lunes, 14 de septiembre de 2020

Claromecó

 



Valentín atendía el bar del Castillo Hotel, en Claromecó. Por esos años –hará unos treinta–, el hotel solo funcionaba de noviembre a marzo. El resto del año, cuando el personal, los dueños y todos los turistas se volvían a sus ciudades, Valentín se quedaba en el hotel como sereno, mientras Claromecó se convertía en un pueblo fantasma. Las playas y los restaurantes se vaciaban, y las cinco cuadras de la avenida Costanera, de noviembre a marzo llenas de turistas, se convertían en una desolación de carteles polvorientos agitados por el viento, playas desiertas y negocios cerrados a cal y canto.

Ninguno de nosotros hubiera aceptado, ni por todo el oro del mundo, quedarse en Claromecó entre abril y octubre. A Valentín, en cambio, parecía encantarle. Su humor comenzaba a mejorar a partir de la primera quincena de marzo y, llegando el fin de la temporada, hasta se quedaba horas de más suplantando a cualquiera de los empleados que necesitara un par de horas para despedirse de alguna turista ocasional que volvía para sus pagos. Los últimos días de marzo incluso se animaba a compartir con nosotros sus ratos libres y, a veces, también participaba de las salidas con las que nos despedíamos hasta la siguiente temporada.  Fue en una de esas pocas salidas que terminamos los dos tomando en una mesa del parador la Barra de Claromecó. 

Aunque yo no lo supiera en ese momento, esa iba a ser mi última temporada como botones del Castillo Hotel. Eran las cuatro de la mañana y ya habíamos tomado lo suficiente como para que tanto Valentín como yo estuviéramos por demás comunicativos. 

–Vos llevás cuatro años ya en el hotel, ¿no? –dijo de golpe Valentín. 

–No. Este es el tercero.

–¡Qué bárbaro! Tres años y nunca tuvimos ni quince minutos para charlar de nada, ¿no?

–Bueno, en realidad, para ser estrictos, solo llevamos quince meses trabajando juntos. Cinco meses por año, ¿no? –dije, creyendo que ese era un comentario inteligente.

En vez de hacerme notar la estupidez que había dicho, Valentín cambió de tema. 

–¿No estudiabas en la universidad, vos? –dijo.

–Filosofía. Pero dejé.

–¿Por qué?

–No sé, me parece que quizás la verdadera filosofía está acá, no en la universidad.

–Eso es lo más pelotudo que escuché en mi vida. Con todo respeto –dijo Valentín.

 Era la primera vez que lo escuchaba putear. Entendí que su comentario era producto del alcohol y decidí dejarlo pasar.

–En serio pibe, no te equivoques. Esto que hacemos acá es apenas sobrevivir. No vas a aprender nada de nosotros. Bueno, no de mí, por lo menos, salvo que necesités un mal ejemplo.

Nadie conocía la historia de Valentín. Según los dueños, cuando compraron el hotel él ya venía dentro del paquete. Los anteriores dueños le daban solo tareas de mantenimiento porque no lo creían muy inteligente. Los nuevos dueños, en cambio, vieron que Valentín siempre se mostraba dispuesto a aprender cosas nuevas. Con el tiempo fue ascendiendo hasta llegar a ser el responsable del bar del hotel, el puesto más alto al que podía aspirar un empleado en el Castillo Hotel. Me imaginé que si averiguaba algo de su vida iba a poder lucirme delante de mis compañeros. Lo animé a seguir hablando.

–Mi padre era médico y tenía su propia clínica. Yo, en vez de estudiar algo que me gustara, me dejé llevar por el mandato familiar y me metí en medicina. Al cuarto año todavía debía materias de primero… Aunque no me hubiera pasado lo que me pasó, igual no me habría recibido nunca. Ya pasó tanto tiempo que ni me acuerdo qué quería ser cuando tenía tu edad. De lo que estoy seguro es de que mi sueño no era convertirme en esto que estás viendo ahora. Pero yo no tuve la posibilidad de elegir que tenés vos ahora. No seas tonto. Si te gusta la filosofía, volvé a la universidad. No pierdas más tiempo acá.

Yo siempre había creído que Valentín era un buscavidas. No daba el tipo del nene de papá que decía haber sido. Sin embargo, no pude averiguar más en ese momento porque de la nada apareció el encargado de mantenimiento, que estaba más borracho que nosotros dos juntos, acompañado por las dos mucamas del hotel, que no estaban mucho mejor que él.

–Vamos a darnos un chapuzón –invitó el de mantenimiento.

–¿Con el frío que hace? –dije–. Ya estamos en marzo, no me meto de día, menos me voy a meter a esta hora.

–Vamos Valentín… Demostrales a todos que es mentira que le tenés miedo al agua –dijo el tipo.

