El hombre llegaba al bar todos los días a media mañana. Casi siempre con el diario o alguna revista bajo el brazo. Pedía primero una y después otra ginebra doble y las hacía durar hasta las 12:00. A esa hora ordenaba siempre el plato del día con un vaso de vino tinto de la casa y otro de hielo. Comía en silencio mientras leía, o simplemente observaba hacia la calle. Nunca miraba el televisor.
Plasma. 65 pulgadas. Lo saqué en 24 cuotas. Cuando empiecen a llegar los clientes se paga solo, había dicho don Antonio cuando lo compró.
No se pagó solo, pero lo cierto es que yo, que pasaba la mayor parte de mi vida detrás del mostrador o caminando entre las 17 mesas del bar, lo agradecí. Sin embargo, cuando don Antonio insinuó que recibiría con buenos ojos una colaboración desde el jarro de las propinas para el pago de las cuotas, Claudio —el mozo de la noche— y yo, nos negamos. Viejo pijotero, me dijo Claudio cuando le comenté, no le alcanza con no darme un aumento en dos años que encima quiere que le pague los lujos.
El hombre, por su parte, nunca le prestó demasiada atención al plasma. Es más, generalmente se sentaba de espaldas al televisor, sobre todo cuando daban algún partido de fútbol.
Una de las cosas que me gustaban de él era que, a pesar de ser habitué, no se creía dueño de ninguna mesa, como solía suceder con el resto de la clientela. Bastaba que un tipo viniera tres o cuatro veces más o menos seguidas como para que se sintiera con derecho a recriminarme porque había dejado que alguien ocupara “su” mesa. Pero el hombre era distinto. Se sentaba en cualquier sitio. Con el tiempo creí descubrir que esta elección no era del todo caprichosa. Parecía optar por un lugar u otro de acuerdo al humor que tenía. Por ejemplo: Cuando estaba deprimido prefería las mesas junto a las ventanas. En esos días, en vez de enfrascarse en la lectura, pasaba horas mirando hacia la calle, en silencio, mientras saboreaba su ginebra. Cuando estaba de buen humor, prefería las mesas cerca de la barra. Esos eran los días en los que conversábamos, del tiempo o de alguna noticia publicada en la primera plana del diario, que era mi límite noticioso por entonces. Un par de veces se me ocurrió hacerle algún comentario de fútbol –que el ignoró– con la intención de adivinar de qué club era hincha (información útil para evitar comentarios que pudieran reducir mis propinas). No volví a tocar el tema.
Un día le pregunté a don Antonio qué sabía del hombre.
–Si paga, se lo atiende, si no paga se lo echa. No se le da charla y, si no es para recibirle el pedido o para cobrárselo, se hace de cuenta que no existe –dijo, y se negó a dar más explicaciones.
La respuesta me resultó curiosa. Llevaba más de un año trabajando en el bar y hasta donde yo podía opinar, el hombre era el cliente más fiel del negocio. Sin embargo don Antonio se negaba a tratarlo como tal. Si no le caía bien, pensé, ¿por qué no lo echa? No hubiera sido la primera vez que nos obligara a Claudio y a mí a maltratar a un cliente que le caía mal, hasta que el punto se iba y no volvía más por el bar.
Desde ese día aproveché cada ausencia de don Antonio para acercarme al hombre con cualquier excusa. Con el tiempo construimos una relación, si no amistosa, por lo menos cordial; que era mucho más de lo que había imaginado posible con alguien tan reservado como él. Supe su nombre. Cristiano Pereyra, me dijo, pero por más que intenté, no pude averiguar a qué se dedicaba. No parecía tener problemas económicos, pero a pesar de andar por los setenta, tampoco estaba jubilado, a juzgar por la total indiferencia que demostraba por las noticias previsionales. Eso me desconcertó. Si no cobraba ninguna jubilación o pensión, ni parecía dedicarse a ningún trabajo rentado, no me podía imaginar de dónde sacaba el dinero para pagar lo que consumía. Calculé que debería gastar en el bar un promedio de 19 pesos diarios. No cenaba ahí pero tenía que hacerlo en algún sitio, lo que le insumiría no menos de 22 más, con lo que se llegaba a un total de 41. Sumados a éstos los gastos en cigarrillos (varias veces lo había visto fumar al llegar o al irse) y en el diario y las revistas que traía bajo el brazo, mas otros “extras”, llevaban la cifra a no menos de 47 pesos por día. Esto daba un total mensual superior a los 1000 pesos sin contar el alquiler de alguna piecita (si alquilaba) o los impuestos (si era propietario). Llegué a la conclusión de que sus gastos totales deberían estar en el orden de los mil quinientos pesos, que era una suma superior a la que yo cobraba por doce horas diarias de servir cortados y atender mesas. Por eso, solamente, Cristiano Pereyra se convirtió en una especie de ídolo para mí. Casi diría, un ejemplo a imitar.
