viernes, 1 de junio de 2012

La Jauría

 
Jauría, de Julio Flores

Oigo los aullidos con claridad. Vienen de más allá de las vías. Poco a poco se multiplican, se mezclan con otros gritos, algunas sirenas. No me alegro pero no puedo dejar de sentir un cierto alivio. Supongo que esto me convierte en un ser despreciable, pero… ¿Acaso no lo fueron ellos también cuando clausuraron la estación del ferrocarril, cuando alambraron el barrio y cuando pusieron los puestos de requisa en la avenida Rivadavia? Fueron despreciables, pero no inteligentes. Creyeron que con eso iban a poder mantener a la jauría dentro, alejada de sus casas. Y una vez que se sintieron más seguros, nos abandonaron. Los que tenían dónde ir dejaron todo y se mudaron lo más lejos que pudieron. El resto nos quedamos acá. Tratamos de fortificarnos, reforzamos las puertas de los edificios, enrejamos las ventanas, hicimos todo lo que pudimos pero no alcanzó. Poco a poco la jauría nos fue diezmando. Pero eso no era todo. Cada vez que salíamos del barrio nos trataban como ciudadanos de segunda. Muchos, que antes se consideraban nuestros amigos, ahora nos negaban el saludo. No nos querían atender en los restaurantes, como si fuéramos nosotros los culpables de la desgracia que sufríamos. Nunca supimos cómo nos reconocían, tal vez era algo en nuestro aspecto, nuestra actitud resignada, acaso algún olor que nos distinguía y nos hacía fácil de identificar en cualquier sitio. Eso, principalmente, nos fue recluyendo. Eso también, no sólo la jauría.
Me acuerdo cuando me llamó el gerente de sistemas para decirme que habían decidido “prescindir” de mis servicios. Después de tantos años, me qujé. Insistí en saber por qué me echaban. Casi le rogué que me dijera qué podía hacer para evitarlo. Entonces el muy mierda me aconsejó que me mudara. Y con qué plata le escupí, si me estás echando. Además, le dije, si vos vivís apenas tres o cuatro cuadras del otro lado de la vía, no podés ser tan cretino. Me sacaron a empujones de su oficina. Desde entonces, poco más o menos, no volví a salir del barrio. Para qué. Ya sabía lo que me iba a pasar en cada trabajo al que me presentara. Acá, por lo menos, no me sentía un extraño.
Desde mi ventana puedo ver, día tras día, como la basura se va acumulando en las calles. La recolección por las tardes se suspendió hace meses y ya ni siquiera vienen a hacer la recorrida por las mañanas. La noche es sólo de la jauría. Nos quedamos dentro de nuestras casas apenas el sol comienza a ocultarse. Lo máximo que nos atrevemos a hacer es acercarnos a espiar entre las cortinas cuando se escucha algún grito.
Todo empezó hace menos de un año, aunque a veces siento que siempre ha sido así. Fue como si explotara una bomba en mi propia casa. Salí corriendo del baño todavía con la cara llena de espuma para afeitar y cuando llegué al comedor no encontré nada raro. Fui hasta la ventana. El tren aún se movía lentamente. Un camión estaba volcado a un costado de la vía con la caja partida como si fuese una enorme lata. El conductor abrió la puerta de una patada y salió. Parecía un poco mareado por el choque, pero no se lo notaba herido. Nadie en el tren, aparentemente, estaba lastimado. Fui a buscar el teléfono y llamé al trabajo. Avisé que iba a llegar muy tarde porque el servicio del ferrocarril estaría suspendido. Me dijeron que si no podía ir me quedara a trabajar desde casa. Les dije que bueno y me quedé, todavía con la cara llena de espuma de afeitar, contemplando la escena del accidente. Estoy en un tercer piso y la ventana del living de mi departamento da sobre el paso a nivel, así que mi ubicación era inmejorable.
Fui a buscar la cámara de fotos y saqué algunas. Las subí a la computadora y recién entonces me di cuenta de que el camión llevaba comida para perros. Al rato me aburrí y prendí el televisor. Dieron la noticia como diez veces, no había heridos de gravedad y el servicio se reanudó un par de horas después del accidente, nada especial como para que fuera recordado más allá de ese día. Por la noche oí los aullidos. Jamás había escuchado algo así. Ciertos cambios en la tonalidad, en la frecuencia, o vaya a saber qué, hacían que pareciera una especie de lenguaje oscuro, alguna forma de comunicación. Abrí la ventana del living. Las luces de la calle estaban apagadas. Poco a poco me fui acostumbrando a la penumbra. Al principio sólo vi algunas sombras negras, que se destacaban apenas sobre la oscuridad de la noche. Iban y venían de un lado al otro del paso a nivel. Al rato percibí más claramente sus formas. Parecían perros con sus cuerpos algo alargados que se movían entre los restos de comida abandonados a los costados de las vías. Creí descubrir una cierta organización en sus movimientos, casi como si respondieran a alguna orden más allá de mi comprensión. Cuando parecía que el grupo se comenzaba a desbandar, volvían los extraños aullidos y las sombras retomaban el orden. No sé por qué pero entonces no le di demasiada importancia a este comportamiento. Al rato volví a la cama y me dormí.
A la mañana siguiente, al pasar junto a las vías me asombró la rapidez con la que habían limpiado el desastre del día anterior. No quedaban rastros de la comida que se había desparramado sobre la calle y la vereda. Un vecino me hizo un comentario acerca de la eficiencia de los equipos del nuevo gobierno. Le dije que ahora la ciudad sí que estaba en buenas manos y seguí de largo.