Valentín no respondió, el tipo se cansó y se fue con las chicas a la playa. Por más borrachos que estuvieran no creía que se animaran a meterse al agua. O al menos esperaba eso porque en las condiciones en las que estaban lo más probable era que terminaran ahogándose.

–No es miedo… O quizás, sí –dijo Valentín, más para sí mismo que para nadie más.

No quise responderle a Valentín porque esperaba que volviera a hablarme de su vida anterior, sin saber que ya lo estaba haciendo.

–¿A vos nunca te pasó que salís del mar y no podés encontrar el lugar de la playa dónde estabas cuando te metiste?

–Sí –dije–. Es porque la marea no tira hacia mar adentro sino más bien paralela a la costa. Por eso se pierden tantos chicos en la playa. Entran al mar y salen diez o veinte metros a la derecha o a la izquierda de donde habían entrado, se asustan y entonces…

–No, no, de lo que yo te estoy hablando es de otra cosa. 

No respondí.

–Te voy a contar lo que me pasó cuando tenía tu edad.

Pedí otra cerveza para cada uno. Valentín siguió:

–Había ido de vacaciones con mis padres a Claromecó. Cuando llegamos a la playa alquilamos una sombrilla y tres reposeras. El tipo nos acompañó a la orilla y las colocó en primera fila, a pocos metros del mar. Ni bien nos instalamos, mis padres quisieron que fuera con ellos al agua y yo me negué. Al rato, cuando volvieron, me vinieron las ganas de remojarme y fui solo. Estuve un rato con el agua hasta los hombros mirando hacia la playa, al lugar en el que estaban mis viejos, más para asegurarme de que no vinieran que para no perderme. Al fin me decidí a nadar un rato. Me alejé bastante de la costa. De pronto sentí un calambre en la pierna derecha. Traté de volver. Di dos o tres brazadas, pero me costaba mantenerme a flote. Me desesperé y empecé a patalear y a bracear como loco. A pesar del esfuerzo seguía lejos de la playa. Si no me calmaba me iba a ahogar. A unos veinte o treinta metros a mi izquierda vi un bote de paseo anclado. No se veía nadie abordo. Nadé como pude hasta llegar a él y me quedé ahí agarrado a la soga del ancla un buen rato. Ni se me ocurrió hacer señas a los guardavidas. Me hubiera muerto de vergüenza si me sacaban a la playa en frente de mi padre. Cuando se me pasó el calambre nadé de vuelta hasta la orilla.

Valentín se quedó callado y le dio un buen trago a su cerveza ¿Eso era todo? pensé. Como anécdota la verdad parecía bastante pava. Cualquiera que haya nadado en el mar pasó por algo parecido. Justo cuando estaba por levantarme de la mesa, Valentín siguió hablando.

–Salí en el lugar exacto donde había entrado. Sin embargo, frente a mí no estaban mis padres, bajo la sombrilla que habíamos alquilado, sino otra pareja junto a una chica más o menos de mi edad. Sus caras me resultaron algo familiares, o eso creí. Pensé en acercarme y preguntarles si mis padres habían cambiado lugar con ellos, pero algo me contuvo. No sé exactamente qué, quizás la vergüenza por haberme perdido. Caminé primero hacia el norte, y después al sur, buscándolos. Al principio estaba seguro de que los encontraría, pero poco a poco fui sintiendo una opresión en el pecho que aumentaba más y más. No podía ser que no pudiera encontrarlos. Me sentía ridículo. ¿Qué podía hacer? ¿Pedir ayuda? ¿Llorar como un nene y decir que me había perdido? 

Entendí lo que Valentín quería decir. Yo tenía veinticinco años cuando él me contó su anécdota y me imaginé que en su lugar tampoco me hubiera animado a confesar que estaba perdido.

–Mi viejo siempre fue un bromista –continuó Valentín–, así que me convencí de que, seguro, se había confabulado con mi madre para esconderse de mí por no haber querido acompañarlos al mar. Volví al lugar donde había salido y me acerqué, ahora sí, al matrimonio que estaba con la hija. Pensé que mis padres estarían en ese preciso momento muertos de la risa a pocos metros viéndome hacer el ridículo. Cuando me acerqué y saludé al tipo, me di cuenta de que hablaba en un idioma extranjero. No era ninguno que hubiera escuchado en mi vida. La mujer también sonrió y dijo algo que tampoco pude entender. 

–Qué raro –dije–, turistas extranjeros en Claromecó y hace veinte años… 

–Eso pensé –dijo Valentín–. No es que fuera imposible pero sí era muy raro. Como no tenía ni idea del idioma que hablaban, les sonreí y seguí buscando en la segunda y tercera fila de sombrillas. Ahora que atendía más a lo que hablaba la gente noté que casi todos parecían extranjeros. Eso sí que era imposible, pero al rato la cosa empeoró porque me di cuenta de que los carteles a lo largo de la playa tenían leyendas en un idioma incomprensible al lado de imágenes como una botella de gaseosa, una chica en bikini o un auto último modelo. Empecé a temblar y pensé que quizás el estrés de haber estado a punto de ahogarme me había afectado y todo era producto del shock. Traté de calmarme a ver si así se me pasaba lo que fuera que tenía.

