martes, 14 de noviembre de 2017

La herencia de tía Nelly


Mientras esperaba que su marido firmara los papeles del divorcio en la otra sala, Florentina volvió a llamar a la concesionaria.
–No se preocupe señora, la esperamos. Quédese tranquila.
Cortó. No sabía por qué, pero no le inspiraba confianza el vendedor. Tampoco confiaba en su ex marido, por eso había decidido esperar a que le firmara el divorcio para cerrar la compra del Audi A5 color plata que había visto en la concesionaria tiempo atrás.
–Ya está, firmó –dijo su abogada mientras entraba al despacho–. Dice que quiere hablar con vos.
–Entretenémelo, por favor. Me tengo que ir ya para la concesionaria y si me agarra ahora no me larga más.
Su abogada la acompañó hasta el ascensor y volvió a entrar a la sala, donde seguramente inventaría una excusa para cubrir la escapada de Florentina.
Quince minutos más tarde Florentina entraba a la concesionaria con la cartera apretada bajo el brazo. Pagó al contado, lo que probablemente ayudó a convencer al vendedor de que debía entregar el vehículo y después, con tiempo, poner en regla los papeles.
Para el fin de semana siguiente, Florentina ya había ido tres veces al taller a consultar por algún que otro ruidito aquí o allá o por un botón cuyo funcionamiento no estaba bien especificado en el manual. La última consulta fue un domingo.
–No se preocupe señora. Nuestros clientes son importantes las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta días del año –dijo el empleado que la atendió, aunque su cara parecía no estar muy de acuerdo con sus palabras.
Florentina aprovechó para volver a reclamar por los papeles que seguían esperando la firma y el sello de algún oscuro funcionario aduanero. En la semana, sin falta, estarían.
Al salir pensó que quizás fuera una buena idea visitar a la tía Nelly ese domingo. La concesionaria quedaba a pocas cuadras del jardín maternal y la vieja nunca se movía del segundo piso de la casona en la que Florentina había instalado el Green Spring Garden. Le había ofrecido muchísimas veces comprarle la casona para, de paso, ampliar su negocio, pero la tía siempre se negó. Florentina no entendía tanta terquedad. Hasta llegó a ofrecerle su propia casa en Yerba Buena a cambio, pero no hubo caso. La tía se había recluido en el segundo piso desde la muerte de su esposo y seguiría allí, por lo visto, hasta que le tocara el turno a ella.
Por eso había sido tan sorprendente que le hubiera ofrecido alquilarle la planta baja y el primer piso para poner su propio jardín, cuando Florentina se recibió de maestra jardinera. Así había nacido el Green Spring Garden. Florencia lo fundó junto a un par de compañeras a las que con el tiempo les compró su parte para quedarse con todo. Con todo no, porque la casona seguía perteneciendo a la tía Nelly y eso, aunque le costara reconocerlo, la molestaba bastante. Ya estaba cansada de que en la familia se hablara de “el jardín de la tía”. La casa es de la tía, pero el Green Spring es mío, corregía ella. Por eso, quizás, estaba tan impaciente por mostrarle el auto que acababa de comprar. No faltaría ocasión, pensó, para refregárselo por la cara también al resto de la familia.
A pocas cuadras del Green Spring se detuvo en un semáforo. No había casi nadie en la calle, sólo una vieja que caminaba con lentitud por la vereda de enfrente, acompañada por un chiquito de unos cinco o seis años cargado con bolsas de supermercado. El semáforo seguía en rojo. Volvió a mirar a la mujer. Era la tía Nelly.
Florentina bajó la ventanilla y gritó:
–¿Tía?
La mujer en la vereda de enfrente ni se inmutó.
–Tía Nelly –gritó más fuerte. ¿Qué hace con ese changuito mugriento? Pensó.
La mujer apuró el paso, alejándose. Florentina bajó del auto, cerró la puerta y conectó la alarma.
Cruzó la calle sin mirar y se acercó a la mujer.
–Hola, tía –dijo y miró con desagrado al chiquilín que la acompañaba.
–Ah, Flor, no te había reconocido.
–¿Y éste?
–Es Luquitas. Se ofreció a ayudarme con las bolsas, ¿no es un amor?
Florentina pensó en una larga lista de calificativos para el changuito desarrapado que acompañaba a su tía, pero prefirió no pronunciarlos. En lugar de eso buscó un billete de cinco pesos, se lo dio al chico y le sacó las bolsas de la mano.
–Andá, andá...
Nelly parecía decepcionada. Intentó decir algo, pero Florentina la cortó.
–Vamos tía, la llevo yo y de paso le muestro el autito que compré.
Nelly aceptó, sumisa, la invitación de su sobrina.
Florentina cruzó la calle con las bolsas y cuando estuvo junto al auto accionó el control remoto para abrir el baúl del Audi. Se dio la vuelta. Nelly apenas si había llegado a la mitad de la calle. ¿Cómo puede ser tan lenta? Pensó.
–Mire tía, ¿vio que no hace falta la llave para abrir el baúl?
Nelly no respondió.
–Suba al auto, está abierto –dijo Florentina después de colocar las bolsas dentro del baúl.