Fui a trabajar como siempre, ese y los días que siguieron hasta que me echaron. Sin embargo las cosas ya nunca volvieron a ser cómo siempre. Apenas una semana después del accidente comenzaron las desapariciones. El primero, creo, fue un vecino de mi edificio. Era un contador de unos sesenta años que vivía con su esposa en el 5to B. Tenían un caniche toy que acostumbraban pasear justo antes de irse a dormir. Una noche, el hombre salió con su perro y no volvió. Al principio, en el barrio se comentó el tema entre risas. La mujer era insoportable así que muchos suponían que el tipo se había ido por su propia voluntad. Sin embargo, las desapariciones continuaron. Todos –hombres o mujeres, viejos o jóvenes– desaparecían por la noche y todos, sin excepción, habían salido a pasear a sus perros justo antes de esfumarse. Ni los dueños ni las mascotas regresaron jamás.
La primera reacción del gobierno fue incrementar las guardias nocturnas de la comisaría del barrio. Llenar las calles de policías pareció una buena idea en un principio, hasta que una mañana se encontraron tres coches patrulleros vacíos, a lo largo las vías del ferrocarril. Salvo algunas manchas de sangre en los asientos, no había ningún indicio de lo que podía haber pasado con sus ocupantes. Nadie había escuchado disparos. Las patrullas nocturnas también cesaron desde entonces.
Durante las primeras dos semanas desaparecieron más de treinta vecinos. Ya nadie se animaba a pasear a sus perros cuando caía el sol. Las noches se convirtieron en un insoportable concierto de ladridos. Algunos dueños, desesperados, dejaban salir a sus mascotas solas a la calle para que hicieran sus necesidades. Los animales nunca volvieron. En apenas un mes ya no quedaban perros en el barrio. Casi al mismo tiempo todos los gatos desaparecieron de las casas. Los callejeros habían dejado de verse durante los primeros días, pero recién entonces lo notamos. Las paredes del barrio se llenaron de carteles con fotos de mascotas extraviadas.
Fue por esa época que se hizo ver por primera vez la jauría. Varias personas volvían de sus trabajos, cerca de las siete de la tarde, y al doblar una esquina fueron atacadas. Una mujer del grupo alcanzó a entrar al edificio donde vivía. Dos animales se metieron dentro con ella. Un vecino que era policía consiguió matarlos. Tuvo que vaciarles un cargador entero para que dejaran a la mujer, que ya estaba muerta hacía rato. Algunos patrulleros y un camión celular bloquearon la cuadra. Sólo encontraron a la mujer muerta en el hall del edificio junto a los dos animales. La jauría y el resto de los cadáveres habían desaparecido antes de que llegara la policía.
Al día siguiente, desde la ducha escuché el discurso del Jefe de Gobierno. Cuando salí del baño en todos los noticieros hablaban del ataque de la noche anterior. En el ascensor me crucé con el vecino del 3ro H.
–¿Vio el discurso? preguntó
–Sí.
–Voy a tener que hablar en mi trabajo porque yo salgo a las seis y media de la tarde y el toque de queda va a ser a partir de las siete. Me van a tener que dejar salir antes.
–Yo no diría nada.
–¿Por qué?
–No me parece. Yo por lo menos no pienso hacer mención del tema, total no creo que muchos sepan dónde vivo. Por las dudas…
–¿Le parece?
–…uno nunca sabe. Yo, si fuera usted no lo diría. No es bueno hacerse notar y en ningún trabajo les gusta dejar salir a nadie antes de hora, sea por lo que fuere.
El tipo se quedó pensando, o al menos a mi me lo pareció. Nos despedimos en la puerta del edificio. No lo volví a ver.
Un mes más tarde, después de cincuenta animales sacrificados y casi la misma cantidad de empleados desaparecidos, los operativos de la Perrera Municipal se suspendieron hasta nuevo aviso. Hoy estoy seguro de que la eliminación de esos pocos animales lo único que consiguió fue mejorar a la jauría. Los que sobrevivieron fueron los más inteligentes, los mejor adaptados. Desde mi ventana creía poder escucharlos aparearse frenéticamente, noche tras noche, para recuperar en poco tiempo a los caídos en los operativos de la Perrera. La nueva generación, me imagino ahora, resultó más apta para sobrevivir y mucho más feroz.
El Gobierno de la Ciudad decidió entonces levantar un alambrado de cuatro metros de altura a lo largo de las vías del ferrocarril, alrededor del barrio, formando un trapecio de poco menos de cincuenta manzanas. La razón, informaban unos carteles pegados frente al Centro de Gestión Barrial, era circunscribir el fenómeno a una zona más manejable, para así reanudar los operativos de la Perrera. El local del Centro de Gestión apareció al día siguiente con las cortinas bajas y no volvió a abrir. La estación del ferrocarril quedó del otro lado del alambrado, igual, ya hacía más de una semana que ningún tren se detenía allí, aunque nunca se dieron explicaciones por este cambio. Los colectivos debían ingresar y salir del barrio por los dos puestos de requisa de la avenida Rivadavia. Algunas empresas modificaron su recorrido para evitar ingresar a la zona y el resto sólo entraba de día. Muchos colectiveros, sin embargo, bajaban a todos los pasajeros en el puesto de requisa y se desviaban por su propia voluntad. En poco tiempo ningún medio de transporte público circulaba por el barrio. Los taxis ya hacía rato que no tomaban viajes dentro del cerco. Al principio cobraban un plus por zona peligrosa, a los que los tomaban afuera y les pedían que los trajeran hasta acá, pero al poco tiempo directamente se negaron a hacerlo por más dinero que se les ofreciera.