Una noche tuve que suplantar a Claudio —que había tenido que viajar de urgencia a ver a su madre— ya que su reemplazo habitual estaba enfermo. Era jueves, el día en el que don Antonio recibía a sus amigos (los sobrevivientes del Titanic, los había bautizado Claudio). Para agasajarlos, se juntaban seis de las 17 mesas en el fondo del local, en la parte más cercana a la barra.
Terminé de armar las mesas y colocar el mantel, el único de ese tamaño que teníamos, cuando vi aparecer a Pereyra en el bar. Se sentó con una extraña sonrisa en los labios enfrente de la mesa recién armada y pidió una ginebra Bols. Se la llevé y me dijo:
–Dejá la botella, Javier, gracias.
Fue la primera vez que le escuché decir mi nombre. Colocó sobre la bandeja un billete de 100 pesos.
–Quedate con el cambio –dijo.
Mientras volvía al mostrador con el billete en la mano, entendí por qué Claudio nunca me había contado de las visitas nocturnas del hombre y por qué la única vez que le pregunté si Cristiano venía a cenar al bar, me contestó que no sabía de qué cliente le estaba hablando.
Poco a poco, comenzaron a llegar los sobrevivientes del Titanic. A medida que llegaban se fueron sentando, de espaldas a Cristiano, dando la cara a la pared del fondo del bar. Los últimos ocuparon las sillas de enfrente y noté que se esforzaban por no mirarlo. Cristiano, parecía divertido con la situación como si estuviera acostumbrado a este comportamiento. Entonces él colocó sobre su mesa un portarretratos de tamaño mediano, apuntando hacia la de don Antonio y sus amigos. Cada vez que llenaba su vaso de ginebra, lo levantaba como proponiendo un brindis a los del grupo, que continuaban su charla como si él no existiera.
Sin excusa, porque ya me había pagado, me acerqué a la mesa de Cristiano para mirar de cerca lo que tenía en el portarretratos. Era una nota de una revista, ya amarillenta. Había una foto de un joven futbolista vestido con una camiseta a rayas verticales verdes negras y rojas, en cuclillas con una pelota entre las manos, aprisionada contra el césped. Alcancé a leer: “Una nueva estrella relumbra en el firmamento del barrio de Coghlan”. Don Antonio me llamó a los gritos.
–El cliente ya está atendido y pagó su cuenta. No necesita nada más que retirarse cuando termine la ginebra –dijo y siguió charlando con sus camaradas de a bordo.
Cristiano me hizo una seña que no alcancé a comprender. Esperé.
A las doce y media empezaron a retirarse los amigos de don Antonio y a la una, mientras yo le cobraba a una pareja de adolescentes que parecían empeñados en trasnochar a toda costa, se fue también Cristiano.
Don Antonio se llevó el dinero de la caja, yo cerré el local y coloqué las sillas sobre las mesas. Afortunadamente, pensé, el mozo del turno de la mañana se encargaría de baldear el piso. Mientras colocaba los candados en las cortinas metálicas descubrí con amargura que el mozo del turno de la mañana era yo. Definitivamente, este trabajo me está atontando más rápido de lo que pensaba, lamenté.
Llegué a la parada del colectivo 75, en la esquina del bar, justo a la una y media. Allí estaba esperándome, un tanto ladeado a causa de la ginebra, Cristiano Pereyra.
–¿Vos querías leer esto? –dijo y me acercó el portarretratos con la nota.
Me puse bajo la luz y la leí. Hablaba de la estrella del club El Progreso Fútbol Club de Coghlan, el centrojás venido de Misiones, Cristiano Pereyra. Decía también que El Progreso era número puesto para ascender a la B ese año y que casi no quedaban dudas de que eso sucedería de la mano de Pereyra.
Le devolví la nota intrigado.
