domingo, 17 de junio de 2018

Balcones

Recién ahora le presto atención, aunque lleva bastante tiempo ahí parado. Al principio creí que estaba esperando el colectivo, pero ahora que lo observo con más detenimiento me doy cuenta que está ahí por otra razón. Es un hombre viejo, más o menos de ochenta años, pero sus ojos aún parecen conservar algo de juventud. Mira hacia la vereda de enfrente, aunque desde mi mesa no puedo saber qué mira exactamente. Su gesto cambia por momentos. Parece como si recordara. Sonríe apenas. Minutos atrás hubiese jurado que estaba llorando, pese a que su cara no expresa sentimiento alguno. Sólo sus ojos parecen decir algo.
Me paro y miro yo también, a través de la ventana del bar, hacia la vereda de enfrente. Trato de adivinar el objeto de su atención. Vuelvo la vista hacia el hombre y trazo una línea imaginaria desde sus ojos hasta el balcón de una casa antigua en la vereda de enfrente, casi llegando a la esquina. Repito la operación hasta estar seguro de haber encontrado el objeto de su mirada.
Observo con detenimiento el balcón, durante un buen rato, sin encontrar nada en él que pueda atrapar mi atención. Está abandonado, las paredes agrietadas, cubierto de yuyos. Estoy decepcionado. No sé realmente qué esperaba encontrar. Me vuelvo a sentar en mi lugar. El hombre sigue allí, de pie, inmóvil, con la vista perdida a unos pocos metros de la parada del colectivo.
Recuerda. Su cuerpo parece suspendido en el presente. Sus ojos se iluminan de pronto, acaso al recuperar la imagen grabada de ese día en que llegó al balcón y no la vio. Entonces creyó que tal vez había sido una distracción casual. La imaginó demasiado concentrada en sus tareas, olvidada de la cotidiana ceremonia de aguardarlo en el balcón, al regreso del trabajo. No quiso preocuparse. Abrió la puerta y subió las escaleras sin apuro. Le llamó la atención que la luz del pasillo estuviera apagada. Ella siempre la dejaba encendida. Si no, un día de estos nos vamos a partir el cuello, decía ella. Llegó al primer piso y fue directo al baño. La salida apurada de la oficina, el trayecto en tren y la caminata a casa, le habían despertado la urgencia. Desde el baño la llamó y no obtuvo respuesta. Tampoco dejó que eso lo preocupara. Ella siempre escuchaba la radio en la pieza mientras se arreglaba. Porque seguro estaba arreglándose para recibirlo. Odiaba tanto que él la encontrara mal peinada o vestida así nomás. En eso siempre había sido muy estricta.
Mientras se lavaba las manos recordó no haber visto en la cocina nada que le indicara que ella hubiera empezado a preparar la cena. Era extraño, pensó, que a esa hora no hubiese al menos dispuesto los utensilios sobre el mármol. Siempre lo hacía. ¿Y si estaba enferma?, se asustó por primera vez. No, al despedirse por la mañana la había visto más radiante y feliz que nunca. No podía estar enferma. Además, siempre que se descomponía lo llamaba enseguida al trabajo para que él supiera o, si la cosa era más seria, para que la acompañara a ver al doctor Fainstein. Si no había llamado, entonces seguro seguía en el dormitorio escuchando música o viendo uno de esos programas de chismes que él tanto detestaba. Pensó si no sería ésa la razón de que ella los viera, solía decirle que cuando se enojaba lo veía muy sexy. Sí, seguro que era el ruido del televisor (nunca mejor empleada esta palabra, agregó burlón) el que le impedía escuchar sus llamados. Esto lo tranquilizó.
Demoró todavía unos segundos para acomodar un poco el peinado con el que, cada vez con más trabajo, ocultaba su incipiente calvicie. Un día de estos me rapo, amenazó a ese cuarentón de profundas entradas que lo miraba preocupado desde el espejo. Casi al instante se arrepintió de ese pensamiento. No, a ella le gustaba el pelo largo, cómo se le iba a ocurrir raparse. Entonces repitió, ahora en voz bien alta: Mi amor ¿Dónde estás?
El silencio que recibió en respuesta lo golpeó como un puñetazo en el pecho. Súbitamente se quedó sin aire, como si hubiera corrido sin detenerse desde la oficina. Tuvo que abrir bien grande la boca para aspirar y recuperar la voz. No gritó. Salió del baño corriendo mientras repetía su nombre, cada vez más alto pero sin demostrar la desesperación que repentinamente lo había asaltado. Llegó al dormitorio. La puerta entornada le dejó ver, antes de abrirse por completo, el cuerpo de Marian. Estaba tendida sobre la cama, la cara hundida sobre la almohada. La llamó una y otra vez hasta llegar a su lado. Todavía le quedaba una mísera esperanza de que ella estuviese distraída o que todo fuera una broma. Hasta intentó creer que en realidad dormía y que al tocarla despertaría. La giró y la tomó en sus brazos y la besó con la inútil esperanza de que sus besos le devolvieran la vida.
Después… después lo de costumbre. Los arreglos burocráticos, los pésames de conocidos y compañeros del trabajo, las palmadas en la espalda, los abrazos de los amigos, los consejos, los “la vida continúa”, “ella no querría…”, y la promesa estéril de nunca más abrir la puerta de esa habitación, de jamás volver a mirar hacia ese balcón con la esperanza de verla.