Los que no teníamos automóvil propio no tuvimos más remedio que caminar. A los que sí tenían auto las cosas no les iban mucho mejor. Las requisas con el tiempo se hicieron tan exhaustivas que se formaban largas colas para entrar o salir del barrio. Los muy imbéciles revisaban los vehículos para verificar que nadie llevara escondida a una de esas bestias fuera del perímetro, como si algo así fuera remotamente posible. Pasaba hasta una hora o más antes de que un conductor pudiera trasponer la barrera. Los que aún conservaban sus autos, entonces, debieron buscar un estacionamiento fuera del barrio o venderlos. En un par de meses solamente se veían algunos pocos autos oficiales o algún que otro coche de la policía por las calles. El aire, de algún modo se volvió más diáfano sin los escapes arrojando su veneno como en otras épocas. Los que venían de afuera, sin embargo, decían que sentían un insoportable olor, como a carne descompuesta, aunque nosotros nunca lo notamos. A mí con el tiempo dejó de importarme el haber perdido contacto con el exterior. Al final uno termina acostumbrándose a todo. Lo importante era saber manejar los horarios. No alejarse tanto que no se pudiera regresar con luz a la seguridad del hogar. Como todos los negocios habían cerrado, una vez por semana venía una Feria Municipal que vendía comestibles y productos de limpieza a muy bajo precio. El teléfono, Internet y la televisión por cable dejaron de funcionar. No me preocupé gran cosa porque de todos modos hacía ya tiempo que no pagaba las cuentas. Se nos informó, mediante un camión blindado que cada día circulaba a lo largo de la avenida Rivadavia, con altoparlantes en el techo, que se había decidido bonificar el servicio de gas y electricidad a los habitantes del barrio, lo que no quería decir que el Gobierno creyera que tenía alguna responsabilidad por lo que nos estaba sucediendo. Muchos vecinos lo agradecieron con aplausos. Algunos, sin embargo, se dedicaron a lanzar piedras hacia el camión, que nunca regresó.
Hoy a la tarde salí a la calle. No tenía ninguna razón para hacerlo. Todavía tengo suficiente comida en la alacena y además la Feria vendrá recién pasado mañana. Se me dio por pasear a lo largo de las vías del ferrocarril, recorriendo el alambrado que encierra todo el barrio. Caminé unas cuadras hasta llegar a la avenida Carrasco, donde el cerco dobla hacia el sur, hasta la avenida Alberdi. Miré hacia el cielo, todavía faltaba un rato para que oscureciera. Estaba a unas ocho o nueve cuadras de mi departamento, podía llegar tranquilo así que volví bordeando el alambrado hasta unos metros antes de mi casa. Escuché el ruido de un tren que se acercaba. Me alejé para verlo pasar. Cuando estaba llegando a mi lado comenzó a disminuir la velocidad hasta que se detuvo. Miré dentro del vagón que estaba frente a mí. Viajaba poca gente y se notaba que todos se sentían bastante incómodos, intuí, no tanto por la demora como por el lugar de la detención. Nadie miraba hacia donde yo estaba, como si de pronto me hubiera vuelto invisible. Me acerqué algo a una ventanilla que estaba apenas entreabierta. Sólo alcancé a ver una mano que la cerró violentamente. El tren volvió a arrancar y se perdió rumbo al centro de la ciudad. Retomé mi camino. Entonces lo vi. Estaba en la zanja al lado del alambrado lamiéndose una herida que tenía en la pata trasera derecha. Todavía era de día y estaba solo. No podía ser un perro. Todos habían desaparecido. Miré al frente y pasé a su lado como si no existiera. Apenas lo superé noté como el animal se ponía en cuatro patas y me seguía. Unos metros más adelante apuró el paso y se colocó delante de mí. Me di cuenta de que su cuerpo era algo alargado y completamente negro. Caminó unos metros hasta que se detuvo, giró y me miró a los ojos. Intenté esquivar los suyos pero no pude, como si algo me obligara a mirarlo fijo como él lo hacía conmigo. Gruñó, con un gruñido que parecía venir de lejos. Otros gruñidos se fueron acercando como respondiendo a su llamado. Supe que no tenía ninguna oportunidad de escapar. Una docena de bestias de ojos amarillos me miraban fijo apenas a unos metros. Los gruñidos cesaron, sólo se escuchaba algún que otro jadeo. Los colmillos superiores les sobresalían enormes de sus bocas, recordé entonces algunos dibujos de tigres prehistóricos. Esperé. Lentamente me rodearon y se fueron acercando, pero no me atacaron. Retrocedí hasta apoyar mi espalda contra el alambrado. El tiempo pasaba sin que ellos mostraran ningún cambio. En ese momento entendí lo que querían de mí o acaso fueron ellos los que supieron qué era lo que yo estaba dispuesto a hacer. Uno a uno se dieron la vuelta y desaparecieron entre las sombras que empezaban a alargarse. Sólo quedó el primero, fijos aún sus ojos en los míos. Fui hasta mi departamento y rebusqué en el ropero hasta que encontré la caja de herramientas. Allí estaba, algo oxidada pero iba a servir. Regresé. Él seguía sentado en el mismo lugar. De rodillas corté un buen trozo del alambrado hasta dejar abierto un agujero de más o menos un metro de diámetro. Cuando terminé mi trabajo, me puse de pie. Empezaron a pasar. Conté más de doscientos. Él se quedó unos segundos más de este lado, se metió a través del agujero y desapareció en la oscuridad.