Nelly se sentó en el asiento del acompañante. Florentina encendió el motor y tocó algunos controles de la computadora, sólo para impresionar a su tía.
–¿Vio? –dijo y señaló el GPS que acababa de encenderse.
Nelly no respondió, parecía más preocupada por no ahorcarse con el cinturón de seguridad que por las maravillas tecnológicas del auto de su sobrina nieta.
Florentina se sentía frustrada. Nelly parecía incómoda. Cuando llegaron frente al Green Spring, Florentina volvió a apretar el botón que abría el baúl y miró a Nelly ilusionada. Nelly le respondió la mirada con interrogación, como si ignorara por completo qué era lo que se esperaba de ella
Florentina bajó del auto. Se imaginó que su tía iba a estar horas para liberarse del cinturón de seguridad, pero la mujer la sorprendió y, con una agilidad que no le conocía, llegó a la puerta lateral de la casona, la que daba al pasillo que terminaba en el ascensor y la escalera de servicio que llevaban directo al segundo piso.
Florentina tomó las bolsas, cerró el baúl y la siguió.
–Bueno, tía. ¿Todo bien con el Green Spring? ¿No te dan problemas las chicas?
– ¿Con el qué? Ah, ¿el jardín? No, para nada. Son un amor las chicas.
Sí, las chicas son un amor, pensó Florentina, pero seguro que de mí opinás muy distinto ¿no?
–Gracias –volvió a decir Nelly, parada frente a la puerta aún abierta del ascensor, mientras intentaba arrancar de las manos de Florentina la última bolsa del súper –. Fijate de cerrar bien la puerta de calle, por favor.
Lo último que quería Florentina era subir a ese ático húmedo donde vivía su tía. Sin embargo, le fastidiaba que la vieja no la invitara a hacerlo. Se dejó arrancar la bolsa y al pasar, dijo:
–¿Leche chocolatada, tía? A su edad no debería tomar leche chocolatada.
–No es para mí.
–¿No? ¿Y para quién entonces? ¿Tiene algún pretendiente viviendo en su departamento?
Sorpresivamente, Nelly pareció nerviosa. Florentina dijo:
–Al fin y al cabo, tía, está en su derecho. Cuarenta años de luto ya fueron bastantes, ¿no?
–Cuarenta y seis –dijo la mujer mientras luchaba por cerrar la puerta del ascensor. Florentina había encontrado un punto débil y no lo iba a dejar pasar tan fácilmente.
–Tengo unos champancitos que me regalaron. Si quiere, tía, le puedo traer un par.
–No seas boba. Es para el hijo de una vecina. Va a venir a buscarla por la tarde –dijo Nelly.
–Pero tía, ¿qué le dije de hacerle mandados a los vecinos? Le voy a decir a las chicas que cuando hagan las compras para el Green Spring le pidan a usted la lista de lo que necesita. Además, ellas compran en el súper de acá a la vuelta que tiene mejor mercadería que el supermercado de enfrente de la villa. ¿Cómo se le ocurre ir a comprar hasta allá?
Nelly no respondió, pero su gesto de ira fue inconfundible. Florentina jamás la había visto así. Sin embargo, esta imagen duró menos que un instante porque la anciana dulcificó su gesto y dijo:
–Gracias Florcita, pero a mí me gusta elegir las cosas. Gracias igual mi amor, fijate bien que cierre la puerta de calle que no está andando muy bien. Tengo que llamar al cerrajero.
Dicho esto, y sin que Florentina se recuperara del sorpresivo cambio de humor de su tía, la mujer logró cerrar la puerta del viejo ascensor en su cara y desaparecer rumbo al segundo piso de la casona.
–Me quedo hasta estar segura de que llegó bien, tía –gritó Florentina y sin demorarse recorrió el pasillo y salió a la calle. En la vereda jugó con la idea de dejar abierta la puerta. No había nadie en la vereda, ¿quién podía estar viéndola? Después bastaba que algún ratero viera la puerta abierta, se metiera y... Cerró la puerta con sus llaves y volvió al auto.
De nuevo tras el volante encendió el motor y se quedó unos segundos eligiendo la música que iba a escuchar de regreso a su casa. Ya en el camino volvió a pensar en su tía. Ya estaba grande, quizás sería bueno hacerla ver por un psiquiatra ¿Para qué compraba leche chocolatada? Ahora que recordaba el episodio se daba cuenta de que también había entrevisto unos postrecitos de chocolate y algunas golosinas en las compras de la vieja. ¿Estaba comprando para alguna vecina o estaba regalándole a una vecina? No. Su tía no era esa clase de persona, jamás le había visto un solo gesto de generosidad hacia nadie ¿Y si simplemente se había vuelto loca y compraba leche chocolatada y postrecitos para el hijo que nunca tuvo? La vieja jamás había sido muy amable con los niños. Recordaba que de chica hacía todo lo posible por evitar las visitas a la casona de la calle Junín. Es más, cuando su madre le comentó que la tía Nelly le había ofrecido su casa para poner allí el jardín lo tomó como una broma:
–Mamá, la vieja ésa siempre odió a los chicos, ¿te acordás que cada vez que le pedías que me cuidara te inventaba alguna excusa? Esa mujer no tuvo hijos porque no quiso y, en cierta medida, tenemos que agradecerle a Dios que así haya sido. No se me ocurre que ahora de vieja haya cambiado.