Y la vida continuó, lenta como un aceite rancio que se derrama y que jamás acaba de hacerlo por completo. Cuando parece que es el final, surge una gota que se estira hasta llegar al suelo y con un latigazo vuelve a crear otra nueva allá arriba que continúa derramándose y así hasta que uno desea que todo acabe.
Finalmente, el peso de los recuerdos hace que las lágrimas escapen de los ojos del hombre. No me animo a mirarlo ahora, avergonzado. Vuelvo entonces la vista al interior del bar. El mozo cree adivinar una señal en mi mirada y viene hacia mí con la cuenta. Pago y salgo a la calle. El hombre ya no está parado en la vereda. Miro durante unos segundos hacia el balcón al que él miraba hasta hace apenas unos momentos. Las plantas ya marchitas y los yuyos que aprovechan la tierra acumulada en las grietas para aferrarse desesperados a la vida, parecen ahora cobrar una significación que hace unos minutos no supe ver.
Vuelvo a pensar en el hombre. Vuelvo a sentir su pena. Necesito verlo nuevamente. No sé por qué, pero necesito encontrarlo. Como si supiera que él tiene algo que decirme. Algo que me llevaría la vida entera comprender. Corro desesperado hacia la esquina y doblo por instinto hacía la derecha. Sigo unos metros y me detengo. No sé si mi carrera me acerca o me aleja irremediablemente del hombre. Camino en círculos durante horas. Vuelvo a pasar frente al bar y me detengo en el mismo punto en el que estaba el hombre, como si eso pudiera traerlo de vuelta. El mozo se acerca curioso, quizás cree que olvidé algo en el bar. Antes de que llegue a la vereda, me alejo hacia la esquina. Camino a cada paso con menos esperanza. Miro a los ojos a los que se cruzan en mi camino. Es lo único que puedo recordar del hombre. Creo que jamás podría reconocerlo de otro modo. La oscuridad se hace demasiado densa.
Frustrado, vuelvo a casa. Subo la escalera a oscuras. Llego al primer piso. Sobre el mueble del recibidor está la foto de ella. Sonríe. La miro y, una vez más, tiro el portarretratos al cesto de los papeles. No importa, seguramente el martes, cuando vuelva la mujer de la limpieza, lo va a poner otra vez sobre el mueble. Algún día, supongo, juntaré el coraje suficiente como para meterlo en una bolsa y dejarlo en la puerta de calle para que se lo lleve el basurero.
No tengo hambre pero debería comer, o al menos eso dice mi médico. En el freezer seguro voy a encontrar algo, lo caliento en el microondas y listo. La puerta del congelador se resiste, tiro con fuerza y de golpe me asalta la visión de su contenido. Está lleno de bolsitas prolijamente ordenadas. No necesito leer las etiquetas para saber qué dicen, “milanesas”, “pollo deshuesado”, “filet de merluza”... Cada una con la fecha de envasado escrita con su letra prolija. Cierro la pequeña puerta. Mejor pido algo. Empanadas, pizza, cualquier cosa. Busco el teléfono.
—Hola, sí…
—¿Qué tenés? …
—¿Empanadas? Bueno…
—Media docena…
—¿De qué tenés?…
—Sí, está bien…
—También…
—¿Número de cliente? No…
—Con 200 pesos… bueno, espero.
Del otro lado cortan. Me quedo unos segundos escuchando el silencio en la línea. Trato, sin lograrlo, de recordar los gustos que pedí. Cuelgo el teléfono y miro el número en el panel del contestador. Me indica que tengo siete mensajes. Aprieto el botón “delete” hasta que el aparato marca 0 otra vez. Podría desconectarlo. No, mejor así. Si no respondo quizás se cansen y dejen de llamarme para dar consejos o invitarme a almorzar, a cenar, o a tomar un café. Voy al living. En el sofá están las sábanas y la manta prolijamente dobladas. Las levanto y las huelo. Están limpias. La mujer de la limpieza las debe haber cambiado. Voy hasta el baño y recién en medio del pasillo me doy cuenta de mi error, al pasar frente a la puerta de la habitación cerrada con llave. La miro como si pudiera ver, a través de la madera lustrada, la cama todavía deshecha, el placard abierto con su ropa y el resto de la mía que ya no volveré a usar. Un poco más allá, las cortinas corridas, los ventanales cerrados y el balcón con las plantas que ya han empezado a marchitarse. Seguramente, pienso, con el tiempo serán reemplazadas por algunos yuyos, más resistentes, que aprovecharán la tierra acumulada en las grietas, para aferrarse desesperados a la vida.



lunes, 11 de junio de 2018

Feria artesanal


Myriam siempre tuvo una gran debilidad por las ferias artesanales. Yo, en cambio, jamás pude tolerarlas. No es que simplemente me desagradaran, las odiaba con verdadero apasionamiento. Llevábamos dos años en pareja y hasta ese momento yo siempre había encontrado alguna buena excusa y alguien —una amiga en común, o a veces alguna compañera de trabajo— en quien delegar la ingrata tarea de acompañarla en sus periódicas visitas. Sin embargo, cuando abrieron la feria del puerto me fue imposible encontrar quién me suplantara y no me quedó otro remedio que acompañarla.