–Afasia –dije.

–¿Qué?

–Afasia. Es una enfermedad que produce esos síntomas. Uno deja de reconocer su propia lengua. En algunos casos no pueden hablar y en otros no pueden leer.

–Lo que sea. Ahí me quedé, entonces, sentado en la arena, muerto de miedo, esperando a que se me pasara. Pero no se me pasó. Ya llevaba casi dos horas en la playa, al menos por mi reloj, que era lo único que tenía encima aparte del short de baño. Con mis viejos alquilábamos un dúplex a pocas cuadras. Pensé que podía ir hasta ahí y esperar a que volvieran o en una de esas ya habían vuelto y era por eso que no podía encontrarlos. Una vez en el dúplex seguro mi viejo iba a saber dónde llevarme para que me revisaran. Lo había escuchado hablar alguna vez de estos síntomas y creía haber escuchado también que eran algo pasajero. Cuando llegué al dúplex me tranquilicé. Toqué el timbre. Nada. Entonces estaban en la playa todavía. Los imaginé yendo a reclamarle a los guardavidas, pensando que yo me había ahogado o que estaba intentando volver a la orilla o quién sabe qué. Tenía que volver, seguro que los encontraba en la casilla de los guardavidas, cómo no se me había ocurrido antes. Entonces llegaron. Abrieron la puertita de entrada y encararon por el camino de piedras que llegaba hasta la puerta del dúplex. 

–¿Eran tus viejos? –dije, aunque sospechaba lo que iba a decirme Valentín.

–No, no eran mis viejos. Era la pareja que estaba bajo la sombrilla. Venían con su hija. Me miraron asombrados. Seguramente me habían reconocido de la playa. No supe cómo reaccionar. De golpe me sentía indignado. ¿Qué hacía esa gente ahí? ¿Dónde estaban mis padres? El hombre se puso delante de las dos mujeres y me hizo frente. Le grité: “¿Dónde están mis viejos? Dame las llaves hijo de puta”. El tipo se me vino encima. Lo bajé de una trompada. Las mujeres corrieron hacia la calle. No me importó. Agarré las llaves del dúplex y me metí.  Recorrí las habitaciones del primer piso buscando a mis padres. No estaban ahí. Abrí los placares. La ropa que encontré no era la de ellos, ni la mía, pero estaba ciento por ciento seguro de que el dúplex era el correcto. Bajé a la planta baja. Ya se había juntado gente en el jardín de entrada. Los vecinos estaban ayudando a levantarse al hombre y algunos amagaban con entrar. Corrí hasta el fondo y salí al patiecito. Salté la medianera que daba a un terreno baldío. Escapé corriendo. Por suerte nadie me siguió. Caminé durante horas sin rumbo. 

El gesto de Valentín, a medida que avanzaba el relato, fue cambiando. Cuando empezó hasta parecía divertido, pero ahora lo veía devastado como si realmente estuviera volviendo a vivir lo que me estaba contando.

–Volví a la playa por la noche –dijo después de dar un trago a su cerveza–. Estaba desierta. Forcé la puerta de una casilla de alquiler de sombrillas y dormí ahí. A la madrugada, antes de salir, revisé el lugar. Encontré un par de ojotas y también algo de plata. Los billetes no eran los billetes que yo conocía; ni los números, ni las imágenes de los próceres me eran familiares. Creo que recién en ese momento me di cuenta. No estaba en mi mundo. De alguna manera había entrado al mar en un mundo y había salido en otro, en uno paralelo. Un mundo casi idéntico al mío, con las mismas playas, los mismos autos, las mismas calles, las mismas casas, pero otra gente, otros idiomas, otros billetes, y quién sabe qué otras diferencias. Desesperado me metí en el mar en el mismo lugar en el que había entrado y traté de repetir lo que recordaba había hecho la tarde anterior. No pasó nada. Estuve todo el día intentándolo, como un loco, y también todos los días que siguieron hasta el final de la temporada.

En ese momento volvió el tipo de mantenimiento con las chicas y un par de compañeros del hotel. Valentín clavó la vista en su cerveza y se quedó callado.

–Vino a buscarnos la combi del hotel –dijo uno de los muchachos–. Vamos a llevarlo a este que está en pedo, ¿vienen? 

Valentín se paró y empezó a caminar hasta el estacionamiento. Lo seguí. Cuando llegamos al hotel nos separamos. Él tenía una habitación individual y yo dormía en una pieza con dos compañeros. Antes de que desapareciera me acerqué y lo tomé del brazo.

–Esperá. Falta que me cuentes cómo hiciste al final para volver a nuestro mundo.

Valentín me miró con una sonrisa malévola.