–Yo era la estrella de El Progreso. Hasta me vinieron a buscar de Chacarita Juniors. Me ofrecieron un contrato por setecientos pesos mensuales y quince mil pesos para mí, limpitos, aparte de lo que arreglaran entre los clubes por el pase. Los dirigentes de El Progreso eran gente de plata. Me pusieron veinte mil mangos arriba de la mesa y un contrato por 10 años de novecientos cincuenta pesos mensuales. Una fortuna, creeme. Me quedé en el club. Llegamos al último partido, invictos y con 9 goles de ventaja sobre el segundo. Todos daban por sentado que ascendíamos. Perdimos 11 a 1. Yo hice el único gol pero me echaron a los quince del primer tiempo. Los dirigentes dijeron que me hice echar, que me había vendido, ¿podés creer? Yo, que llevaba años soñando con jugar en primera para El Progreso. Los de la comisión directiva ni quisieron escuchar mi versión. Me suspendieron por 6 meses. Fui a Misiones a visitar a mi familia. Cuando estaba allá recibí un telegrama del club que decía que habían decidido olvidarse para siempre del asunto y de mí. Yo era muy joven y con pocas luces. Como vos. No entendí lo que significaba el telegrama. Volví a Buenos Aires meses más tarde a presentarme en el club. Ya no estaba. Nosotros jugábamos en Platense, pero el club estaba en esta misma manzana. Ocupaba lo que hoy es la sodería Sodex, el Taller de radiadores y el bar donde vos trabajás. Los muy hijos de puta habían loteado el terreno y vendido todo. Yo tenía mi pieza en el club así que mis cosas desaparecieron junto con él. No se que hicieron con los socios ni con los vecinos ni con el resto del plantel, pero nadie parecía reconocer que aquí había existido ningún Club. Lo único que me quedaba era la nota de El Gráfico que acabás de leer. Algunos años después traté de encontrar el número de la revista pero no había ningún ejemplar disponible. Todos habían desaparecido y no tenía mucho sentido reimprimir un número sin importancia, me dijeron.
Miré nuevamente el recorte. En la parte inferior de la hoja se leía: “Revista El Gráfico” pero la fecha estaba ilegible.
–Fui a visitar a los de la comisión a sus casas, a sus negocios. Todos me ignoraron, dijeron no conocerme, me acusaron de acosarlos. Estuve preso en la comisaría 37a y después me internaron en el Borda. Cuando salí fui a probarme a varios clubes pero ya no era el mismo. Me habían matado. Peor, me habían borrado. Me fui a Misiones pero cuando llegué a la casa de mis viejos la habían tirado abajo. En el barrio mis vecinos y mis amigos de la infancia decían no conocerme. Pero yo no me voy a rendir, y ellos lo saben. Saben que no voy a dejar que se olviden mientras vivan. No señor. No. Ellos van a recordar siempre a Cristiano Pereyra, centrojás de El Progreso, la estrella que relumbra en el firmamento… dijo y se tambaleó un poco por la excitación y otro poco por las ginebras. Lo sostuve antes de que se cayera al piso, pero no pude evitar que el portarretratos se golpeara y se rompiera el vidrio. Guardé la nota en mi mochila después de sentar al pobre viejo en un umbral. Reaccionó al rato y le pedí que me indicara dónde quedaba su casa. Parecía desorientado pero me lo dijo. Era una casita de no más de tres ambientes, casi llegando a la esquina de Estomba y Tamborini, a pocas cuadras de ahí. Lo ayudé a entrar y me despedí en la puerta. Ya eran más de las dos de la mañana y ese día tenía que abrir el bar a las ocho.
De camino a mi casa, vaya a saber por qué, me cuestioné por primera vez, qué había hecho hasta ese momento con mi vida. El trabajo en el bar me estaba convirtiendo en un ser limitado, básico, como el mismo don Antonio o como el triste remedo de hombre que parecía ser Cristiano Pereyra. Al día siguiente llamé temprano para avisar que renunciaba a mi trabajo.
Volví dos semanas después a cobrar la liquidación final. Ya me había inscripto en la facultad y estaba buscando sin mucho éxito algún trabajo menos deprimente. Don Antonio me reclamó el uniforme de mozo que me había llevado la última noche, para lavar en casa. Recordé que lo había dejado en la mochila sobre el lavarropas y que no había vuelto a reparar en él. Seguramente mi madre lo habría puesto a lavar. Le prometí que se lo devolvería en unos días. El viejo avaro me dijo que se quedaría con mi parte en el jarro de las propinas hasta que le devolviera el uniforme. Le dije que se podía meter las propinas en el culo porque no le pensaba devolver el puto uniforme. Creo que agregué algo así como que lo pensaba guardar para no olvidarme del miserable destino que me hubiera esperado si me quedaba ahí. Todavía lo conservo.