—Pero... ¿qué es lo que te molesta? —preguntó Myriam.
—Mirá —dije—. A mí me gusta que me atienda alguien que conozca realmente el producto que vende.
—¿Y eso? ¿Me vas a decir que los artesanos no conocen lo que venden?
—Primero, no todos son artesanos, segundo, cuando el tipo que hace aritos se raja a mear le deja el puesto al vecino más cercano, que hoy puede ser el vendedor de pipas para fumar marihuana y mañana la mina que hace espejos repujados o muñecos de goma espuma — dije, y sin esperar su respuesta—. Ahora, cuando el que te atiende es el propio artesano, es peor. Si le preguntás cuánto sale la porquería que está vendiendo el tipo te mira con desprecio, maldiciendo que sus obras maestras vayan a parar al living comedor de burgueses despreciables como nosotros, que apenas tenemos el mérito de contar con los doscientos pesos que él dice que vale su porquería.
Myriam prefirió reírse pero aun así no pude hacerla cambiar de opinión.
Ahora me doy cuenta, sin embargo, que además de estas cuestiones, más bien inocentes, había otra cosa que me mantenía alejado de las ferias artesanales. Algo que entonces no alcanzaba a comprender y que, acaso por eso, me aterraba. No era algo obvio, algo que pudiera reconocerse a simple vista, como la suciedad o el desorden, sino una razón más perversa, mucho más oscura, que entonces no hubiera podido explicar.
Ni bien dejamos el auto en un descampado, regado de culos de botellas y latas oxidadas, y abonamos el estacionamiento por adelantado —como si previeran que uno podría no salir con vida de ese lugar— ensayé una última excusa para quedarme fuera, tomando un café en el bar que estaba en el bulevar frente a la entrada. Fue inútil, Myriam insistió y yo me resigné. Entramos primero a través de un largo pasillo repleto de quioscos de bisutería. Myriam, para mayor tortura, se detenía y examinaba en cada uno de ellos unos aros que me resultaban todos iguales. La visión de uno sólo era suficiente para saber que no iba a gustarme ninguno. Sin embargo, cada dos o tres minutos tenía que poner cara de estúpido y responder con un qué bonitos, estos me gustan más, aquellos son más formales.
La cosa continuó así más o menos a lo largo de doscientos metros de puestos. Después vendrían los pañuelos y las bufandas, los adornos para la casa, los espejos biselados, los duendes, los juguetes “ecológicos” (luego de intentar, sin éxito, que alguno de los vendedores me indicara qué tenían de ecológicos sus juguetes, me limité a desear que todo terminara de una vez). Más tarde seguirían los perfumes de imitación y los remedios naturistas. Myriam se detuvo frente a un tablón mugriento dividido en dos. De un lado había yuyos secos que para lo único que parecían servir era para una fogata, exhibidos en cajitas de madera con carteles que decían: “Para la garganta”, “Para el dolor de cabeza”, “Para la gota”...
—Siguiendo esta lógica, hubieran podido agregar otros cartelitos que dijeran “Para el HIV, “Para el cáncer de hueso”, total, no creo que estos yuyos de mierda sean menos eficaces para el SIDA que para el mal aliento —dije, suponiendo que a Myriam no le iba a resultar gracioso mi comentario.
No me respondió.
Por suerte no nos quedamos mucho tiempo en ese sector.
Lo que siguió fue lo que di en llamar “El patio de comidas”. A Myriam tampoco pareció gustarle esta humorada.
—Seguramente lo que venden acá es mucho más sano que lo que comés en McDonalds —dijo.
Estuve a punto de discutir su afirmación; primero, porque no debo haber ido a McDonalds más que una docena de veces en mi vida; segundo, porque los pasteles, las empanadas y los “sanduiches” (así decía el cartel) que teníamos delante no resistían la menos esmerada inspección bromatológica. Sin embargo, decidí que era mejor dejar el comentario sin respuesta.
Por suerte, Myriam, por más que no lo confesara, compartía mis reparos así que pudimos esquivar las ofertas de los mercaderes de comida, aun la del viejo mugriento que, cuchillo de carnicero en mano, me ofrecía amenazante un sospechoso pedazo de queso de campo.
Seguimos adelante. Myriam parecía cada vez más interesada en los objetos insignificantes que encontraba a cada paso. En determinado momento, aburrido, más bien francamente asqueado por el lugar, le pedí que abreviáramos nuestro recorrido. Ella pareció no escucharme.
—Estoy cansado —le dije—, me voy a tomar un café al boliche que está frente a la entrada.
—Andá, yo salgo en un ratito —dijo, finalmente vencida por una resistencia tenaz que yo llevaba varios minutos ejerciendo como al descuido.
Sabía que el “ratito” de Myriam podía extenderse más allá de una hora, pero no me importó. Había visto un puesto de diarios justo a la entrada de la feria. Podría fumarme un cigarrillo, tomar un café y tal vez leer el diario, mientras ella seguía recorriendo puestos.