–¿Nuestro mundo? ¿Quién te dijo que pude volver?

El día siguiente fue domingo y no nos vimos. El lunes él estuvo de franco y yo me volví a la capital a la noche. La temporada que siguió me quedé en casa porque mi viejo se enfermó. Murió en marzo. Me inscribí otra vez en la facultad y conseguí un trabajo de tiempo completo cerca de casa. No volví al Castillo Hotel hasta diez o doce años más tarde. Desde entonces vine muchas veces a Claromecó. Primero con mi esposa y ahora también con mis hijos. Siempre que lo hago pregunto por Valentín, por más que nunca encuentre a nadie que lo haya conocido. Al principio mis hijos me decían que no lo hiciera, que los avergonzaba preguntando siempre por alguien que ellos dudan que haya existido. Ahora ya se acostumbraron y no se quejan, lo toman como una más de mis manías, como la de quedarme parado vigilante en la orilla, cada vez que alguno de ellos decide meterse solo en el mar. 


viernes, 21 de febrero de 2020

Tío Fermín



Tío Fermín siempre fue un rebelde. Por eso cuando no se quiso dar por enterado de que había muerto, ninguno en la familia se asombró.
Fue un velorio animado. El tío charlaba y tomaba café en el patio como uno más de sus deudos, venidos algunos desde pueblos muy lejanos. Bastaba esperar la llegada de un nuevo visitante, verlo acercarse al ataúd vacío y volver a la sala con cara de sorpresa, para que todos los presentes soltáramos las carcajadas. Después, alguno de los familiares más cercanos explicaba al recién llegado la situación; porque el tío, fiel a sus principios, se negaba siquiera a mencionar el tema de su reciente pase a la posteridad. Fue divertido sí, aunque por la mañana hayamos tenido que ponernos serios y enterrar al tío Fermín a la fuerza.
Un buen rato después de que taparan el hoyo todavía se escuchaban sus gritos.