Su madre le reconoció que a ella también la había sorprendido la propuesta de la tía. En la familia era conocida la aversión que Nelly sentía por los niños. ¿A quién se le hubiera ocurrido que ella iba a querer vivir rodeada de changuitos? Sin embargo, su madre insistió con la propuesta y Florentina, finalmente, aceptó. Gracias a esa decisión había amasado una pequeña fortuna con la que podía comprarle a su tía la casa del Green Spring y varias más como esa. Si no insistía en comprar la casona era porque sabía que, tarde o temprano, la iba a heredar. Y si ahora resulta ser que la vieja se volvió loca, mejor, pensó, le meto un juicio por incapacidad, la encierro en un asilo, y me quedo con la casa.
No hizo falta.
El sábado siguiente recibió una llamada de la comisaría de la zona. Habían encontrado a Nelly muerta de un infarto en la calle. Volvía del supermercado. Un chico de unos seis años, vecino de la zona, había dado el aviso. Por lo que le dijeron a Florentina, Nelly le había pedido al chico que la ayudara con las bolsas y a las dos cuadras cayó fulminada. El chico sólo había atinado a buscar al policía que tenía su puesto en la esquina del supermercado. Cuando llegó la ambulancia, Nelly ya estaba muerta. Florentina pensó en llamar a su madre, pero luego prefirió ir sola a la morgue. Por suerte no fue necesario ver el cadáver y la dejaron reconocerla a través de una foto en la pantalla de una computadora.
–Es ella –dijo. Al final, pensó, no era tan truculento el tema –. ¿Hace falta que la vea?
–Si usted quiere…
–No, digo si hace falta.
–No, no es necesario.
–Entonces no, gracias.
Firmó los papeles que le pidieron y recogió la cartera de cuero que siempre llevaba Nelly. Ya en el auto sacó de la cartera un manojo de llaves y la billetera de la tía. El resto eran papeles y cosas sin valor. Tiró la cartera en un depósito de basura que estaba a pocos metros de donde había estacionado el auto.
Pensó que tenía que ir a limpiar la habitación de su tía cuanto antes. La vieja no estaba bien últimamente, quién sabe cuántas porquerías podía tener ahí guardadas. Por las dudas iría primero ella a retirar las cosas de valor. La tía no confiaba mucho en los bancos así que seguro que tenía sus joyas escondidas en su habitación. También era probable que hubiera algo de efectivo en el altillo porque en la cartera solo había unos pocos pesos. Sí, primero iba a ir sola, por las dudas. Después debería buscar a alguien para desocuparlo. Quizás podría utilizarlo para ampliar el jardín, pensó. O podrían limpiarlo y dejarlo para que se quedaran las maestras cuando hubiera problemas de transporte. Estaba cansada de contratar reemplazos cuando alguna no podía viajar. Miró la hora. Ya eran las cinco de la tarde. No tenía ganas de pasar por el departamento de la vieja. Mejor mañana. Total, es fin de semana largo. Paso, me llevo lo que es de valor y el martes mando a alguien para que saque la basura y limpie todo. Sí. Mejor así.
–Tenemos que organizar el velorio –dijo su madre cuando le contó la noticia.
–No, mamá, no jodás ¿de qué velorio me hablás? Si la tía ya no tenía amigas. A la familia se le avisa y el que quiere que vaya directamente al cementerio.
–¿Y los papeles de la tía?
–Habrá que hablar con el doctor González Rao, él era el que manejaba los asuntos de la tía.
–¿No es mejor que vayamos nosotras a revisar el departamento antes de vaciarlo? Mirá que la tía tenía joyas. ¿Tenés las llaves? Si querés te acompaño a limpiar.
–Dale. Yo voy a ir el lunes.
–¿El lunes recién? ¿Por qué no mañana domingo?
–No, mamá, total el lunes es feriado y además yo mañana tengo un compromiso. Te paso a buscar temprano por tu casa. Ah, ya hablé con la empresa fúnebre. Ellos se encargan de todo. El entierro se va a hacer el martes, por el fin de semana largo, viste. Si querés andá avisando a la familia –dijo y cortó.