Volví sobre mis pasos creyendo que eso bastaría para salir del lugar sano y salvo. Quince minutos más tarde me di cuenta que no iba a ser tan fácil. Terminé dos veces en el “patio de comidas”. La última, me resultó imposible no aceptar el pedazo de queso que me ofrecía el viejo del cuchillo de carnicero. Bajo su atenta supervisión, no me quedó más remedio que llevarme el queso a la boca y seguir mi camino en busca de la salida. Un instante antes de morderlo, me pareció sentir un lejano olor a azufre. El gusto era diez veces peor. Sabía directamente a amoníaco. Lo escupí. Pensé en volver para reclamarle al viejo por haberme dado esa bazofia, pero desistí de la idea al notar que el viejo me había visto escupir su mercadería. Además, la forma en que agitaba el cuchillo de carnicero terminó de convencerme de que debía continuar mi camino en silencio.
A pesar de las vueltas que habíamos dado con Myriam, estaba seguro que el bulevar debía estar a mi derecha. Estos sitios suelen tener varias salidas, algunas “oficiales” y otras simples huecos entre los puestos. En cuanto encontrara cualquiera, estaría libre, me engañé. Giré hacia la derecha y me encontré con un larguísimo pasillo que terminaba al frente de un puesto inidentificable. Giré hacia el lado opuesto y encontré otro pasillo similar. El bulevar no parecía estar hacia ninguno de los lados. No iba a volver a atrás, allí estaba el viejo del cuchillo. Decidí que lo mejor sería seguir adelante.
Caminaba cada vez más rápido, ansioso por salir a la calle, y a cada rato me daba vuelta para asegurarme de que el viejo del queso no me estuviera siguiendo. Traté de calmarme, no podía estar pasando por esto, me dije. Los puestos se repetían hasta el infinito sin que en ninguna esquina pudiera vislumbrar hacia dónde quedaba la salida. Volví a toparme con los mismos vendedores que venía viendo desde hacía horas, hasta que terminé, nuevamente, en los puestos de comida. No podía ser, esta vez estaba seguro de haber caminado en línea recta durante diez o quince minutos alejándome de ese lugar. Sin embargo, otra vez estaba a la espalda del viejo mugroso del queso de campo. Me paré en seco. Lentamente, sin girar comencé a retroceder, tomando distancia de él. Cuando decidí que estaba suficientemente lejos como para girar y correr, sentí un golpe y caí al piso. Me puse de pie en medio de un tumulto de compradores que parecían pugnar por aplastarme. Pese a quedar de espalda al viejo, tenía la sensación de que me había visto. De hecho, cuando giré para saber si había sido así, vi que el viejo caminaba hacia mí en busca de venganza. Intenté no demostrar miedo (sé que en estos casos es lo único que puede salvarlo a uno) y comencé a caminar a paso ligero sin darme vuelta para mirar a mi perseguidor.
Preocupado por escapar del viejo me interné en un sector por el que jamás había pasado. Los puestos y la gente que cruzaba me parecieron más extraños. Intenté mirar hacia el frente, unos centímetros por encima de las cabezas que me rondaban. A los lados, ominosos, se sucedían puestos que vendían productos imposibles de identificar. Caminaba cada vez más rápido. Un extraño murmullo parecía seguirme. Sin que yo hiciera ni dijera nada, había gente que a mi paso se daba vuelta y me miraba con desaprobación o directamente con un odio contenido que me hacía temblar de pies a cabeza. Otros, en cambio, fingían ignorarme por completo. Por alguna razón, estos últimos me resultaban aún más aterradores que los primeros. Giré a izquierda y a derecha varias veces en la creencia de que estos cambios de rumbo terminarían por desanimar a mis perseguidores. Minutos más tarde miré hacia atrás y comprobé que había fracasado. Por más que disimularan, podía verlos, allí, mezclados entre compradores y artesanos… No debían ser más de veinte, entre quienes creí distinguir no sólo al viejo de los quesos, sino a otros tantos, no menos abominables, con los que me había topado en el transcurso de mi huida.
Apuré el paso y, al llegar a un recodo, giré a mi izquierda y corrí tan rápido como pude hasta la siguiente encrucijada. Volví a doblar, ahora a la derecha. Seguí corriendo un corto trecho y doblé a la derecha otra vez. No me detuve y seguí corriendo y girando a uno y otro lado, siempre huyendo del murmullo que delataba a mis seguidores.
No podría seguir mucho más. Mis perseguidores aún no se habían acercado lo suficiente como para lanzárseme encima, pero podrían hacerlo en cualquier momento. Podía adivinar sus caras, sus gestos, su odio. Intentaba no pensar en qué harían conmigo en el caso de que me alcanzaran si me alcanzaban. Doblé una esquina y casi volteo un tablón repleto de libros usados que se hallaba en medio del pasillo. Frente al tablón estaba el puesto. Nadie parecía atenderlo. No sé cómo supe que podía funcionar. Ni siquiera sé a ciencia cierta si en ese momento estaba convencido de que sirviera de algo hacerlo. Simplemente salté por encima del tablón y caí del otro lado junto con algunos libros. Esperé en silencio. Después de un buen rato, un tipo se asomó por encima del tablón y me preguntó:
—¿Tenés algo de Cortázar?