Foto de Brett Sayles de Pexels

domingo, 17 de junio de 2018

Balcones

Recién ahora le presto atención, aunque lleva bastante tiempo ahí parado. Al principio creí que estaba esperando el colectivo, pero ahora que lo observo con más detenimiento me doy cuenta que está ahí por otra razón. Es un hombre viejo, más o menos de ochenta años, pero sus ojos aún parecen conservar algo de juventud. Mira hacia la vereda de enfrente, aunque desde mi mesa no puedo saber qué mira exactamente. Su gesto cambia por momentos. Parece como si recordara. Sonríe apenas. Minutos atrás hubiese jurado que estaba llorando, pese a que su cara no expresa sentimiento alguno. Sólo sus ojos parecen decir algo.
Me paro y miro yo también, a través de la ventana del bar, hacia la vereda de enfrente. Trato de adivinar el objeto de su atención. Vuelvo la vista hacia el hombre y trazo una línea imaginaria desde sus ojos hasta el balcón de una casa antigua en la vereda de enfrente, casi llegando a la esquina. Repito la operación hasta estar seguro de haber encontrado el objeto de su mirada.
Observo con detenimiento el balcón, durante un buen rato, sin encontrar nada en él que pueda atrapar mi atención. Está abandonado, las paredes agrietadas, cubierto de yuyos. Estoy decepcionado. No sé realmente qué esperaba encontrar. Me vuelvo a sentar en mi lugar. El hombre sigue allí, de pie, inmóvil, con la vista perdida a unos pocos metros de la parada del colectivo.
Recuerda. Su cuerpo parece suspendido en el presente. Sus ojos se iluminan de pronto, acaso al recuperar la imagen grabada de ese día en que llegó al balcón y no la vio. Entonces creyó que tal vez había sido una distracción casual. La imaginó demasiado concentrada en sus tareas, olvidada de la cotidiana ceremonia de aguardarlo en el balcón, al regreso del trabajo. No quiso preocuparse. Abrió la puerta y subió las escaleras sin apuro. Le llamó la atención que la luz del pasillo estuviera apagada. Ella siempre la dejaba encendida. Si no, un día de estos nos vamos a partir el cuello, decía ella. Llegó al primer piso y fue directo al baño. La salida apurada de la oficina, el trayecto en tren y la caminata a casa, le habían despertado la urgencia. Desde el baño la llamó y no obtuvo respuesta. Tampoco dejó que eso lo preocupara. Ella siempre escuchaba la radio en la pieza mientras se arreglaba. Porque seguro estaba arreglándose para recibirlo. Odiaba tanto que él la encontrara mal peinada o vestida así nomás. En eso siempre había sido muy estricta.
Mientras se lavaba las manos recordó no haber visto en la cocina nada que le indicara que ella hubiera empezado a preparar la cena. Era extraño, pensó, que a esa hora no hubiese al menos dispuesto los utensilios sobre el mármol. Siempre lo hacía. ¿Y si estaba enferma?, se asustó por primera vez. No, al despedirse por la mañana la había visto más radiante y feliz que nunca. No podía estar enferma. Además, siempre que se descomponía lo llamaba enseguida al trabajo para que él supiera o, si la cosa era más seria, para que la acompañara a ver al doctor Fainstein. Si no había llamado, entonces seguro seguía en el dormitorio escuchando música o viendo uno de esos programas de chismes que él tanto detestaba. Pensó si no sería ésa la razón de que ella los viera, solía decirle que cuando se enojaba lo veía muy sexy. Sí, seguro que era el ruido del televisor (nunca mejor empleada esta palabra, agregó burlón) el que le impedía escuchar sus llamados. Esto lo tranquilizó.
Demoró todavía unos segundos para acomodar un poco el peinado con el que, cada vez con más trabajo, ocultaba su incipiente calvicie. Un día de estos me rapo, amenazó a ese cuarentón de profundas entradas que lo miraba preocupado desde el espejo. Casi al instante se arrepintió de ese pensamiento. No, a ella le gustaba el pelo largo, cómo se le iba a ocurrir raparse. Entonces repitió, ahora en voz bien alta: Mi amor ¿Dónde estás?
El silencio que recibió en respuesta lo golpeó como un puñetazo en el pecho. Súbitamente se quedó sin aire, como si hubiera corrido sin detenerse desde la oficina. Tuvo que abrir bien grande la boca para aspirar y recuperar la voz. No gritó. Salió del baño corriendo mientras repetía su nombre, cada vez más alto pero sin demostrar la desesperación que repentinamente lo había asaltado. Llegó al dormitorio. La puerta entornada le dejó ver, antes de abrirse por completo, el cuerpo de Marian. Estaba tendida sobre la cama, la cara hundida sobre la almohada. La llamó una y otra vez hasta llegar a su lado. Todavía le quedaba una mísera esperanza de que ella estuviese distraída o que todo fuera una broma. Hasta intentó creer que en realidad dormía y que al tocarla despertaría. La giró y la tomó en sus brazos y la besó con la inútil esperanza de que sus besos le devolvieran la vida.
