver su excelentes piernas. La blusa tenía un insinuante escote. El conjunto era armonioso pero, pensé, yo hubiera preferido que la minifalda no fuera tan corta.
Lentamente el movimiento de la gente nos fue acercando a los tres de manera casi natural. Yo sabía que esa naturalidad era totalmente fingida pero intenté comportarme como si lo ignorara. Él, por su parte, seguía en su postura de contemplación bobina invertida, viendo pasar el paisaje desde arriba el tren. A pesar de la abstracción que parecía indicar su cara, cada vez se acercaba más a ella hasta quedar detrás de ella.
En Paso del Rey yo me había sumado a la pareja, aunque ellos parecían ignorarme. Él, ahora sí más interesado en el escote de ella y ella, removiéndose molesta como si la mirada del morocho la afectara físicamente. El resto del pasaje, entre tanto, empezó a acomodarse para el salto final al llegar a Moreno. A más tardar en cinco minutos íbamos a estar saliendo por la puerta que tenía frente a mí. En ese momento la gente empezó a empujar más fuerte para reacomodarse. A la presión de los que comenzaban a levantarse de sus asientos y los que avanzaban por el pasillo hacia la puerta, se oponía la resistencia tenaz de los que habían llegado a una posición de privilegio junto a la salida y no estaban dispuestos a perderla. Esto duró unos minutos preciosos en los cuales cualquier presión, cualquier movimiento algo brusco, cualquier búsqueda afanosa pasaría totalmente desapercibida. En un momento, incluso, fui empujado sobre mi sospechoso y éste, en un movimiento aparentemente casual presionó con la ingle la cadera de la joven que se sacudió irritada pero que, frente a la evidente inocencia del hombre, se tuvo que tragar el insulto que tenía en los labios. En cambio, lo que hizo fue girar para esconder su trasero de otro posible embate del albañil.
Finalmente el tren llegó a Moreno y un segundo después del anuncio de la llegada, comenzamos a salir en masa hacia la puerta. En el camino, el tipo trastabilló y se tomó del hombro de la joven que, ahora sí, respondió indignada.
sacá la mano de ahí, negro de...
Algunos entre el pasaje parecieron reaccionar al comentario de la chica. Algunos pocos, molestos por su insulto, otros mirando con ojos desaprobadores al morocho, la mayoría, sin embargo, más preocupada por sus asuntos que por los ajenos dejó pasar el episodio sin inmutarse.
Yo... –intentó una disculpa el tipo pero su gesto cambió de inmediato luego de tocar su riñonera en un gesto protector que hacía unos diez minutos que no hacía.
Antes de que pronunciara una sola palabra, tomé mi billetera y elevándola sobre las cabezas de los que me rodeaban, grité:
Negro de mierda, me quiso robar la billetera. Chorro.
Ahora sí, todos giraron hacia el tipo y hacia mí. La respuesta fue inmediata, no se podía esperar otra cosa. Un morocho vestido vulgarmente, con su patética riñonera gastada y su bolso remendado, que miraba sorprendido hacia mí, la imagen del perfecto oficinista, quizás un profesional, quién sabe, contador o licenciado en administración, cuarentón, seguramente un honrado padre de familia, un hombre de bien, pagador de impuestos, harto de la inseguridad, en síntesis, el perfecto hombre común que acaba de sorprender in fraganti a una lacra como la que tantas veces nos birló nuestra billetera en un momento de distracción.
El tipo intentaba decir algo cuando recibió el primer golpe. Fue un pibe de uno ochenta que parecía volver del gimnasio. También llevaba bolso, pero este era de marca y no estaba remendado como el del albañil. Le pegó con el puño cerrado en la nuca, multiplicando por mil la sorpresa del morocho. Después el resto le cayó encima.
No soy morboso, no me quedé a ver lo que siguió. Tampoco me fui corriendo a casa a poner Canal 26, ni Crónica TV, ni TN para que me contaran hasta el vómito lo que yo ya sabía que habría pasado. No, en lugar de eso caminé unas cuadras hasta el bar Las Palmas, de la avenida Perón y Rosario, me senté en mi mesa de siempre, pedí una Stella Artois al mozo y me puse a contar la plata del sobre que le había sacado al albañil de la riñonera.