Permanecí en silencio y esperé a que el tipo se fuera. Pero el hombre no se movió, siguió ahí esperando mi respuesta. Incluso parecía divertido.
—Buscá por allá —le dije señalando hacia cualquier lado, sin siquiera ponerme de pie, mientras se me hacía escuchar a la turba pasar corriendo por el pasillo, sedienta de una sangre que, al menos esta vez, no podría probar.
Al final el tipo se fue sin comprar nada y yo me quedé escondido en el puesto hasta que se hizo de noche. Entonces salí al pasillo. No quedaban ya compradores y todos los puestos tenían sus toldos plegados. Tomé el tablón con los libros y lo coloqué dentro del puesto. Plegué el toldo y me quedé despierto dentro del quiosco toda la noche.
No puedo asegurar cuántas veces he plegado este toldo y me he quedado insomne en la oscuridad acompañado por mis libros. Todavía me ilusiono con encontrar alguna salida de esta feria, así que probablemente no haya transcurrido el tiempo suficiente para resignarme a mi destino. Cada mediodía coloco sobre los libros un cartelito que dice “Fui a almorzar” y recorro el laberinto de pasillos, en busca de la salida. Intenté miles de veces dibujar un mapa del lugar, pero de nada sirve porque los puestos nunca están en el mismo lugar. Vaya por donde vaya, camine el tiempo que camine, cuando siento que mis fuerzas comienzan a abandonarme, me encuentro siempre con este puesto de libros. Entonces, paso por debajo del tablón, guardo el cartelito de “Fui a almorzar”, y me siento a esperar al próximo cliente.

martes, 14 de noviembre de 2017

La herencia de tía Nelly


Mientras esperaba que su marido firmara los papeles del divorcio en la otra sala, Florentina volvió a llamar a la concesionaria.
–No se preocupe señora, la esperamos. Quédese tranquila.
Cortó. No sabía por qué, pero no le inspiraba confianza el vendedor. Tampoco confiaba en su ex marido, por eso había decidido esperar a que le firmara el divorcio para cerrar la compra del Audi A5 color plata que había visto en la concesionaria tiempo atrás.
–Ya está, firmó –dijo su abogada mientras entraba al despacho–. Dice que quiere hablar con vos.
–Entretenémelo, por favor. Me tengo que ir ya para la concesionaria y si me agarra ahora no me larga más.
Su abogada la acompañó hasta el ascensor y volvió a entrar a la sala, donde seguramente inventaría una excusa para cubrir la escapada de Florentina.
Quince minutos más tarde Florentina entraba a la concesionaria con la cartera apretada bajo el brazo. Pagó al contado, lo que probablemente ayudó a convencer al vendedor de que debía entregar el vehículo y después, con tiempo, poner en regla los papeles.
Para el fin de semana siguiente, Florentina ya había ido tres veces al taller a consultar por algún que otro ruidito aquí o allá o por un botón cuyo funcionamiento no estaba bien especificado en el manual. La última consulta fue un domingo.
–No se preocupe señora. Nuestros clientes son importantes las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta días del año –dijo el empleado que la atendió, aunque su cara parecía no estar muy de acuerdo con sus palabras.
Florentina aprovechó para volver a reclamar por los papeles que seguían esperando la firma y el sello de algún oscuro funcionario aduanero. En la semana, sin falta, estarían.
Al salir pensó que quizás fuera una buena idea visitar a la tía Nelly ese domingo. La concesionaria quedaba a pocas cuadras del jardín maternal y la vieja nunca se movía del segundo piso de la casona en la que Florentina había instalado el Green Spring Garden. Le había ofrecido muchísimas veces comprarle la casona para, de paso, ampliar su negocio, pero la tía siempre se negó. Florentina no entendía tanta terquedad. Hasta llegó a ofrecerle su propia casa en Yerba Buena a cambio, pero no hubo caso. La tía se había recluido en el segundo piso desde la muerte de su esposo y seguiría allí, por lo visto, hasta que le tocara el turno a ella.
Por eso había sido tan sorprendente que le hubiera ofrecido alquilarle la planta baja y el primer piso para poner su propio jardín, cuando Florentina se recibió de maestra jardinera. Así había nacido el Green Spring Garden. Florencia lo fundó junto a un par de compañeras a las que con el tiempo les compró su parte para quedarse con todo. Con todo no, porque la casona seguía perteneciendo a la tía Nelly y eso, aunque le costara reconocerlo, la molestaba bastante. Ya estaba cansada de que en la familia se hablara de “el jardín de la tía”. La casa es de la tía, pero el Green Spring es mío, corregía ella. Por eso, quizás, estaba tan impaciente por mostrarle el auto que acababa de comprar. No faltaría ocasión, pensó, para refregárselo por la cara también al resto de la familia.
A pocas cuadras del Green Spring se detuvo en un semáforo. No había casi nadie en la calle, sólo una vieja que caminaba con lentitud por la vereda de enfrente, acompañada por un chiquito de unos cinco o seis años cargado con bolsas de supermercado. El semáforo seguía en rojo. Volvió a mirar a la mujer. Era la tía Nelly.
Florentina bajó la ventanilla y gritó:
–¿Tía?
La mujer en la vereda de enfrente ni se inmutó.