Después… después lo de costumbre. Los arreglos burocráticos, los pésames de conocidos y compañeros del trabajo, las palmadas en la espalda, los abrazos de los amigos, los consejos, los “la vida continúa”, “ella no querría…”, y la promesa estéril de nunca más abrir la puerta de esa habitación, de jamás volver a mirar hacia ese balcón con la esperanza de verla.
Y la vida continuó, lenta como un aceite rancio que se derrama y que jamás acaba de hacerlo por completo. Cuando parece que es el final, surge una gota que se estira hasta llegar al suelo y con un latigazo vuelve a crear otra nueva allá arriba que continúa derramándose y así hasta que uno desea que todo acabe.
Finalmente, el peso de los recuerdos hace que las lágrimas escapen de los ojos del hombre. No me animo a mirarlo ahora, avergonzado. Vuelvo entonces la vista al interior del bar. El mozo cree adivinar una señal en mi mirada y viene hacia mí con la cuenta. Pago y salgo a la calle. El hombre ya no está parado en la vereda. Miro durante unos segundos hacia el balcón al que él miraba hasta hace apenas unos momentos. Las plantas ya marchitas y los yuyos que aprovechan la tierra acumulada en las grietas para aferrarse desesperados a la vida, parecen ahora cobrar una significación que hace unos minutos no supe ver.
Vuelvo a pensar en el hombre. Vuelvo a sentir su pena. Necesito verlo nuevamente. No sé por qué, pero necesito encontrarlo. Como si supiera que él tiene algo que decirme. Algo que me llevaría la vida entera comprender. Corro desesperado hacia la esquina y doblo por instinto hacía la derecha. Sigo unos metros y me detengo. No sé si mi carrera me acerca o me aleja irremediablemente del hombre. Camino en círculos durante horas. Vuelvo a pasar frente al bar y me detengo en el mismo punto en el que estaba el hombre, como si eso pudiera traerlo de vuelta. El mozo se acerca curioso, quizás cree que olvidé algo en el bar. Antes de que llegue a la vereda, me alejo hacia la esquina. Camino a cada paso con menos esperanza. Miro a los ojos a los que se cruzan en mi camino. Es lo único que puedo recordar del hombre. Creo que jamás podría reconocerlo de otro modo. La oscuridad se hace demasiado densa.
Frustrado, vuelvo a casa. Subo la escalera a oscuras. Llego al primer piso. Sobre el mueble del recibidor está la foto de ella. Sonríe. La miro y, una vez más, tiro el portarretratos al cesto de los papeles. No importa, seguramente el martes, cuando vuelva la mujer de la limpieza, lo va a poner otra vez sobre el mueble. Algún día, supongo, juntaré el coraje suficiente como para meterlo en una bolsa y dejarlo en la puerta de calle para que se lo lleve el basurero.
No tengo hambre pero debería comer, o al menos eso dice mi médico. En el freezer seguro voy a encontrar algo, lo caliento en el microondas y listo. La puerta del congelador se resiste, tiro con fuerza y de golpe me asalta la visión de su contenido. Está lleno de bolsitas prolijamente ordenadas. No necesito leer las etiquetas para saber qué dicen, “milanesas”, “pollo deshuesado”, “filet de merluza”... Cada una con la fecha de envasado escrita con su letra prolija. Cierro la pequeña puerta. Mejor pido algo. Empanadas, pizza, cualquier cosa. Busco el teléfono.
—Hola, sí…
—¿Qué tenés? …
—¿Empanadas? Bueno…
—Media docena…
—¿De qué tenés?…
—Sí, está bien…
—También…
—¿Número de cliente? No…
—Con 200 pesos… bueno, espero.
Del otro lado cortan. Me quedo unos segundos escuchando el silencio en la línea. Trato, sin lograrlo, de recordar los gustos que pedí. Cuelgo el teléfono y miro el número en el panel del contestador. Me indica que tengo siete mensajes. Aprieto el botón “delete” hasta que el aparato marca 0 otra vez. Podría desconectarlo. No, mejor así. Si no respondo quizás se cansen y dejen de llamarme para dar consejos o invitarme a almorzar, a cenar, o a tomar un café. Voy al living. En el sofá están las sábanas y la manta prolijamente dobladas. Las levanto y las huelo. Están limpias. La mujer de la limpieza las debe haber cambiado. Voy hasta el baño y recién en medio del pasillo me doy cuenta de mi error, al pasar frente a la puerta de la habitación cerrada con llave. La miro como si pudiera ver, a través de la madera lustrada, la cama todavía deshecha, el placard abierto con su ropa y el resto de la mía que ya no volveré a usar. Un poco más allá, las cortinas corridas, los ventanales cerrados y el balcón con las plantas que ya han empezado a marchitarse. Seguramente, pienso, con el tiempo serán reemplazadas por algunos yuyos, más resistentes, que aprovecharán la tierra acumulada en las grietas, para aferrarse desesperados a la vida.