Dejé por última vez el bar sin ningún remordimiento. Me sorprendió que Cristiano no estuviera tomando su ginebra doble pero no me preocupé gran cosa por él.
Meses más tarde encontré en el ropero la mochila que llevaba siempre al bar. Mi madre había sacado el uniforme y lo había lavado, pero no había reparado en la nota de El Gráfico que estaba en uno de los bolsillos. La leí otra vez. Sentí que no me pertenecía así que en cuanto pude volví a Coghlan y busqué la casa de Cristiano para devolvérsela. En la puerta me encontré con un cartel de la Inmobiliaria Peirano. Recordé ese apellido. Era el de uno de los sobrevivientes del Titanic. Toqué el timbre y me atendió un empleado que estaba de guardia. Me contó que la casa pertenecía desde hacía muchos años a la inmobiliaria pero que la habían puesto a la venta recién desde la muerte del señor Peirano, que nunca había querido deshacerse de ella por cuestiones sentimentales. Le pregunté por Cristiano y el tipo me dijo que no lo conocía y que la casa había estado deshabitada por décadas.
Fui hasta el bar. Las cortinas metálicas estaban bajas a pesar de ser casi mediodía. En el centro, un cartel de la inmobiliaria Peirano ofrecía a la venta “este local con sótano, inmejorablemente ubicado, con fondo de comercio para bar y restaurante”. Pasé frente al taller de radiadores. También estaba cerrado y en venta. Unos pasos más allá otro enorme cartel de la inmobiliaria Peirano anunciaba la venta o alquiler de la planta de la Sodería Sodex. En el frente, bajo el anuncio, aún se alcanzaba a leer con toda claridad, a pesar del desgaste de los años, las letras G, R, E, S, y O y, algo más alejadas, una F y una C.
miércoles, 10 de febrero de 2010
martes, 13 de octubre de 2009
El uno y la otra
El uno, parece ser el candidato más firme que tiene el peronismo opositor al gobierno. Ex conductor de F1 y ex gobernador mediáticamente exitoso de la provincia de Santa Fe. Cuando le llega su turno, se calza los anteojos y comienza a leer el discurso con el cuál nos quiere convencer de que su oposición a la nueva Ley de Medios Audiovisuales, es el único camino posible. Lee como si lo estuviera haciendo por primera vez. Su tono de voz es monótono, cansino. Su discurso progresa con extrema lentitud y aún así, por momentos se confunde, pronuncia mal las que deberían ser sus propias palabras. Llama la atención que no pueda contagiarnos con su voz, el convencimiento que intentan transmitir esas pomposas palabras que lee sin levantar la vista del papel ni una sola vez. La pregunta surge irreverente ¿Este peronista, que nos resulta tan parecido a ese ex mandatario radical que se promocionaba diciendo “dicen que soy aburrido”, es lo mejor que tiene el justicialismo opositor a los K?
Desde el otro extremo, la otra, una de las “niñas” mimadas de Elisa Carrió, María Eugenia Estenssoro, es lo que se dice, una de las nuevas caras de la política. Sus 20 asesores (seis de ellos, especializados en temas de comunicación social) no están ahí por portación de apellido ni fueron elegidos para pagar ningún favor previo a su designación como senadora. Lee un discurso muy cuidado, elaborado seguramente codo a codo con sus asesores profesionales. Ella pone lo suyo también, se inflama, mira a sus pares, mezcla alusiones a la nueva ley de medios, a la constitución, con su propia experiencia de vida. A todas luces, intenta conmover, desde la forma y el fondo de su discurso. Apela a imágenes muy caras a los argentinos. Cuenta que en el año 82, cuando cursaba sus estudios de periodismo en el extranjero, supo qué era la libertad de prensa y eso, parece, caló tan hondo en ella, que ahora la defiende a muerte. Sí, porque cuando todos los argentinos estábamos con los ojos vendados, ella, desde los Estados Unidos, donde los medios eran libres de decir la verdad que a nosotros se nos ocultaba, supo todo acerca de la Guerra de Malvinas, ese “sacrificio de tantas vidas inútiles” (sic). Una vez que el escalofrío se disipa, nos queda la duda ¿Qué fue eso, un gravísimo error gramatical (no detectado por ninguno de sus asesores profesionales), un fallido, un sinceramiento? Es difícil que alguna vez lo sepamos, pero da un poquito de miedo.