La mañana siguiente, bien temprano, llegó al Green Spring y guardó el Audi en el estacionamiento. Ya en el cuarto piso utilizó el llavero de su tía para entrar a la habitación. La puerta tenía dos cerraduras de doble paleta. Al entrar notó que, a la puerta, además, se le había agregado un enorme pasador del lado de adentro. Vieja paranoica, pensó. Encendió las luces y fue hasta la ventana aguantando la respiración. La habitación estaba inundada por un olor dulzón, desagradable. No era el olor que esperaba, a humedad, a polvo acumulado, a viejo. Se parecía al olor que había sentido en la morgue. Llegó a la ventana principal y la abrió de par en par para dejar entrar algo de aire. La sorprendieron las gruesas rejas que había en la ventana. ¿A qué le tenía miedo su tía? ¿Quién iba a meterse por esa ventana, a semejante altura? Esperó unos segundos antes de girar nuevamente. Ahora sí el aire se había hecho más respirable. Recorrió con la vista la habitación. Era un solo ambiente. En un extremo había una pequeña cocina. Estaba limpia. Algo llamó su atención. Por fuera el altillo se veía mucho más grande. Alguien había levantado una pared para dividirlo y colocado una puerta blindada sobre esa pared. ¿Se había hecho una bóveda la vieja? ¿Cuándo? No en los últimos quince años porque ella se hubiera enterado. Intentó imaginar qué podía guardar allí su tía. Sintió un cosquilleo en el estómago. Sonrió con la esperanza de que lo que hubiera tras la puerta blindada justificara el pasador de la otra puerta y las rejas de la ventana.
Entre todas las llaves no encontró ninguna ni siquiera parecida a la cerradura que aseguraba la puerta blindada. Decidió realizar una metódica búsqueda que terminó tan rápido como empezó porque la llave de la bóveda estaba en el primer lugar que eligió para buscar: la mesita de luz.
Fue hasta la puerta blindada y la abrió. La bóveda estaba a oscuras, pero al abrir la puerta un reflector adosado al marco se encendió automáticamente e iluminó el lugar.
Florentina mantuvo abierta la puerta apenas unos segundos, la cerró de un golpe y corrió hacia la cocina. Vomitó antes de llegar a la pileta. Abrió la canilla y dejó correr el agua largo rato. Se lavó la cara varias veces hasta que tuvo el coraje para volver a la bóveda. Lo hizo con un pañuelo empapado en perfume tapando su nariz.
Entró temblando a la bóveda y recorrió el cuadrado de alrededor de cuatro metros de lado de cuyo techo colgaban varios ganchos de carnicería. Le extrañó que no hubiera moscas en el ambiente, pero pensó que, con la ventana abierta, no tardarían mucho tiempo en aparecer. Fue hasta la ventana y la cerró. Miró las rejas que ahora entendía para qué habían sido colocadas. Volvió a la bóveda y fue hasta uno de los extremos en los que había un trípode con una vieja cámara Polaroid y un escritorio metálico. Sobre el escritorio encontró un álbum de fotos. Lo abrió, miró las primeras fotos y lo cerró de un golpe. Corrió hasta la cocina. Esta vez alcanzó a llegar a la pileta. Vomitó un largo rato, se lavó la cara y se enjuago varias veces la boca.
Volvió a buscar el álbum de fotos. Lo sacó de la bóveda y lo miró sentada en la cama de tía Nelly. Fuera de la bóveda le pareció menos horroroso. Sin embargo, cada hoja que pasaba le provocaba un estremecimiento. No pudo dejar de pasar las hojas hasta llegar al final. Estaban ordenadas por fecha. En total contó doce chicos distintos. Al principio era fácil distinguirlos, pero a medida que avanzaban las fotos todos se parecían entre sí. Al final del “proceso” (si podía aplicarse ese título a lo que su tía hacía con las pobres criaturas) lo que quedaba se parecía mucho a lo que en ese momento colgaba de los ganchos de la bóveda.
Asombrada por cómo se había sobrepuesto tan rápidamente a la primera impresión de asco que le había producido la visión del álbum de fotos, volvió a la bóveda y abrió los cajones del escritorio. En ellos había más álbumes. El más antiguo estaba fechado en el año 1969. En ese, la mayoría de las víctimas eran mujeres. En los álbumes más nuevos sólo había niños pequeños. ¿Cómo podía haber existido este lugar a pocos metros del Green Spring sin que nadie sospechara nada? Se horrorizó al imaginar que su tía le había ofrecido instalar el jardín allí para proveerse de carne fresca. No, pensó, los chicos de las fotos eran todos changuitos como el que había visto con su tía hacía algunos días. Más bien el Green Spring le habría parecido a su tía una buena pantalla para mantener su “hobby” lejos de las miradas molestas. ¿Y ahora qué iba a hacer? No supo qué responderse. Salió de la bóveda y marcó el número de Carlos, su ex esposo.
–¿Florentina?
Cortó.
No podía hablar con él. ¿Cómo se le había ocurrido llamarlo? El teléfono empezó a sonar. Carlos le estaba devolviendo la llamada. Apagó el celular.
Se quedó un rato sentada en la cama de su tía. Tenía que llamar a la policía. Volvió a encender el teléfono y marcó el 911. Una vez más, apagó el celular sin completar la llamada. Pensó en lo que iba a pasar. Si llamaba a la policía, adiós Green Spring Garden. Por más que lo abriera en otro barrio, en otra ciudad, en otra provincia, la historia la perseguiría donde fuere. El Green Spring estaría siempre asociado al secreto que guardaba la bóveda y que ella acababa de descubrir. Además, cuando todo se supiera, seguramente también iba a tener que despedirse de la herencia de tía Nelly. No sabía mucho de leyes, pero en una situación así, lo lógico sería que todos sus bienes quedaran bloqueados por la justicia. El Green Spring clausurado y su herencia bloqueada. Si llamaba a la policía lo iba a perder todo.