–Tía Nelly –gritó más fuerte. ¿Qué hace con ese changuito mugriento? Pensó.
La mujer apuró el paso, alejándose. Florentina bajó del auto, cerró la puerta y conectó la alarma.
Cruzó la calle sin mirar y se acercó a la mujer.
–Hola, tía –dijo y miró con desagrado al chiquilín que la acompañaba.
–Ah, Flor, no te había reconocido.
–¿Y éste?
–Es Luquitas. Se ofreció a ayudarme con las bolsas, ¿no es un amor?
Florentina pensó en una larga lista de calificativos para el changuito desarrapado que acompañaba a su tía, pero prefirió no pronunciarlos. En lugar de eso buscó un billete de cinco pesos, se lo dio al chico y le sacó las bolsas de la mano.
–Andá, andá...
Nelly parecía decepcionada. Intentó decir algo, pero Florentina la cortó.
–Vamos tía, la llevo yo y de paso le muestro el autito que compré.
Nelly aceptó, sumisa, la invitación de su sobrina.
Florentina cruzó la calle con las bolsas y cuando estuvo junto al auto accionó el control remoto para abrir el baúl del Audi. Se dio la vuelta. Nelly apenas si había llegado a la mitad de la calle. ¿Cómo puede ser tan lenta? Pensó.
–Mire tía, ¿vio que no hace falta la llave para abrir el baúl?
Nelly no respondió.
–Suba al auto, está abierto –dijo Florentina después de colocar las bolsas dentro del baúl.
Nelly se sentó en el asiento del acompañante. Florentina encendió el motor y tocó algunos controles de la computadora, sólo para impresionar a su tía.
–¿Vio? –dijo y señaló el GPS que acababa de encenderse.
Nelly no respondió, parecía más preocupada por no ahorcarse con el cinturón de seguridad que por las maravillas tecnológicas del auto de su sobrina nieta.
Florentina se sentía frustrada. Nelly parecía incómoda. Cuando llegaron frente al Green Spring, Florentina volvió a apretar el botón que abría el baúl y miró a Nelly ilusionada. Nelly le respondió la mirada con interrogación, como si ignorara por completo qué era lo que se esperaba de ella
Florentina bajó del auto. Se imaginó que su tía iba a estar horas para liberarse del cinturón de seguridad, pero la mujer la sorprendió y, con una agilidad que no le conocía, llegó a la puerta lateral de la casona, la que daba al pasillo que terminaba en el ascensor y la escalera de servicio que llevaban directo al segundo piso.
Florentina tomó las bolsas, cerró el baúl y la siguió.
–Bueno, tía. ¿Todo bien con el Green Spring? ¿No te dan problemas las chicas?
– ¿Con el qué? Ah, ¿el jardín? No, para nada. Son un amor las chicas.
Sí, las chicas son un amor, pensó Florentina, pero seguro que de mí opinás muy distinto ¿no?
–Gracias –volvió a decir Nelly, parada frente a la puerta aún abierta del ascensor, mientras intentaba arrancar de las manos de Florentina la última bolsa del súper –. Fijate de cerrar bien la puerta de calle, por favor.
Lo último que quería Florentina era subir a ese ático húmedo donde vivía su tía. Sin embargo, le fastidiaba que la vieja no la invitara a hacerlo. Se dejó arrancar la bolsa y al pasar, dijo:
–¿Leche chocolatada, tía? A su edad no debería tomar leche chocolatada.
–No es para mí.
–¿No? ¿Y para quién entonces? ¿Tiene algún pretendiente viviendo en su departamento?
Sorpresivamente, Nelly pareció nerviosa. Florentina dijo:
–Al fin y al cabo, tía, está en su derecho. Cuarenta años de luto ya fueron bastantes, ¿no?
–Cuarenta y seis –dijo la mujer mientras luchaba por cerrar la puerta del ascensor. Florentina había encontrado un punto débil y no lo iba a dejar pasar tan fácilmente.
–Tengo unos champancitos que me regalaron. Si quiere, tía, le puedo traer un par.
–No seas boba. Es para el hijo de una vecina. Va a venir a buscarla por la tarde –dijo Nelly.
–Pero tía, ¿qué le dije de hacerle mandados a los vecinos? Le voy a decir a las chicas que cuando hagan las compras para el Green Spring le pidan a usted la lista de lo que necesita. Además, ellas compran en el súper de acá a la vuelta que tiene mejor mercadería que el supermercado de enfrente de la villa. ¿Cómo se le ocurre ir a comprar hasta allá?
Nelly no respondió, pero su gesto de ira fue inconfundible. Florentina jamás la había visto así. Sin embargo, esta imagen duró menos que un instante porque la anciana dulcificó su gesto y dijo:
–Gracias Florcita, pero a mí me gusta elegir las cosas. Gracias igual mi amor, fijate bien que cierre la puerta de calle que no está andando muy bien. Tengo que llamar al cerrajero.
Dicho esto, y sin que Florentina se recuperara del sorpresivo cambio de humor de su tía, la mujer logró cerrar la puerta del viejo ascensor en su cara y desaparecer rumbo al segundo piso de la casona.