Finalista del XXXVI concurso de cuentos cortos "HUCHA DE ORO" (Madrid, mayo de 2010)

martes, 22 de mayo de 2012

La pieza

–Conmigo no cuentes –dijo Andrea–. Andá vos y tirá todo a la basura o hacé lo que mejor te parezca. A mi no me interesa quedarme con nada. Después arreglá con una inmobiliaria de la zona y que ellos se encarguen. Corté. La verdad es que a mí tampoco me interesaba quedarme con nada de la casa ni tenía la menor intención de volver a allá después de tantos años… ¿Cuántos? Más de tres, seguro. La última vez había sido cuando internamos al viejo, unos días después de la muerte de mamá. Guardé las llaves en un cajón y allí estarían todavía si mi hermana no hubiese vuelto a llamar, semanas más tarde, para preguntar en cuánto habían tasado la propiedad. –¿Cómo que todavía no fuiste ni a limpiar? Así nunca la vamos a vender. Vos sabés muy bien que los precios se vienen abajo cuando termina la temporada. –¿Si querés vender la casa por qué no vas vos a tirar todo a la mierda? –Eso debería haber respondido. En cambio dije: –El fin de semana que viene voy sin falta. No te preocupes. En la inmobiliaria me dieron la dirección de una mujer del barrio para hacer la limpieza. Fui a buscarla, le entregué las llaves y le pedí que me llamara al hotel en cuanto hubiese terminado. Cuando volví, la cosa pintaba un poco mejor. La mujer había hecho un buen trabajo. Le ofrecí que se llevara alguno de los muebles que aún quedaban, si quería. Total pensábamos liquidar la casa con todo adentro y a mí, al menos, me daba lo mismo que se los quedara ella, el comprador, o el dueño de la inmobiliaria –Lo único que dejé sin acomodar –dijo la mujer–, fueron las cosas de la piecita del fondo. Me imaginé que usted querría ver primero qué hacer con ellas. Por si hay algo personal ¿vio? Se imaginó mal, pensé, pero no dije nada. La mujer ya se había cambiado para irse así que decidí terminar la limpieza yo. Le pagué y fui al supermercado a comprar bolsas de consorcio lo suficientemente grandes como para tirar todo lo que encontrara. El viejo no guardaba más que porquerías en esa pieza. Recordé cómo renegaba mamá cada vez que salía el tema. Yo ahí no entro más, dijo una vez. No cumplió. Volvió a entrar, por última vez, vaya uno a saber por qué razón. La encontré yo. El banco me había mandado por una auditoría a la sucursal de la costa y tenía medio día libre. El viejo tomaba mate en la vereda. No me reconoció. Si busca a Irma, me dijo, está en la piecita del fondo. Ahí estaba, sentada en una silla y recostada sobre la mesa, como si descansara. La cabeza apoyada sobre el brazo derecho, el brazo izquierdo colgando ya rígido y el pelo suelto desparramado sobre la tabla. Recuerdo que me quedé unos segundos contemplándola. Tan hermosa estaba a pesar de todo. En un primer momento me pregunté que habría estado haciendo allí sentada, sola, sin siquiera un libro sobre la mesa. Sin embargo, reconocí de inmediato que no tenía sentido hacer esa pregunta porque mi madre, literalmente, se había llevado su respuesta a la tumba. Después del velorio no quedó más remedio que internar al viejo, que a esa altura estaba totalmente consumido por el Alzheimer. Desvariaba pero, por suerte, en ningún momento preguntó por mamá. No sé por qué no vendimos la casa en ese momento. Al viejo no lo volví a ver. Igual, hacía años que él no reconocía a nadie. Qué sentido tenía ir a verlo si ni se iba a enterar de mi visita. Cuando murió yo estaba en el exterior por trabajo, por más que hubiera tomado el primer avión, habría llegado para después del velorio. De todos modos, supongo que algo de culpa cargaría sino no habría aceptado hacerme cargo de la limpieza de la casa, cuando Andrea me lo propuso. Llené once bolsas de consorcio. Toda la mierda que mi padre había juntado durante su vida, estaba ahí. Tornillos, hojitas de afeitar usadas, botones, planchas descompuestas, lámparas quemadas… Tiré todo, sin detenerme a mirar lo que tiraba, hasta que la pieza quedó vacía. Casi, porque cuando sacaba la última bolsa descubrí la caja. Estaba sobre la vitrina, pegada a la pared. Por eso no la había visto mientras vaciaba los muebles. Dejé las bolsas en la puerta de calle y volví a la pieza. Me subí a una silla para alcanzar la caja y recordé una escena de mi infancia que hasta ese momento había estado oculta en mi memoria, no sabía entonces por qué: …Estoy subido a esa misma silla, haciendo equilibrio sobre su respaldo, estirándome todo lo que mis siete años me permiten. No sé como descubrí la caja allá arriba pero estoy convencido de que contiene alguna clase de secreto mágico. La bajo y la observo unos segundos. Es alargada pero no muy alta. Rectangular. 