Cerró la bóveda con llave y salió de la habitación. Cerró también la puerta del altillo con las dos llaves y fue hasta el auto. En el baúl tenía un bidón de cloro que había comprado para la piscina de su casa. Entró a la sala que usaban las maestras del jardín y sacó un delantal. En el baño encontró un par de guantes de hule. Volvió al garaje, se desvistió y se colocó el delantal y los guantes. No pudo evitar una súbita excitación al sentir la tela burda del delantal sobre sus pezones. Subió al altillo.
El olor a cloro la mareaba, pero eso no la detuvo. Abrió la ventana enrejada y continuó hasta dejar la bóveda completamente reluciente. Llenó una bolsa de consorcio con lo que sacó. Por las dudas, utilizó dos más para cubrirla. No podía arriesgarse a que la bolsa se rasgara y revelara su contenido. Las herramientas y los cuchillos que encontró en la bóveda entraron en una caja de resmas. No se molestó en limpiarlos. La caja pesaba demasiado y tuvo que encintarla para que no se desfondara. La dejó en el ascensor junto con la bolsa.
Cerró la bóveda y guardo la llave en el bolsillo del delantal. Fue hasta la heladera. Todavía le quedaba una bolsa de consorcio. La llenó con todo lo que había sin detenerse a mirar lo que tiraba dentro. Cuando terminó, desenchufó la heladera, la lavó con cloro y la dejó abierta. La alacena estaba llena de golosinas. Las metió en la bolsa y las llevó también al ascensor. Cerró la habitación y fue hasta el garaje. Colocó las bolsas y la caja de resmas en el piso del garaje, junto al Audi. Fue al vestuario de las maestras, se duchó y se vistió. Volvió al garaje y se quedó unos segundos frente al portón, pensando.
Volvió a subir al altillo, abrió la bóveda y sacó todos los álbumes de fotos. Cerró otra vez, bajó al garaje, metió los álbumes y las bolsas en el baúl. Al levantar la caja, se desfondó por el peso y un enorme cuchillo cayó al piso. Metió como pudo la caja en el baúl y lo cerró, levantó el cuchillo y lo guardó en la guantera. Sacó el auto a la calle y cerró el portón. Ya era mediodía. En la calle ahora había algo más de movimiento. Puso en marcha el auto y comenzó a andar con lentitud. No podía tirar todo en el basural de la villa miseria que estaba frente al supermercado donde compraba Nelly. Era más seguro buscar un lugar alejado, pensó. Manejó durante quince minutos hasta llegar a La Banda. Tenía que moverse con rapidez, un auto como el suyo iba a llamar la atención en esa zona. Buscó un lugar alejado, desierto, detuvo el auto, abrió el baúl y bajó casi corriendo, tomó las bolsas y las arrojó junto a una pila de bolsas casi idénticas. Dudó unos segundos con la vista clavada en la caja de resmas y en los álbumes, pero un ruido a sus espaldas la arrancó de sus pensamientos. Dos chicos jugueteaban entre la basura a unos cincuenta metros. Cerró el baúl y volvió corriendo al auto. Sin mirar atrás puso primera y salió dejando una nube de polvo. Decidió volver por la ruta, le pareció que no debía cruzar otra vez el barrio con el Audi. De vuelta en la ciudad se sintió más relajada. Trató de imaginar a su tía, dulce viejita. ¿Cómo pudo? Quizás no supo nada hasta la después de la muerte de su marido. Recién entonces, imaginó, la tía había encontrado la bóveda y las fotos y, en lugar de destruir todo, decidió continuar con la tarea de su difunto esposo, aunque ella por lo visto prefería a los niños pequeños. Y ahora ella, Florentina, en un momento de su vida en el que parecía que había perdido el norte, que nada le causaba placer… Un escalofrío le recorrió la espalda, quizás por eso se distrajo y pasó de largo el semáforo en rojo.
El bocinazo del colectivo la devolvió a la realidad. Maniobró con una habilidad que no se conocía y aceleró justo para esquivar el impacto. Con las pulsaciones aceleradas, se sintió realmente viva por primera vez en mucho tiempo. Aceleró aún más. El policía estaba a mitad de cuadra. Le hizo señas para que se detuviera. Florentina clavó los frenos.
–¿No vio el semáforo, señora? ¿Se da cuenta de que estuvo a punto de matarse, o de matar a alguien?
–Mil disculpas, agente. Acaba de fallecer mi tía, estaba distraída…
–Cédula verde, carné de conductor, seguro…
Le entregó al policía su carné y los papeles que le habían dado en la concesionaria.
El policía miró unos segundos los papeles.
–Señora, estos papeles no la habilitan para circular.
Ella quiso explicarle que en la concesionaria estaban preparando la documentación definitiva, que el lunes estaría, que ella había insistido en retirar el auto y que por eso le habían dado esos papeles pero que todo estaba en regla, que solo faltaba la firma y el sello de algún oscuro funcionario aduanero... Todo eso podría haberle dicho. Sin embargo, le fue imposible emitir sonido alguno.