lunes, 11 de junio de 2018

Feria artesanal


Myriam siempre tuvo una gran debilidad por las ferias artesanales. Yo, en cambio, jamás pude tolerarlas. No es que simplemente me desagradaran, las odiaba con verdadero apasionamiento. Llevábamos dos años en pareja y hasta ese momento yo siempre había encontrado alguna buena excusa y alguien —una amiga en común, o a veces alguna compañera de trabajo— en quien delegar la ingrata tarea de acompañarla en sus periódicas visitas. Sin embargo, cuando abrieron la feria del puerto me fue imposible encontrar quién me suplantara y no me quedó otro remedio que acompañarla.
—Pero... ¿qué es lo que te molesta? —preguntó Myriam.
—Mirá —dije—. A mí me gusta que me atienda alguien que conozca realmente el producto que vende.
—¿Y eso? ¿Me vas a decir que los artesanos no conocen lo que venden?
—Primero, no todos son artesanos, segundo, cuando el tipo que hace aritos se raja a mear le deja el puesto al vecino más cercano, que hoy puede ser el vendedor de pipas para fumar marihuana y mañana la mina que hace espejos repujados o muñecos de goma espuma — dije, y sin esperar su respuesta—. Ahora, cuando el que te atiende es el propio artesano, es peor. Si le preguntás cuánto sale la porquería que está vendiendo el tipo te mira con desprecio, maldiciendo que sus obras maestras vayan a parar al living comedor de burgueses despreciables como nosotros, que apenas tenemos el mérito de contar con los doscientos pesos que él dice que vale su porquería.
Myriam prefirió reírse pero aun así no pude hacerla cambiar de opinión.
Ahora me doy cuenta, sin embargo, que además de estas cuestiones, más bien inocentes, había otra cosa que me mantenía alejado de las ferias artesanales. Algo que entonces no alcanzaba a comprender y que, acaso por eso, me aterraba. No era algo obvio, algo que pudiera reconocerse a simple vista, como la suciedad o el desorden, sino una razón más perversa, mucho más oscura, que entonces no hubiera podido explicar.
Ni bien dejamos el auto en un descampado, regado de culos de botellas y latas oxidadas, y abonamos el estacionamiento por adelantado —como si previeran que uno podría no salir con vida de ese lugar— ensayé una última excusa para quedarme fuera, tomando un café en el bar que estaba en el bulevar frente a la entrada. Fue inútil, Myriam insistió y yo me resigné. Entramos primero a través de un largo pasillo repleto de quioscos de bisutería. Myriam, para mayor tortura, se detenía y examinaba en cada uno de ellos unos aros que me resultaban todos iguales. La visión de uno sólo era suficiente para saber que no iba a gustarme ninguno. Sin embargo, cada dos o tres minutos tenía que poner cara de estúpido y responder con un qué bonitos, estos me gustan más, aquellos son más formales.
La cosa continuó así más o menos a lo largo de doscientos metros de puestos. Después vendrían los pañuelos y las bufandas, los adornos para la casa, los espejos biselados, los duendes, los juguetes “ecológicos” (luego de intentar, sin éxito, que alguno de los vendedores me indicara qué tenían de ecológicos sus juguetes, me limité a desear que todo terminara de una vez). Más tarde seguirían los perfumes de imitación y los remedios naturistas. Myriam se detuvo frente a un tablón mugriento dividido en dos. De un lado había yuyos secos que para lo único que parecían servir era para una fogata, exhibidos en cajitas de madera con carteles que decían: “Para la garganta”, “Para el dolor de cabeza”, “Para la gota”...
—Siguiendo esta lógica, hubieran podido agregar otros cartelitos que dijeran “Para el HIV, “Para el cáncer de hueso”, total, no creo que estos yuyos de mierda sean menos eficaces para el SIDA que para el mal aliento —dije, suponiendo que a Myriam no le iba a resultar gracioso mi comentario.
No me respondió.
Por suerte no nos quedamos mucho tiempo en ese sector.
Lo que siguió fue lo que di en llamar “El patio de comidas”. A Myriam tampoco pareció gustarle esta humorada.
—Seguramente lo que venden acá es mucho más sano que lo que comés en McDonalds —dijo.
Estuve a punto de discutir su afirmación; primero, porque no debo haber ido a McDonalds más que una docena de veces en mi vida; segundo, porque los pasteles, las empanadas y los “sanduiches” (así decía el cartel) que teníamos delante no resistían la menos esmerada inspección bromatológica. Sin embargo, decidí que era mejor dejar el comentario sin respuesta.
Por suerte, Myriam, por más que no lo confesara, compartía mis reparos así que pudimos esquivar las ofertas de los mercaderes de comida, aun la del viejo mugriento que, cuchillo de carnicero en mano, me ofrecía amenazante un sospechoso pedazo de queso de campo.
Seguimos adelante. Myriam parecía cada vez más interesada en los objetos insignificantes que encontraba a cada paso. En determinado momento, aburrido, más bien francamente asqueado por el lugar, le pedí que abreviáramos nuestro recorrido. Ella pareció no escucharme.
—Estoy cansado —le dije—, me voy a tomar un café al boliche que está frente a la entrada.
—Andá, yo salgo en un ratito —dijo, finalmente vencida por una resistencia tenaz que yo llevaba varios minutos ejerciendo como al descuido.
Sabía que el “ratito” de Myriam podía extenderse más allá de una hora, pero no me importó. Había visto un puesto de diarios justo a la entrada de la feria. Podría fumarme un cigarrillo, tomar un café y tal vez leer el diario, mientras ella seguía recorriendo puestos.
Volví sobre mis pasos creyendo que eso bastaría para salir del lugar sano y salvo. Quince minutos más tarde me di cuenta que no iba a ser tan fácil. Terminé dos veces en el “patio de comidas”. La última, me resultó imposible no aceptar el pedazo de queso que me ofrecía el viejo del cuchillo de carnicero. Bajo su atenta supervisión, no me quedó más remedio que llevarme el queso a la boca y seguir mi camino en busca de la salida. Un instante antes de morderlo, me pareció sentir un lejano olor a azufre. El gusto era diez veces peor. Sabía directamente a amoníaco. Lo escupí. Pensé en volver para reclamarle al viejo por haberme dado esa bazofia, pero desistí de la idea al notar que el viejo me había visto escupir su mercadería. Además, la forma en que agitaba el cuchillo de carnicero terminó de convencerme de que debía continuar mi camino en silencio.