50 por 20, más o menos. Parece de cartón pero pesa demasiado y no se deforma a pesar del contenido que la hace tan pesada. No tiene ni una sola marca, ni una sola figura en su exterior que me permita adivinar qué es lo que contiene. La abro. Dentro descubro un rompecabezas enorme, a juzgar por la cantidad de piezas. Tomo alguna, son de cartón, ásperas, no sé por qué me parecen extrañas. Me decido. Limpio la mesa y vuelco las piezas en un montón sobre ella. Empiezo a encastrarlas con paciencia intentando adivinar la imagen que se va formando. Se abre la puerta del cuarto. Giro la vista y descubro la enorme figura de mi padre en el hueco de la puerta. Avanza decidido hacia mí y me cruza la cara de un sopapo. Intento decir algo pero me doy cuenta de que es inútil. Mi padre me zarandea con una mano mientras con la otra guarda el juego en la caja y la coloca otra vez sobre la vitrina. No dice una palabra, solamente me mira, con un gesto que me causa terror. Grito… Después el recuerdo se desvanece, se pierde, acaso confundido con algunas pesadillas que me acosaban cuando niño. Me imagino que, como siempre, mi madre habrá salido en mi defensa y todo habrá quedado en una simple penitencia, uno o dos días sin salir a la calle a jugar con los chicos… Bajé la caja treinta años más tarde y volví a sentirme atraído por su contenido como cuando niño. Sin embargo, esta vez me di cuenta de que ahora nadie podría interrumpirme. Yo era el único habitante de la casa, por lo menos hasta que llegara la gente de la inmobiliaria a hacerse cargo. No necesité limpiar la mesa porque ya no había nada sobre ella, abrí entonces la vieja caja con las piezas del rompecabezas algo amarronadas por el paso del tiempo. Busqué en mi bolso hasta encontrar la petaca de whisky. La agité, no le quedaba gran cosa. Fui hasta la cocina, serví un vaso. De memoria fui a buscar hielo a la heladera que hacía años había dejado de funcionar y finalmente volví al cuarto del fondo a reiniciar una tarea que había dejado inconclusa durante mi infancia. Decidí empezar por los bordes. Separé todas las piezas con algún lado recto y en menos de media hora había completado el contorno de la imagen. Observé que el alto de la figura calzaba justo en la mesa. El ancho era unos treinta centímetros más pequeño, lo que me dejaba suficiente espacio como para colocar la caja y apoyar el vaso de whisky que a esa altura ya estaba casi vacío. La imagen que estaba armando retrataba una pequeña habitación con las paredes cubiertas por muebles vacíos. En la pared del frente se adivinaba una vitrina con las puertas abiertas. En el centro de la habitación parecía haber una mesa con una sola silla. Sobre la mesa se alcanzaba a entrever el codo de una persona, lo que indicaba que había alguien sentado en esa silla. Luego de un buen rato reparé en la semejanza entre la imagen que estaba develando y la habitación en la que me encontraba. Me levanté de la silla extrañado. Miraba una y otra vez hacia el rompecabezas y luego a la pared que tenía enfrente. El parecido entre ambas imágenes me sobresaltó. Tal vez era mejor no continuar, pensé. Sin embargo, casi al mismo tiempo sentí una absurda necesidad de completar el rompecabezas. Volví a mi tarea. Pude descubrir, minutos más tarde, que la imagen mostraba a un hombre en la silla que estaba aparentemente armando otro rompecabezas. El hombre de la imagen tenía camisa a cuadros y jeans, igual que yo. Mis manos continuaron completando el cuadro hasta que no me quedaron dudas de que ese hombre era realmente yo, aunque en el rompecabezas se me viera recostado sobre la mesa, la mirada vidriosa, la cabeza apoyada sobre el brazo derecho y el izquierdo colgando rígido. En la imagen, a la izquierda, había un vaso de whisky medio lleno. Miré mi vaso. Estaba lleno hasta la mitad. Pensé en lanzarlo contra la pared pero no me animé, o no pude hacerlo. Mis manos seguían ocupadas colocando las piezas, yo no podía detenerlas. Mientras se completaba la figura mi cabeza lentamente se reclinaba hacia delante, tomando la posición reflejada por la imagen. Por más que me esforzaba no lograba detener ese movimiento. Mi mano izquierda, ajena a mi desesperación, seguía encajando los restos de la imagen como si lo hiciera en respuesta a una voluntad que no era la mía. Recién cuando el rompecabezas mostraba sólo un pequeño hueco casi en su centro –lugar que debía ser ocupado inequívocamente por la última pieza– se detuvo un instante y fue hasta la caja. Estaba vacía. Sin poder contenerme me vi arrastrado bajo la mesa, luego, volteé la vitrina y removí todos los muebles que aún quedaban en pie en la habitación en busca de esa última pieza desaparecida. Recién cuando no quedó un solo rincón sin revisar, logré calmarme, liberado finalmente de esa fuerza que me había obligado a continuar el rompecabezas contra mi voluntad. Me sentí repentinamente vacío, pero al mismo tiempo, libre, como si hubiera dejado atrás alguna maldición que me seguía desde la infancia. Recordé en ese momento el día que internamos al viejo, las explicaciones pueriles que le dimos y cómo él aceptó sin una queja el destino de reclusión que le imponíamos. Volví a ver, como aquella última vez, su sonrisa, mientras subía a la ambulancia masticando, con esmero, un pequeño trozo de cartón amarronado.
1er premio concurso de cuentos cortos Instituto Henry Moore (2010)