Con una amabilidad un tanto exagerada, el policía dijo:
–¿Podría abrir el baúl, señora?
Como movida por una voluntad que le era ajena, la mano de Florentina fue hasta el botón que abría el baúl y lo oprimió.
–Acompáñeme –dijo el policía y comenzó a caminar hacia la parte trasera del Audi.
Antes de bajar, Florentina abrió la guantera y sacó el cuchillo.

jueves, 9 de noviembre de 2017

El fiscal




El que sigue es un relato de ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia



Está sentado en su cama. A su lado, envuelta en una franela, la pistola que le prestó Diego. Es vieja y está algo oxidada. Lo más probable es que se trabe, le dijo Diego. Él insistió que se la diera, para proteger a las chicas, le juró. ¿Qué le irá pasar a Diego cuando todo se sepa? ¿En el fondo le importa? Nunca le cayó del todo bien. Lo contrató por conveniencia, podría haber tomado a otro. Se lo recomendaron, sí, pero podía haber encontrado cien más que hubieran hecho su laburo y hasta mucho mejor que él.
Sobre la mesa de luz, su teléfono celular comienza a sonar. Corre a buscarlo. ¿Y si es Jaime? Lleva toda la semana llamándolo y mandándole mensajes sin obtener respuesta. “No me podés soltar la mano ahora”, le dijo. Pero Jaime ni se inmutó. No. No es Jaime. Es un mensaje de su ex. Hija de puta, dice y tira el celular sobre la cama. Hija de puta, me llama para refregármelo por la cara. Lo que más bronca le da es que ella se lo había dicho: “Ahora estás en la cresta de la ola, pero ya vas a ver. Te van a soltar la mano en el peor momento. Y cuando eso pase ni se te ocurra venir a verme, no voy a poner en juego mi carrera por un sorete como vos”. Estuvo a punto de decir algo, pero ella lo interrumpió. “Y no me vengas ahora con que piense en nuestras hijas, en lo que van a sufrir cuando toda tu mierda salga a la superficie. Si realmente hubieras pensado en ellas no te habrías juntado con esa gente y no se te habría ocurrido irte de putas por ahí con la plata de la fiscalía. Lo único que te pido es que cuando llegue el momento, te olvides de mí y también de tus hijas”.
Tenía razón. Siempre tiene razón la muy hija de puta. Bruja debe ser. O tal vez no, por ahí era demasiado evidente y él no se dio cuenta. Los de la embajada tampoco le responden el teléfono. No puede ir con Sandra, ni con Jaime, ni con los de la embajada. ¿A quién puede recurrir? ¿A sus colegas? ¿A algún juez? ¿A cuál? Ninguno lo traga. Desde que le dieron la fiscalía se los montó a todos en un huevo. Lo odian. Por envidia. Y el hijo de puta de Jaime que no le atiende el teléfono ¿Cuántos años llevaba haciendo todo lo que él le pedía? Presentando cada escrito, cada prueba y siguiendo cada pista que le dejaba. Cuando le dio la denuncia ¿acaso le dijo que no? Hasta mal escrita estaba. Trató de arreglarla, pero Jaime le ordenó que no lo hiciera. Pelotudo, le dijo, ¿te creés que alguien la va a leer? Vos presentala que pasa como por un tubo. Quedate tranquilo. Después te volvés a Europa y te conseguimos asilo. La embajada ya lo arregló todo. La yegua se cae en una o dos semanas y volvés convertido en héroe. Quién te dice que te consigo una diputación o un lugar en el senado ¿y después? Por ahí una carrera política. ¿Te imaginás como vice de Mauricio?
Hijo de puta. Como pudo ser tan boludo. Vice de Mauricio, mirá vos. Por ahí, si pudiera hablar con él. No lo conoce, pero sabe que tiene mucho poder, por ahí él podría darle una mano. Pero lo más cerca que pudo llegar fue a esas dos espantapájaros que le mandan mensajes cada cinco minutos. Encima son más feas que la mierda. Él, que siempre se rodeó de minitas de primera. Verdaderas muñecas. Lo mejor que le podía conseguir Leandro. Lomo de primera. Y ahora tener que depender de estos dos escrachos, si dan ganas de…
¿Cómo pudo ser tan pelotudo? ¿Cómo no se dio cuenta? Jaime le había dicho que la jueza ya estaba apalabrada, que iba a habilitar la feria para meter la denuncia y que la oposición iba a hacer explotar la bomba. Están todos en sintonía, le dijo. El gobierno de la yegua se va a caer como un castillo de naipes, le había dicho Jaime. Vos sabés que de eso sabemos bastante. Acordate de De la Rua y de Alfonsín. Y él le creyó. Tenía que haberse dado cuenta. Primero no solo no le habilitaron la feria, sino que de tribunales le hicieron saber que lo que había presentado era un mamarracho. Como si él no lo hubiera sabido. Y sobre el pucho aparece el turro de Noble a desmentir lo de las alertas rojas. A esta altura él ya sabía que se había comprado un buzón. Pero no se esperaba que Ronald le saltara al cuello. Aunque tenía que haberlo esperado. Todos estaban esperando que él trastabillara para cobrársela, por qué Ronald Noble iba a salir a defenderlo.