–Me quedo hasta estar segura de que llegó bien, tía –gritó Florentina y sin demorarse recorrió el pasillo y salió a la calle. En la vereda jugó con la idea de dejar abierta la puerta. No había nadie en la vereda, ¿quién podía estar viéndola? Después bastaba que algún ratero viera la puerta abierta, se metiera y... Cerró la puerta con sus llaves y volvió al auto.
De nuevo tras el volante encendió el motor y se quedó unos segundos eligiendo la música que iba a escuchar de regreso a su casa. Ya en el camino volvió a pensar en su tía. Ya estaba grande, quizás sería bueno hacerla ver por un psiquiatra ¿Para qué compraba leche chocolatada? Ahora que recordaba el episodio se daba cuenta de que también había entrevisto unos postrecitos de chocolate y algunas golosinas en las compras de la vieja. ¿Estaba comprando para alguna vecina o estaba regalándole a una vecina? No. Su tía no era esa clase de persona, jamás le había visto un solo gesto de generosidad hacia nadie ¿Y si simplemente se había vuelto loca y compraba leche chocolatada y postrecitos para el hijo que nunca tuvo? La vieja jamás había sido muy amable con los niños. Recordaba que de chica hacía todo lo posible por evitar las visitas a la casona de la calle Junín. Es más, cuando su madre le comentó que la tía Nelly le había ofrecido su casa para poner allí el jardín lo tomó como una broma:
–Mamá, la vieja ésa siempre odió a los chicos, ¿te acordás que cada vez que le pedías que me cuidara te inventaba alguna excusa? Esa mujer no tuvo hijos porque no quiso y, en cierta medida, tenemos que agradecerle a Dios que así haya sido. No se me ocurre que ahora de vieja haya cambiado.
Su madre le reconoció que a ella también la había sorprendido la propuesta de la tía. En la familia era conocida la aversión que Nelly sentía por los niños. ¿A quién se le hubiera ocurrido que ella iba a querer vivir rodeada de changuitos? Sin embargo, su madre insistió con la propuesta y Florentina, finalmente, aceptó. Gracias a esa decisión había amasado una pequeña fortuna con la que podía comprarle a su tía la casa del Green Spring y varias más como esa. Si no insistía en comprar la casona era porque sabía que, tarde o temprano, la iba a heredar. Y si ahora resulta ser que la vieja se volvió loca, mejor, pensó, le meto un juicio por incapacidad, la encierro en un asilo, y me quedo con la casa.
No hizo falta.
El sábado siguiente recibió una llamada de la comisaría de la zona. Habían encontrado a Nelly muerta de un infarto en la calle. Volvía del supermercado. Un chico de unos seis años, vecino de la zona, había dado el aviso. Por lo que le dijeron a Florentina, Nelly le había pedido al chico que la ayudara con las bolsas y a las dos cuadras cayó fulminada. El chico sólo había atinado a buscar al policía que tenía su puesto en la esquina del supermercado. Cuando llegó la ambulancia, Nelly ya estaba muerta. Florentina pensó en llamar a su madre, pero luego prefirió ir sola a la morgue. Por suerte no fue necesario ver el cadáver y la dejaron reconocerla a través de una foto en la pantalla de una computadora.
–Es ella –dijo. Al final, pensó, no era tan truculento el tema –. ¿Hace falta que la vea?
–Si usted quiere…
–No, digo si hace falta.
–No, no es necesario.
–Entonces no, gracias.
Firmó los papeles que le pidieron y recogió la cartera de cuero que siempre llevaba Nelly. Ya en el auto sacó de la cartera un manojo de llaves y la billetera de la tía. El resto eran papeles y cosas sin valor. Tiró la cartera en un depósito de basura que estaba a pocos metros de donde había estacionado el auto.
Pensó que tenía que ir a limpiar la habitación de su tía cuanto antes. La vieja no estaba bien últimamente, quién sabe cuántas porquerías podía tener ahí guardadas. Por las dudas iría primero ella a retirar las cosas de valor. La tía no confiaba mucho en los bancos así que seguro que tenía sus joyas escondidas en su habitación. También era probable que hubiera algo de efectivo en el altillo porque en la cartera solo había unos pocos pesos. Sí, primero iba a ir sola, por las dudas. Después debería buscar a alguien para desocuparlo. Quizás podría utilizarlo para ampliar el jardín, pensó. O podrían limpiarlo y dejarlo para que se quedaran las maestras cuando hubiera problemas de transporte. Estaba cansada de contratar reemplazos cuando alguna no podía viajar. Miró la hora. Ya eran las cinco de la tarde. No tenía ganas de pasar por el departamento de la vieja. Mejor mañana. Total, es fin de semana largo. Paso, me llevo lo que es de valor y el martes mando a alguien para que saque la basura y limpie todo. Sí. Mejor así.
–Tenemos que organizar el velorio –dijo su madre cuando le contó la noticia.
–No, mamá, no jodás ¿de qué velorio me hablás? Si la tía ya no tenía amigas. A la familia se le avisa y el que quiere que vaya directamente al cementerio.
–¿Y los papeles de la tía?
–Habrá que hablar con el doctor González Rao, él era el que manejaba los asuntos de la tía.
–¿No es mejor que vayamos nosotras a revisar el departamento antes de vaciarlo? Mirá que la tía tenía joyas. ¿Tenés las llaves? Si querés te acompaño a limpiar.