miércoles, 30 de marzo de 2011

Autorreferencial

La maestra había pedido que hiciéramos una oración con cada una de las palabras de una larga lista que nos había dictado. Entre ellas estaba "combate", que por ese entonces resultaba lo suficientemente oscura para mí como para necesitar de la ayuda de mi madre.
-Poné: mi abuela vive en la calle Combate de los Pozos.
-¿La abuela vive en Combate de los Pozos?
-No.
-Pero... ¿Entonces? ¿Se puede mentir?...
Ese fue, creo, mi primer contacto con la literatura.

jueves, 22 de abril de 2010

Cazador



Andrés supo que su mujer le metía los cuernos. No tenía pruebas, pero él siempre se guió por su intuición y cuando estaba en actividad nunca se le habían exigido pruebas para actuar. Al principio le costó creer que, después de lo del tipo del gimnasio, Laura se animara a volver a engañarlo tan pronto. Hizo como si nada pasara pero de a poco comenzó a cercarla. Deslizó preguntas aparentemente inocentes que dieran cuenta de los movimientos de su esposa. Comenzó a llamarla a distintos horarios para tratar de descubrir dónde estaba a cada momento. Apeló también a sus contactos para seguir la pista de los llamados que llegaban al teléfono móvil de ella y que la obligaban a ocultarse para responderlos. Encontró un número desconocido que se repetía mucho más que otros. También detectó un anormal crecimiento de los llamados desde y hacia la oficina de Laura. Tanta devoción por el trabajo de parte de su mujer le resultó extraña, sobre todo porque ella respondía con evasivas siempre que le preguntaba cómo había sido su día. Averiguó que el número que aparecía varias veces era el de un celular comprado a un bolsero, lo que hacía imposible saber quién era su verdadero dueño. Los llamados de la oficina podían ser de cualquiera que trabajara allí. Iba a tener que esmerarse.
La vez anterior había sido simple terminar con el asunto. Él estaba en actividad y le fue fácil conseguir la información y los recursos. Supo enseguida que su esposa estaba saliendo con un tipo que trabajaba en el gimnasio al que ella iba. Uno de los compañeros de Andrés fue a verlo con la excusa de contratarlo para ayudar en la rehabilitación de su mujer recién operada. El tipo entró como un caballo. En la casa lo esperaban dos de los muchachos. El amante de Laura terminó en una zanja en González Catán. El quilombo fue cuando se enteraron los de arriba. Cómo se te ocurre pelotudo, había dicho el Coronel. Andrés le juró que la idea era apretarlo pero que se les había ido la mano. A los muchachos les metieron una suspensión pero a él lo obligaron a pedir la baja. De todos modos, le dijeron, ya estaba en edad para retirarse. Después de tantos años, se quejó, pero no hubo caso. Por lo menos el Coronel le consiguió ese trabajo en la empresa de seguridad. A Laura, por supuesto, no le dijo nada de lo del pendejo aunque Andrés siempre sospechó que había recibido el mensaje. Pero ahora todo volvía a suceder. Si cree que se va a salvar porque estoy retirado está en pedo, pensó Andrés. Hacía varios meses que no le encargaban nada de la empresa así que aprovechó el tiempo libre para profundizar la investigación. Revisó las cosas de Laura sin pasar por alto ni un solo papel. Entró en su casilla de correo electrónico –siempre supo la clave–, pero no encontró nada.
La siguió. Se quedaba horas frente al trabajo de ella, frente a la peluquería, frente a los lugares a los que iba con sus amigas. Nada. Hasta que un día los vio salir juntos de la oficina. Él era un flaquito de un metro setenta y pico, bastante insulso. Mientras se alejaban, Andrés llamó al número que aparecía repetido en el registro del celular de Laura. El hombre se detuvo, miró el visor de su teléfono pero no atendió. Esa noche, Andrés le dijo a Laura que le habían ofrecido un trabajo y que iba a tener que pasar algún tiempo fuera. Como siempre, ella no preguntó nada.
Pudo averiguar sólo que se llamaba Mariano Raso, que era contador público, soltero y tenía justo la edad de Laura: 39 años. Lo odió, por ser más joven que él, casi tanto como por acostarse con su esposa. Si yo tuviera veinte años menos, pensó, éste no me dura más que un par de horas, como el pendejo del gimnasio. Pero ahora, sabía, la cosa no iba a ser tan fácil. No podía involucrar a sus ex compañeros pero por lo menos podía pedirles más información. El tipo trabajaba como asistente de Laura desde hacía un mes. Hijo de puta, pensó, apenas un mes y ya se la está cogiendo. Según el resumen de su tarjeta de crédito el contador iba todos los jueves al mismo albergue transitorio. Ese era el día de la semana en que Laura supuestamente tenía sus clases de teatro y no volvía antes de las diez de la noche. Revisó el listado del teléfono: los jueves no había registro de llamadas entre ambos celulares. No necesitó más evidencias para decidirse. Ahora tenía que aprender los gustos, costumbres y debilidades de su presa. Se sentía otra vez activo. No recordaba haber estado tan excitado en años. Sonrió. Al final, se dijo, le voy a tener que dar las gracias a la puta de Laura.