Pero ahora ya no hay nada que hacer, dice, mientras agarra la pistola, la envuelve en la franela y camina hasta el baño. Entra y cierra la puerta, como si quisiera guardar para la intimidad lo que está a punto de hacer. Se para frente al espejo. Así puede ver bien dónde apuntar. Mejor hacerlo rápido. Carga el arma y se la apoya en la sien. El frío del metal lo hace estremecer. No, así no puede hacerlo. Separa el cañón unos centímetros, pero el arma tiembla en su mano derecha. Tampoco. Se ayuda entonces con la izquierda. Ahora no le tiembla el pulso. Sonríe satisfecho. Recién entonces aprieta el gatillo, casi seguro de que la pistola, como le dijo Diego, se va a trabar.

Los que se fueron


Simplemente desaparecieron. Al principio, a pesar de la sorpresa y la confusión, me agradó el hecho de no verlos mezclados entre nosotros. Pensábamos que en cualquier momento iban a volver, pero no fue así. Meses más tarde, cuando el gobierno tomó la decisión de demoler sus barrios, supimos que sería definitivo. Hoy, cuando paseo con Matías por el Nuevo Parque del Retiro, no puedo dejar de recordar con alegría el momento en que vi, desde la televisión, las topadoras liberando toda esa zona para el uso de la gente.
En esa época Matías tenía, no sé, cuatro, casi cinco años. Me acuerdo que me preguntó qué pasaba, traté de explicarle de la mejor manera posible que se habían ido de la noche a la mañana, que habían desaparecido y que no sabíamos si iban a volver ¿Y María? Me preguntó él. María también, le dije. Al principio hizo puchero pero al final le puse una dibujito y se calmó. Entonces lo llamé a Andrés. Tenemos que buscar otra chica, le dije. Urgente. Imaginate que todos nuestros vecinos deben estar en la misma que nosotros. Él estaba muy ocupado. Parecía que iban a tener que despedir al 60 por ciento de la administración si no podían reconvertirlos para cubrir a toda la gente de planta operativa. Las obras estaban paradas y era probable que siguieran así durante un tiempo, hasta que los nuevos obreros estuvieran listos para trabajar.
Esperé la llegada del ómnibus mucho más de lo normal. Llamé al jardín para quejarme. Me dijeron que estaban demorados porque no tenían choferes. Entonces sonó la bocina del colectivo. Aliviada, llevé a Matías, oí sin escuchar las excusas que me dio el muchacho que conducía y fui directo a lo de Constanza. Su marido trabajaba en la Legislatura de la Ciudad y ella debía saber algo sobre lo que estaba pasando.
Pasá, me dijo, acompañame a la cocina que estoy tratando de hacer funcionar la cafetera. Marcos se fue sin desayunar, pero yo, si no tomo mi café por la mañana, no funciono... ¿La tuya tampoco apareció?, me preguntó. Le dije que, hasta donde yo sabía, ni la mía ni ninguna. ¿Marcos sabe algo? Le pregunté. Ni me hablés, me dijo. Lo llamé al despacho para preguntarle qué se sabía y el muy turro me hizo atender por uno de sus asesores. “El doctor está ocupado”, me dijo, y no se va a desocupar en todo el día. Lo hubiera mandado a la mierda, te juro. Entonces no sabés nada, dije. Nada, ni siquiera cómo funciona esta puta cafetera. ¿Vamos al patio de comidas del mall? Fuimos. 
Muchos negocios estaban cerrados. El patio de comidas había llevado la peor parte. Apenas si estaban abiertos un par de bares y el McDonalds. Odio el café de McDonalds, me dijo Constanza, pero si no hay más remedio… Nos sentamos en una de las pocas mesas más o menos limpias que encontramos. Se ve que mucha gente había elegido ese lugar para desayunar, pero no había quien limpiara. Era un asco. Nos llevamos los cafés y los tomamos en el parque. No sé, le dije, todo parece tan extraño. Vas a ver que tarde o temprano las cosas se van a encaminar y todo va a ser mucho mejor sin ellos. Cuánta razón tenía Constanza.
Volví a casa y prendí el televisor. Sin señal. Tampoco funcionaba bien Internet. Se cortaba a cada rato. Fui al teléfono, furiosa, y marqué el número de atención a usuarios. Me atendió una grabación diciendo que tenían problemas técnicos y que todas las cuadrillas estaban trabajando para resolverlos. Después la llamada se cortó. Casi tiro el teléfono, pero decidí que lo mejor era tomar un poco de aire, así que saqué el auto del garaje y me fui hasta el río. Los horribles puestitos de venta de choripanes estaban cerrados. Qué suerte, pensé, ahora lo único que falta es que los carguen en un camión y los saquen de la vista. Tampoco estaba esa gente horrible que solía ir a pescar al río. Qué ganas, imaginate, comerse lo que sacan de ahí, a quién se le puede ocurrir. Me quedé un buen rato, disfrutando. Volví a casa justo para cuando lo traían de vuelta a Matías del jardín. El muchacho que conducía el ómnibus era un sobrino de la directora del instituto. Muy amable, me pidió disculpas y me comentó que hasta que se solucionaran los problemas él iba a estar conduciendo el ómnibus escolar.