La gente dice que los carteristas siempre van de a dos. Estoy seguro de que es un prejuicio, pero no por eso deja de ser cierto, pensé cuando llegó Alejandra y le pidió al mozo un segundo vaso para ella. Venía a buscar su parte de la plata del morocho. Gustavo Mamaní, decía el recibo de sueldo. Debería haber sido un albañil calificado porque cobraba más de cuatro mil ochocientos por quincena.
Casi diez lucas por mes ganaba el morocho... –dije y sonreí.
Alejandra no contestó. Le dí mil quinientos pesos y me quedé con el resto. Antes de despedirnos le dije que iba a tener que cambiar esa minifalda porque ya estaba bastante gastada...
y aprovechá para comprarte una que no sea tan cortita, vos sabés que la gente es prejuiciosa y no nos conviene que te confundan con una puta.
 

domingo, 30 de marzo de 2014

Son peores que animales



Llegó a su casa y fue directamente al baño.
–Hola amor –dijo Mariana desde la cocina.
Gruñó una respuesta y cerró la puerta. Mariana sabía que ese gesto denotaba que no debía entrar. Lo dos conocían ese tipo de señales. Lo difícil era explicarle a Jazmín. Para ella ninguna puerta cerrada significaba un escollo que no pudiera sortear poniéndose en puntitas de pie. Ese día, sin embargo, había vuelto muy cansada del hospital y Mariana la había puesto a dormir hasta que estuviera la cena.
Después de esperar diez minutos, Mariana dio unos golpecitos a la puerta del baño.
–¿Te sentís bien, Maxi? ¿Necesitás algo?
–¿Tenés pomada? –dijo Maxi sin abrir la puerta.
–¿Pomada? –dijo Mariana y luego río –dejate de embromar y vení a darme una mano con la cena.
–No, en serio ¿Tenés pomada?
–¿Vos estuviste tomando? ¿Adónde fuiste con Pablo?
–Lo acompañé a Floresta a entregar una computadora –dice y abre apenas la puerta del baño.
Dale, cambiate y dame una mano con la cena. A vos te toca la ensalada.
–Dame la pomada, primero.
–¿Para qué querés la pomada?
–Para mis borceguíes –dice Maxi y señala hacia la bañera.
–¿Por qué metiste los borceguíes en la bañadera, vos estás loco?
–Estaban sucios, ya limpié todo. Conseguime un poco de pomada.
–Buscala vos, está en la piecita del fondo, en una caja de zapatos roja.
Maxi buscó un trapo, envolvió los borceguíes y fue hasta la piecita del fondo.
–¿Desde cuándo tanto amor por esos borceguíes? Si se ensuciaron tiralos, mejor. Ya tienen mil años y encima te quedan horribles.
Maxi no contestó, volvió unos minutos más tarde, llevaba ojotas.
–¿Ya los tiraste?
–No. Me gustan, no los voy a tirar.
–¿Con qué te los ensuciaste?
–Pisé mierda –dice Maxi casi sin pensarlo.
–¿Pisaste mierda y después te paseaste por toda la casa? Vos no estás en pedo, vos estás loco directamente.
–No, calmate, las suelas estaban limpias.
–¿Pisaste mierda y las suelas estaban limpias? ¿Me estás jodiendo?
–No rompás. ¿Y Jazmín?
–Ay, Jazmín, fijate por favor. Está en su habitación. Hoy volvió cansada del hospital. Andá a verla pero no me la despertés todavía que no está lista la comida.
Maxi va hasta la habitación de su hija. Abre con cuidado la puerta y espera a que sus ojos se acostumbren a la semioscuridad. Se queda unos segundos más en silencio, cierra la puerta y vuelve a la cocina con su esposa.
–Duerme, pobrecita.
–Sí, estaba molida, pobrecita. Después de diálisis pasamos por el Incucai. Ya pedí turno para la evaluación anual.
–¿Ya pasó un año?
–Y sí, amor. Fue en abril…
–Parece mentira.
–Si –Mariana se queda callada unos segundos –. Dale, en vez de mirarme con cara de tonto prepará la ensalada.
Maxi fue hasta la heladera.