A pesar de las vueltas que habíamos dado con Myriam, estaba seguro que el bulevar debía estar a mi derecha. Estos sitios suelen tener varias salidas, algunas “oficiales” y otras simples huecos entre los puestos. En cuanto encontrara cualquiera, estaría libre, me engañé. Giré hacia la derecha y me encontré con un larguísimo pasillo que terminaba al frente de un puesto inidentificable. Giré hacia el lado opuesto y encontré otro pasillo similar. El bulevar no parecía estar hacia ninguno de los lados. No iba a volver a atrás, allí estaba el viejo del cuchillo. Decidí que lo mejor sería seguir adelante.
Caminaba cada vez más rápido, ansioso por salir a la calle, y a cada rato me daba vuelta para asegurarme de que el viejo del queso no me estuviera siguiendo. Traté de calmarme, no podía estar pasando por esto, me dije. Los puestos se repetían hasta el infinito sin que en ninguna esquina pudiera vislumbrar hacia dónde quedaba la salida. Volví a toparme con los mismos vendedores que venía viendo desde hacía horas, hasta que terminé, nuevamente, en los puestos de comida. No podía ser, esta vez estaba seguro de haber caminado en línea recta durante diez o quince minutos alejándome de ese lugar. Sin embargo, otra vez estaba a la espalda del viejo mugroso del queso de campo. Me paré en seco. Lentamente, sin girar comencé a retroceder, tomando distancia de él. Cuando decidí que estaba suficientemente lejos como para girar y correr, sentí un golpe y caí al piso. Me puse de pie en medio de un tumulto de compradores que parecían pugnar por aplastarme. Pese a quedar de espalda al viejo, tenía la sensación de que me había visto. De hecho, cuando giré para saber si había sido así, vi que el viejo caminaba hacia mí en busca de venganza. Intenté no demostrar miedo (sé que en estos casos es lo único que puede salvarlo a uno) y comencé a caminar a paso ligero sin darme vuelta para mirar a mi perseguidor.
Preocupado por escapar del viejo me interné en un sector por el que jamás había pasado. Los puestos y la gente que cruzaba me parecieron más extraños. Intenté mirar hacia el frente, unos centímetros por encima de las cabezas que me rondaban. A los lados, ominosos, se sucedían puestos que vendían productos imposibles de identificar. Caminaba cada vez más rápido. Un extraño murmullo parecía seguirme. Sin que yo hiciera ni dijera nada, había gente que a mi paso se daba vuelta y me miraba con desaprobación o directamente con un odio contenido que me hacía temblar de pies a cabeza. Otros, en cambio, fingían ignorarme por completo. Por alguna razón, estos últimos me resultaban aún más aterradores que los primeros. Giré a izquierda y a derecha varias veces en la creencia de que estos cambios de rumbo terminarían por desanimar a mis perseguidores. Minutos más tarde miré hacia atrás y comprobé que había fracasado. Por más que disimularan, podía verlos, allí, mezclados entre compradores y artesanos… No debían ser más de veinte, entre quienes creí distinguir no sólo al viejo de los quesos, sino a otros tantos, no menos abominables, con los que me había topado en el transcurso de mi huida.
Apuré el paso y, al llegar a un recodo, giré a mi izquierda y corrí tan rápido como pude hasta la siguiente encrucijada. Volví a doblar, ahora a la derecha. Seguí corriendo un corto trecho y doblé a la derecha otra vez. No me detuve y seguí corriendo y girando a uno y otro lado, siempre huyendo del murmullo que delataba a mis seguidores.
No podría seguir mucho más. Mis perseguidores aún no se habían acercado lo suficiente como para lanzárseme encima, pero podrían hacerlo en cualquier momento. Podía adivinar sus caras, sus gestos, su odio. Intentaba no pensar en qué harían conmigo en el caso de que me alcanzaran si me alcanzaban. Doblé una esquina y casi volteo un tablón repleto de libros usados que se hallaba en medio del pasillo. Frente al tablón estaba el puesto. Nadie parecía atenderlo. No sé cómo supe que podía funcionar. Ni siquiera sé a ciencia cierta si en ese momento estaba convencido de que sirviera de algo hacerlo. Simplemente salté por encima del tablón y caí del otro lado junto con algunos libros. Esperé en silencio. Después de un buen rato, un tipo se asomó por encima del tablón y me preguntó:
—¿Tenés algo de Cortázar?
Permanecí en silencio y esperé a que el tipo se fuera. Pero el hombre no se movió, siguió ahí esperando mi respuesta. Incluso parecía divertido.
—Buscá por allá —le dije señalando hacia cualquier lado, sin siquiera ponerme de pie, mientras se me hacía escuchar a la turba pasar corriendo por el pasillo, sedienta de una sangre que, al menos esta vez, no podría probar.
Al final el tipo se fue sin comprar nada y yo me quedé escondido en el puesto hasta que se hizo de noche. Entonces salí al pasillo. No quedaban ya compradores y todos los puestos tenían sus toldos plegados. Tomé el tablón con los libros y lo coloqué dentro del puesto. Plegué el toldo y me quedé despierto dentro del quiosco toda la noche.
No puedo asegurar cuántas veces he plegado este toldo y me he quedado insomne en la oscuridad acompañado por mis libros. Todavía me ilusiono con encontrar alguna salida de esta feria, así que probablemente no haya transcurrido el tiempo suficiente para resignarme a mi destino. Cada mediodía coloco sobre los libros un cartelito que dice “Fui a almorzar” y recorro el laberinto de pasillos, en busca de la salida. Intenté miles de veces dibujar un mapa del lugar, pero de nada sirve porque los puestos nunca están en el mismo lugar. Vaya por donde vaya, camine el tiempo que camine, cuando siento que mis fuerzas comienzan a abandonarme, me encuentro siempre con este puesto de libros. Entonces, paso por debajo del tablón, guardo el cartelito de “Fui a almorzar”, y me siento a esperar al próximo cliente.