Como siempre, Matías me ametralló a preguntas. Hice lo posible por responderle, hasta que me di por vencida y lo dejé frente al televisor viendo un DVD de Disney.
Cuando volvió Andrés, me contó que nadie tenía idea de lo que había pasado. Simplemente habían desaparecido. No se sabía exactamente a qué hora, pero se suponía que había sido durante la noche. En la constructora estaban locos. Literalmente se habían quedado sin obreros. El directorio se reunió de urgencia y decidieron seleccionar a personal de administración para reconvertirlo y cubrir los puestos vacantes. No podían esperar a que los obreros volvieran tan milagrosamente como se habían ido. Es muy probable que durante un tiempo tenga que trabajar horas extras, me dijo, si quiero conservar mi puesto.
Por suerte, el tema de la muchacha lo resolvimos mucho antes de lo que pensábamos. Resulta que un vecino que se había mudado hacía unos meses al barrio, con todos los cambios que hubo, se quedó sin trabajo y estaba hasta el cuello de deudas. Constanza me dijo dónde vivía así que me fui para la casa y la encontré a la esposa. Me dijo que su marido había salido. Hacía lo posible porque no se notara lo que les estaba pasando. Le dije que podía confiar en mí, que no iba a contar nada. Al final se relajó. El chico era contador y en la empresa en la que trabajaba habían reducido drásticamente el personal hasta que todo se estabilizara. Como llevaba poco tiempo ni siquiera le tocó indemnización. Habían sacado un crédito para la casa así que estaban al borde de la quiebra. Le dije que algo iba a salir, que no se preocupara, que le iba a comentar a Andrés a ver si había algún trabajo en la empresa de él para su marido. Le dije que, igual, hasta que él consiguiera trabajo no le iba a venir mal a ella ganarse unos pesos. Me confesó que había trabajado de secretaria hacía tiempo, pero que lo dejó después de casarse y que ahora no había muchas vacantes para ese tipo de trabajo. Que la mayoría de los empleos que se ofrecían eran trabajos para gente sin estudios. Le dije que en momentos como este no se podía despreciar nada y que un trabajo es un trabajo, al fin y al cabo. No fue muy difícil convencerla de que le convenía venir a trabajar a casa a cuidarlo a Matías y de paso ayudarme con la limpieza.
Como dijo Constanza el primer día, al final las cosas se compusieron solas. Después de la ola de despidos que se produjo al principio, la mayoría de los que quedaron desocupados se reincorporaron al mercado laboral para cubrir los puestos que habían quedado vacantes. Unos meses después de tomarla en casa, Alejandra me contó que su marido seguía desocupado, así que decidimos con Andrés tomarlo como jardinero y también para hacer esos arreglitos que siempre hacen falta y de los que Andrés, ahora que lo ascendieron, no puede ocuparse. Además, como Alejandra y su marido, Diego se llama, ya no podían pagar el crédito de su casa, con Andrés se la compramos a un buen precio, aprovechando que los amenazaban con rematársela. Durante seis meses se la alquilamos a ellos, pero después se dieron cuenta de que ya no podían aspirar a vivir en una propiedad así con sus ingresos. Ahora la pusimos en venta. Tuvimos que arreglarla porque en los últimos tiempos la verdad es que ellos no se preocupaban demasiado por mantenerla en forma. Una pena. Yo le dije a Alejandra que, si no fueran ellos, les habría retenido el depósito para cubrir los gastos, pero bueno, una también se encariña con esta gente y es difícil ser justa como debiera.
Los ayudamos para conseguir una casita en Avellaneda. No es gran cosa, pero con la plata que les quedó pudieron pagar buena parte y por el resto la inmobiliaria les dio un préstamo.
Claro, los matan con el interés, pero bueno, es lógico, con el historial que tienen ningún banco les va a dar un préstamo. Además, no es mi culpa, bastante hicimos para ayudarlos. No sé, Andrés me dice que me preocupo demasiado por ellos, pero no puedo, es más fuerte que yo. Aunque cuando me pongo a pensarlo seriamente me doy cuenta de que él tiene razón. La verdad es que Alejandra ya no limpia como antes. Se la pasa en el jardín fumando o se queda media hora pasándole el trapo a la vitrina del living. A Diego tenés que decirle exactamente qué es lo que querés que haga porque si no se queda horas sentado sin tocar una planta o es capaz de ver que se quemó la luz de la entrada y si no le decís no cambia el foco. No sé. Yo hago todo lo que puedo, pero a veces es imposible razonar con ellos. No tienen iniciativa, son quedados. Al final pierdo más tiempo explicándoles cómo hacer las cosas que si las hiciera yo misma. Si no fuera porque no tienen otra cosa los echaría a los dos. La verdad es que a veces siento que estaríamos mucho mejor sin ellos.

domingo, 2 de octubre de 2016