El uno aburre aunque no quiera, la otra, da miedo aunque intente todo lo contrario. Entre tanto, el oficialismo lo único que hace es dejarlos hablar, con eso hasta ahora, pareciera bastarle.
F.
Desde el otro extremo, la otra, una de las “niñas” mimadas de Elisa Carrió, María Eugenia Estenssoro, es lo que se dice, una de las nuevas caras de la política. Sus 20 asesores (seis de ellos, especializados en temas de comunicación social) no están ahí por portación de apellido ni fueron elegidos para pagar ningún favor previo a su designación como senadora. Lee un discurso muy cuidado, elaborado seguramente codo a codo con sus asesores profesionales. Ella pone lo suyo también, se inflama, mira a sus pares, mezcla alusiones a la nueva ley de medios, a la constitución, con su propia experiencia de vida. A todas luces, intenta conmover, desde la forma y el fondo de su discurso. Apela a imágenes muy caras a los argentinos. Cuenta que en el año 82, cuando cursaba sus estudios de periodismo en el extranjero, supo qué era la libertad de prensa y eso, parece, caló tan hondo en ella, que ahora la defiende a muerte. Sí, porque cuando todos los argentinos estábamos con los ojos vendados, ella, desde los Estados Unidos, donde los medios eran libres de decir la verdad que a nosotros se nos ocultaba, supo todo acerca de la Guerra de Malvinas, ese “sacrificio de tantas vidas inútiles” (sic). Una vez que el escalofrío se disipa, nos queda la duda ¿Qué fue eso, un gravísimo error gramatical (no detectado por ninguno de sus asesores profesionales), un fallido, un sinceramiento? Es difícil que alguna vez lo sepamos, pero da un poquito de miedo.
El uno aburre aunque no quiera, la otra, da miedo aunque intente todo lo contrario. Entre tanto, el oficialismo lo único que hace es dejarlos hablar, con eso hasta ahora, pareciera bastarle.
F.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Las patas cortas de Infobae.com
"La Justicia indemnizó a la familia del ladrón que mató a un empleado en un robo", anunciaba la nota publicada en Infobae.com. Ilustrada impunemente con la foto del cañón de un arma de fuego, más abajo la nota informaba que la hija de la víctima, un mozo del bar El Español del sud, había solicitado a la Presidenta un subsidio, que le había sido negado, mientras la justicia le concedía 85 mil pesos a la familia de su asesino. Ante semejante noticia, la nota, sin embargo, parecía sospechosamente escueta. La carta de lectores del diario La Nación, en la que supuestamente se basaba, no vinculaba en ningún momento ambos casos, o sea, la indemnización a la familia del delincuente y la muerte del mozo. Una búsqueda avanzada en Internet permitió descubrir que el delincuente cuya familia fue indemnizada, en realidad había sido baleado por un efectivo policial en el año 1995 mientras intentaba robar en un garaje (no un bar). El caso había sido llevado a la justicia y el policía había sido encontrado culpable de homicidio simple por "exceso en la legítima defensa". A partir de este fallo condenatorio, la familia del delincuente muerto había iniciado una demanda contra la Policía Federal y el Ministerio del Interior por la que, en segunda instancia, se le otorgó la mencionada indemnización.
O sea que en realidad se trataba de dos hechos sin conexión, por más que la situación no dejara de ser algo paradójica y quizás injusta pero también, mucho más explicable una vez separada la paja del trigo. A pesar de que hubiese bastado una búsqueda en Internet para dilucidar esto, horas más tarde, Infobae.com doblaba la apuesta publicando una nueva nota (ilustrada ahora con una foto del cañón humeante de otra arma de fuego), bajo el título: "Indignación en la hija de la víctima de los asesinos indemnizados". Ahora, el indemnizado ya no era uno sino varios y aparecían también manifestaciones de la hija del mozo asesinado "en exclusiva" para Infobae.com", en las que se traslucía su indignación porque "a la familia del asesino de su padre la indemnizaron con 85 mil pesos y a la suya no le dieron nada".