–La lechuga está en el escurridor. Ponele tomate, zanahoria y cebolla.
–Ordene mi general.
–Dale, movete que ya casi están los bifes… poné la mesa… ah, y andá despertando a Jazmín.
–¿No querés que me meta un plumero en el culo y que te vaya plumereando los muebles mientras tanto?
–Dale.
Maxi terminó de preparar la ensalada, puso la mesa en el comedor y fue después hasta la habitación de jazmín.
Mariana salió de la cocina minutos más tarde. Sirvió primero a su hija.
–¿Qué hay de postre? –preguntó Jazmín.
–Flan, pero antes tenés que tomarte toda la sopita, ¿sí?
Maxi prendió el televisor. Mariana volvió a la cocina y salió nuevamente con los bifes.
–¿Qué es eso? –preguntó Jazmín.
–Bife –dice Maxi sin sacar la vista del televisor.
–Quiero bife –dice Jazmín.
–Tomá la sopita, amor, después te damos un poquito de bife –dice Mariana–. Dejá ahí.
Maxi deja el control remoto sobre la mesa y se sirve un bife y un poco de ensalada.
En el televisor, un comentarista mira serio a la cámara.
…en el barrio de Floresta. Su madre acaba de anunciar que donarán sus órganos.
Maxi volvió a tomar el control remoto y cambió de canal.
–Pará, te dije que dejaras ahí.
En el televisor apareció otro presentador que miraba, igual de serio, a la cámara.
–No, no. Dejá acá –dice Mariana y le saca el control remoto a su marido.
…tras intentar robar la cartera a una mujer fue interceptado por un grupo de vecinos que luego de reducirlo comenzaron a golpearlo furiosamente. Como consecuencia de los golpes, el joven agonizó unos minutos hasta morir producto de un severo traumatismo craneal con pérdida de masa encefálica...
Maxi levantó el control remoto.
–Ni se te ocurra –amenazó Mariana.
…algunos testigos manifestaron que el joven recibió numerosos golpes de puño y una vez en el suelo, patadas en el cuerpo y en la cabeza. Ninguno de los agresores ha podido ser identificado…
Luego de dejar el control remoto sobre la mesa, Maxi comenzó a atacar el bife casi con desesperación.
–Comé más tranquilo, mirá el ejemplo que le estás dando a Jazmín –dijo Mariana.
–Papá come así –dijo Jazmín y exageró con su sopa los gestos que su padre hizo segundos antes con su comida.
Los tres ríen, pero la risa de Maxi parece forzada.
–¿Qué te pasa a vos? –dice Mariana, sonriendo –. Desde que llegaste que estás así.
–Nada, ¿qué me va a pasar?
Desde el televisor, la madre del joven asesinado habla entre sollozos. Está desconsolada. Dice que han decidido donar sus órganos y que su hijo no era ningún ladrón. Que el ladrón había sido otro chico que escapó…
–Sí, seguro que era un angelito –dice Maxi.
–Bueno, que fuera un ladrón no te habilita a partirle la cabeza a patadas, peor que a un perro. Hay que ser bestias. Esa gente no merece vivir en sociedad, son peores que animales.
Maxi mira serio a su esposa.
–¿Y vos qué sabés…?
Antes de que las cosas pasaran a mayores, la campanilla del teléfono los distrajo. Mariana se puso de pie y fue a atender.
–¿Querés ver dibujitos? –dijo Maxi a Jazmín y cambió de canal.
Jazmín dejó el plato de comida a un lado.
–No. Si no terminás la sopa te saco los dibujitos –dijo Maxi y la nena volvió a tomar la cuchara sin dejar de mirar la televisión.
Mariana volvió al comedor, tenía la cara húmeda por las lágrimas. Sin embargo, sonreía.
–Llamaron del Incucai, hay que internar a Jazmín, tenemos un donante.
La mujer corrió a abrazar a su hija que no entendía qué pasaba y ya empezaba a hacer pucheros.
–No mi amor, no, es una buena noticia, la mejor, mi amorcito. No lloramos de tristeza, lloramos de alegría. Miralo a papá.
La madre y la hija miraron al padre. Sentado en su silla de espaldas a su familia, Maximiliano, con la cara escondida entre las manos, lloraba con desesperación.