El contador vivía en el centro. Andrés se instaló frente a su casa y lo siguió mientras el tipo recorría el camino hacia su trabajo. Lo vio detenerse largo rato frente a la vidriera de una armería. Andrés creyó entender que era uno de esos tipos que se pasan horas mirando armas pero que nunca dispararon una en su vida. Se tanteó la axila izquierda y sintió que, si hubiera querido, podría haberlo matado ahí mismo. De alguna manera, eso lo confortó. Por la tarde fue a la peluquería, se hizo rapar y afeitar el bigote.
–¿El bigote? –preguntó el peluquero, sorprendido.
Hacía años que Andrés se atendía en la misma peluquería.
–Sí, ahora soy civil, no me hace falta –bromeó.
Ya en su casa, delante del espejo comprobó satisfecho su nueva imagen. Al regresar del trabajo Laura parecía divertida con el cambio operado en su marido.
–Parecés más joven –dijo–. Qué lastima que le prestamos la camarita a tu hermana, sino te sacaba una foto para poner en la compu de la oficina.
–Ni cagando –dijo Andrés–. Sabés que no me gusta que me saques fotos –Si, justo, pensó, mirá si te voy a dejar que me saques una foto para que el pelotudo de tu amante me reconozca cuando lo vaya a encarar.
Al día siguiente llegó temprano a la armería y se quedó esperando frente a la vidriera. Al rato apareció el tipo y se detuvo como de costumbre.
–Esa es una buena escopeta –dijo Andrés–. Browning 425 sporter calibre 20, belga.
El tipo se dio vuelta y lo miró sin ninguna expresión en la cara. O bien el cambio de imagen era efectivo o Laura nunca le había mostrado al contador una foto de su esposo.
–Perdón, no sé mucho de escopetas –dijo el hombre.
–Sin embargo parece tener buen ojo porque se paró delante de la mejor que hay en la vidriera. ¿Seguro que no sabe nada de armas? –dijo Andrés.
–No, de verdad.
–Bueno, yo tengo una igualita. Es mi orgullo, la llevo siempre que salgo de cacería.
La conversación no duró demasiado pero el tipo parecía estar muy interesado. Antes de despedirse, Andrés le dijo que solía ir por las tardes a un bar de la zona.
–Si le gustan las historias de caza, péguese una vuelta que yo tengo una colección. Eso sí, el café lo paga usted.
No necesitó volver a invitarlo. Un par de días más tarde el contador apareció por el bar. Los encuentros se repitieron. Al mes, las reuniones ya eran una costumbre para los dos hombres. Andrés todavía no había decidido como seguir pero, como buen cazador, dejó que la presa se confiara, que se sintiera segura. Tarde o temprano, no tenía dudas, el contador lo invitaría a su casa y entonces el final sería inevitable.
Una noche, en la cena, Laura contó a su marido que el gerente le había propuesto ir a la sucursal Bariloche a hacer una auditoría. Andrés sospechó que su mujer estaba preparando el terreno para irse de luna de miel con su amiguito. No me vas a cagar tan fácil, pensó, si te vas con el boludo ese, los hago boleta a los dos.
Una semana más tarde volvió a preguntar por el viaje y Laura le contestó de mal modo. Le dijo que la gerencia había decidido enviar a su asistente, un tal Mariano.
–¿Y desde cuándo tenés asistente vos? –preguntó divertido.
–Desde hace un mes y pico. Es un pesado, me lo puso el gerente. Encima, ahora van y lo mandan a él en mi lugar –Laura parecía realmente ofuscada–. Si hubiera ido yo –agregó– vos podrías haberme acompañado y aprovechabas para ir de caza a esa Estancia, ¿San Esteban se llamaba? Y después nos podríamos haber quedado el fin de semana en Bariloche.
Andrés la dejó seguir hablando aunque ya no podía escucharla. Como en los viejos tiempos, sintió que su mente funcionaba por cuenta propia. Se imaginó cada uno de los pasos a seguir: Investigar en aeroparque fecha y hora del vuelo del tipo. Sacar pasajes en un vuelo anterior. Averiguar en qué hotel se alojaría y reservar una habitación. Alquilar una 4x4 y un par de armas; una de ellas, por supuesto, la Browning 425 sporter calibre 20. Dejar pasar un par de días. Después, el encuentro accidental (Pero mire que casualidad, usted trabajando y yo de cacería… ¿Qué va a hacer el fin de semana? ¿Nada? No se hable más amigo, se viene de caza conmigo y le muestro lo bien que anda la Browning. Vamos anímese, no me va a decir que le da miedo disparar unos tiritos). Eso sí, cuidar que nadie los viera juntos y el sábado, bien temprano, salir para la estancia...