En resumen, ambos casos policiales no estaban conectados más que en la afiebrada mente de la cronista y lo de Infobae.com fue una burda tergiversación de una situación que no deja de ser paradójica. Sin embargo Lucía Villalbí (lvillalbi@infobae.com) la autora de la nota, los editores que le imparten órdenes y vaya uno a saber quién, quizás necesitaban algo con mucho más impacto para alimentar los comentarios de algunos de sus descerebrados seguidores que llegaron al punto de opinar al pie de la nota fraguada: "Yo los indenisaria (sic) con un viajecito, pero al medio del amr (sic) y sin salvavidas, a los chorros, a los abogados de los chorros y a los jueces que dictan estas sentencias", o bestialidades como: "q vuelva la triple A!!!!! (…) seria bueno q la sociedad empiece a evaluar seriamente la posibilidad d organizar brigadas de la muerte y grupos paramilitares al margen d la ley xq evidentemente la ley protege al delincuente. tenemos q hacerlos mier.da antes q nos sigan matando como moscas. despierten x favor!!!!!" (la ausencia total de tildes, faltas de ortografía, abreviaturas y animaladas varias, pertenecen a los lectores de Infobae.com y no a este cronista).
Si alguno de estos imbéciles seguidores de Infobae.com decidera poner manos a la obra y hacer realidad sus amenazas ¿Lucía Villalbí o los editores de Infobae.com, se harán cargo de las consecuencias de los actos ocasionados por sus mentiras? ¿No existen penas en nuestras leyes para castigar semejante tergiversación y manejo criminal de un medio público? Seguramente, nadie en Infobae.com recibirá ninguna reprimenda por publicar esta clase de canalladas ni por azuzar a las fieras que diariamente las consumen con avidez. Impedir que pasquines como este inventen noticias con oscuras intenciones ¿será también atentar contra la libertad de prensa?
F.
Noticia fraguada de Infobae.com
La 2da mentira de Infobae.com
Carta de lectores Diario La Nación
Noticia verdadera Crítica Digital
O sea que en realidad se trataba de dos hechos sin conexión, por más que la situación no dejara de ser algo paradójica y quizás injusta pero también, mucho más explicable una vez separada la paja del trigo. A pesar de que hubiese bastado una búsqueda en Internet para dilucidar esto, horas más tarde, Infobae.com doblaba la apuesta publicando una nueva nota (ilustrada ahora con una foto del cañón humeante de otra arma de fuego), bajo el título: "Indignación en la hija de la víctima de los asesinos indemnizados". Ahora, el indemnizado ya no era uno sino varios y aparecían también manifestaciones de la hija del mozo asesinado "en exclusiva" para Infobae.com", en las que se traslucía su indignación porque "a la familia del asesino de su padre la indemnizaron con 85 mil pesos y a la suya no le dieron nada".
En resumen, ambos casos policiales no estaban conectados más que en la afiebrada mente de la cronista y lo de Infobae.com fue una burda tergiversación de una situación que no deja de ser paradójica. Sin embargo Lucía Villalbí (lvillalbi@infobae.com) la autora de la nota, los editores que le imparten órdenes y vaya uno a saber quién, quizás necesitaban algo con mucho más impacto para alimentar los comentarios de algunos de sus descerebrados seguidores que llegaron al punto de opinar al pie de la nota fraguada: "Yo los indenisaria (sic) con un viajecito, pero al medio del amr (sic) y sin salvavidas, a los chorros, a los abogados de los chorros y a los jueces que dictan estas sentencias", o bestialidades como: "q vuelva la triple A!!!!! (…) seria bueno q la sociedad empiece a evaluar seriamente la posibilidad d organizar brigadas de la muerte y grupos paramilitares al margen d la ley xq evidentemente la ley protege al delincuente. tenemos q hacerlos mier.da antes q nos sigan matando como moscas. despierten x favor!!!!!" (la ausencia total de tildes, faltas de ortografía, abreviaturas y animaladas varias, pertenecen a los lectores de Infobae.com y no a este cronista).
Si alguno de estos imbéciles seguidores de Infobae.com decidera poner manos a la obra y hacer realidad sus amenazas ¿Lucía Villalbí o los editores de Infobae.com, se harán cargo de las consecuencias de los actos ocasionados por sus mentiras? ¿No existen penas en nuestras leyes para castigar semejante tergiversación y manejo criminal de un medio público? Seguramente, nadie en Infobae.com recibirá ninguna reprimenda por publicar esta clase de canalladas ni por azuzar a las fieras que diariamente las consumen con avidez. Impedir que pasquines como este inventen noticias con oscuras intenciones ¿será también atentar contra la libertad de prensa?
F.
Noticia fraguada de Infobae.com
La 2da mentira de Infobae.com
Carta de lectores Diario La Nación
Noticia verdadera Crítica Digital
viernes, 10 de julio de 2009
Vampiros
Contra lo que creen algunos amantes del terror, los vampiros no se alimentan de sangre. No, definitivamente, su dieta es algo más refinada. La sangre, de alguna forma sería apenas para ellos el postre, algo así como el cierre definitivo de su festín.
El alimento que no puede faltar en la dieta de ningún vampiro, desde Drácula hasta la fecha, es el miedo. Si no ¿Cuál sería la razón de las visitas nocturnas a los dormitorios de siempre hermosas y asustadizas doncellas?
Miles de veces hemos visto, con nuestras manos atenazando los apoyabrazos de alguna butaca, la mirada horrorizada de la joven de turno mientras se congela de horror frente al chupasangre que se acerca para succionarle su delgado cogotito.
Es el terror, el que hace que la pobre no pueda mover uno solo de sus músculos, el mismo terror que vuelve aún más temible a su victimario, aún más poderoso, aún más indestructible.
Por eso también el vampiro se solaza mientras su nombre maldito corre entre susurros de boca en boca por toda la comarca. Ama que le tengan miedo, lo excita alimentarse de los terrores de las buenas gentes. Y esa gente, presa del terror que el vampiro inspira en ellos mediante el engaño, la simulación y la farsa, desoye los consejos de los hombres sabios y se interna en los bosques, en los caminos sin salida, en los pantanos donde su victimario acecha.
Esas gentes, perdidamente aterrorizadas, desconocen quiénes son en realidad sus enemigos y sus amigos, aceptan propuestas desfavorables, siguen fanáticamente seducidos a quienes los llevan hacia la destrucción. Simplemente guiados por el miedo que es a la vez el arma más poderosa y el alimento vital de los vampiros.
Esos vampiros, los mismos que aterrorizaron a nuestros abuelos, aunque ya no usen capas de raso ni vivan en Transilvania. Aunque ahora vistan trajes de Armani y hayan vendido sus castillos para comprar radios, diarios y canales de televisión que, a la hora de meter miedo, parecen ser mucho más efectivos que los colmillos y las alas de murciélago.
El alimento que no puede faltar en la dieta de ningún vampiro, desde Drácula hasta la fecha, es el miedo. Si no ¿Cuál sería la razón de las visitas nocturnas a los dormitorios de siempre hermosas y asustadizas doncellas?
Miles de veces hemos visto, con nuestras manos atenazando los apoyabrazos de alguna butaca, la mirada horrorizada de la joven de turno mientras se congela de horror frente al chupasangre que se acerca para succionarle su delgado cogotito.
Es el terror, el que hace que la pobre no pueda mover uno solo de sus músculos, el mismo terror que vuelve aún más temible a su victimario, aún más poderoso, aún más indestructible.
Por eso también el vampiro se solaza mientras su nombre maldito corre entre susurros de boca en boca por toda la comarca. Ama que le tengan miedo, lo excita alimentarse de los terrores de las buenas gentes. Y esa gente, presa del terror que el vampiro inspira en ellos mediante el engaño, la simulación y la farsa, desoye los consejos de los hombres sabios y se interna en los bosques, en los caminos sin salida, en los pantanos donde su victimario acecha.
Esas gentes, perdidamente aterrorizadas, desconocen quiénes son en realidad sus enemigos y sus amigos, aceptan propuestas desfavorables, siguen fanáticamente seducidos a quienes los llevan hacia la destrucción. Simplemente guiados por el miedo que es a la vez el arma más poderosa y el alimento vital de los vampiros.
Esos vampiros, los mismos que aterrorizaron a nuestros abuelos, aunque ya no usen capas de raso ni vivan en Transilvania. Aunque ahora vistan trajes de Armani y hayan vendido sus castillos para comprar radios, diarios y canales de televisión que, a la hora de meter miedo, parecen ser mucho más efectivos que los colmillos y las alas de murciélago.
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