Un par de kilómetros antes de llegar Andrés detiene la 4x4.
–Sabe, el único problema es que usted no tiene licencia de caza y en el puesto de control no lo van a dejar pasar –dice.
El contador lo mira decepcionado.
–Tranquilo amigo. Mire, lo que podemos hacer es lo siguiente: si no le molesta, se queda en el asiento de atrás, acostado en el piso, y yo lo tapo con los bolsos. Nunca revisan el vehículo a la entrada y a la salida no piden los permisos, así que podemos volver los dos sin problemas.
El tipo desconfía.
–No me parece, ¿y si nos descubren?
Andrés piensa que todo se termina ahí y que va a tener que liquidarlo en el medio de la ruta, lo que implica más riesgo del que quiere correr.
–Pero hombre. No vamos a pegar la vuelta ahora. Estamos tan cerca… No se me va a echar atrás.
El contador duda. Andrés aprovecha esa indecisión. Insiste. Minutos más tarde el tipo se acuesta en el piso de la camioneta mientras él lo cubre con una manta. Acomoda los bolsos. Pasan el control sin problemas.
Se internan bien profundo en el bosque, en un sector dónde, le han asegurado en el puesto, no hay ningún otro cazador. Andrés le enseña al contador cómo se maneja la escopeta. El tipo parece confiado así que un rato más tarde Andrés le explica que lo mejor es separarse para poder cercar a una buena presa. Le cede gentilmente la Browning 425. El contador parece encantado.
–Le apuesto lo que quiera que hoy nos volvemos con un ciervo de no menos de 10 puntas. Va a ver lo que es la Browning…
Espera a que el contador se vaya y prende un cigarrillo. Lo menos que puede hacer por el pobre tipo es dejarlo ir y disfrutar al aire libre sus últimos minutos de vida. Después de rastrearlo, cuando lo tenga a la distancia justa le disparará. No va a ser un tiro mortal, tiene que vivir lo suficiente como para saber quién lo mata y por qué va a morir, igual que el del gimnasio.
Apaga el cigarrillo y se pone de pie. Gira hacia donde se acaba de ir el otro y se encuentra de frente con la boca de una Browning 425 sporter calibre 20. Sigue con la vista el cañón del arma, hasta llegar a la culata, y ve la cara de Mariano Raso o como sea que se llame en realidad. Andrés intenta ganar tiempo, hacerlo hablar, pero el otro lo interrumpe antes de que pueda abrir la boca.
–Date vuelta y no digas nada.
Andrés le da la espalda pero no se queda callado.
–¿Cómo vas a hacer para salir de acá? Te van a buscar. No me podés matar por la espalda…
No alcanza a ver como el tipo le coloca el cañón al costado de la rodilla derecha. El disparo prácticamente le arranca la pierna y lo hace caer de cara al suelo. A pesar del dolor intenta darse vuelta pero el otro le apoya con fuerza un pie en la espalda.
–Cómo voy a salir de acá ya no es tu problema. Y no te voy a matar por la espalda, te vas a morir desangrado por la herida que tenés en la pierna. Un accidente de caza, con tu propia escopeta, una Browning 425 sporter calibre 20 igualita a la que con tanto orgullo guardás en tu casa. Te descuidaste y te volaste la pierna. Le pasa al mejor cazador. Si hubieras venido acompañado por ahí te salvabas, pero viniste solo –el tipo habla sin emoción–. Tu mujer me pidió que no te murieras sin saber que fue ella la que me contrató.
Andrés intenta responder pero las palabras no llegan a salir de su boca.
Minutos más tarde, quizás porque ya no siente ninguna resistencia, el cazador retira el pie de la espalda de su presa, limpia con cuidado las pocas huellas que dejó y empieza a caminar en dirección a la ruta.

Publicado en el número 58 de La mujer de mi vida (http://www.lamujerdemivida.com.ar/)
Foto gentileza de Harrison Haines