–Dale. Yo voy a ir el lunes.
–¿El lunes recién? ¿Por qué no mañana domingo?
–No, mamá, total el lunes es feriado y además yo mañana tengo un compromiso. Te paso a buscar temprano por tu casa. Ah, ya hablé con la empresa fúnebre. Ellos se encargan de todo. El entierro se va a hacer el martes, por el fin de semana largo, viste. Si querés andá avisando a la familia –dijo y cortó.
La mañana siguiente, bien temprano, llegó al Green Spring y guardó el Audi en el estacionamiento. Ya en el cuarto piso utilizó el llavero de su tía para entrar a la habitación. La puerta tenía dos cerraduras de doble paleta. Al entrar notó que, a la puerta, además, se le había agregado un enorme pasador del lado de adentro. Vieja paranoica, pensó. Encendió las luces y fue hasta la ventana aguantando la respiración. La habitación estaba inundada por un olor dulzón, desagradable. No era el olor que esperaba, a humedad, a polvo acumulado, a viejo. Se parecía al olor que había sentido en la morgue. Llegó a la ventana principal y la abrió de par en par para dejar entrar algo de aire. La sorprendieron las gruesas rejas que había en la ventana. ¿A qué le tenía miedo su tía? ¿Quién iba a meterse por esa ventana, a semejante altura? Esperó unos segundos antes de girar nuevamente. Ahora sí el aire se había hecho más respirable. Recorrió con la vista la habitación. Era un solo ambiente. En un extremo había una pequeña cocina. Estaba limpia. Algo llamó su atención. Por fuera el altillo se veía mucho más grande. Alguien había levantado una pared para dividirlo y colocado una puerta blindada sobre esa pared. ¿Se había hecho una bóveda la vieja? ¿Cuándo? No en los últimos quince años porque ella se hubiera enterado. Intentó imaginar qué podía guardar allí su tía. Sintió un cosquilleo en el estómago. Sonrió con la esperanza de que lo que hubiera tras la puerta blindada justificara el pasador de la otra puerta y las rejas de la ventana.
Entre todas las llaves no encontró ninguna ni siquiera parecida a la cerradura que aseguraba la puerta blindada. Decidió realizar una metódica búsqueda que terminó tan rápido como empezó porque la llave de la bóveda estaba en el primer lugar que eligió para buscar: la mesita de luz.
Fue hasta la puerta blindada y la abrió. La bóveda estaba a oscuras, pero al abrir la puerta un reflector adosado al marco se encendió automáticamente e iluminó el lugar.
Florentina mantuvo abierta la puerta apenas unos segundos, la cerró de un golpe y corrió hacia la cocina. Vomitó antes de llegar a la pileta. Abrió la canilla y dejó correr el agua largo rato. Se lavó la cara varias veces hasta que tuvo el coraje para volver a la bóveda. Lo hizo con un pañuelo empapado en perfume tapando su nariz.
Entró temblando a la bóveda y recorrió el cuadrado de alrededor de cuatro metros de lado de cuyo techo colgaban varios ganchos de carnicería. Le extrañó que no hubiera moscas en el ambiente, pero pensó que, con la ventana abierta, no tardarían mucho tiempo en aparecer. Fue hasta la ventana y la cerró. Miró las rejas que ahora entendía para qué habían sido colocadas. Volvió a la bóveda y fue hasta uno de los extremos en los que había un trípode con una vieja cámara Polaroid y un escritorio metálico. Sobre el escritorio encontró un álbum de fotos. Lo abrió, miró las primeras fotos y lo cerró de un golpe. Corrió hasta la cocina. Esta vez alcanzó a llegar a la pileta. Vomitó un largo rato, se lavó la cara y se enjuago varias veces la boca.
Volvió a buscar el álbum de fotos. Lo sacó de la bóveda y lo miró sentada en la cama de tía Nelly. Fuera de la bóveda le pareció menos horroroso. Sin embargo, cada hoja que pasaba le provocaba un estremecimiento. No pudo dejar de pasar las hojas hasta llegar al final. Estaban ordenadas por fecha. En total contó doce chicos distintos. Al principio era fácil distinguirlos, pero a medida que avanzaban las fotos todos se parecían entre sí. Al final del “proceso” (si podía aplicarse ese título a lo que su tía hacía con las pobres criaturas) lo que quedaba se parecía mucho a lo que en ese momento colgaba de los ganchos de la bóveda.
Asombrada por cómo se había sobrepuesto tan rápidamente a la primera impresión de asco que le había producido la visión del álbum de fotos, volvió a la bóveda y abrió los cajones del escritorio. En ellos había más álbumes. El más antiguo estaba fechado en el año 1969. En ese, la mayoría de las víctimas eran mujeres. En los álbumes más nuevos sólo había niños pequeños. ¿Cómo podía haber existido este lugar a pocos metros del Green Spring sin que nadie sospechara nada? Se horrorizó al imaginar que su tía le había ofrecido instalar el jardín allí para proveerse de carne fresca. No, pensó, los chicos de las fotos eran todos changuitos como el que había visto con su tía hacía algunos días. Más bien el Green Spring le habría parecido a su tía una buena pantalla para mantener su “hobby” lejos de las miradas molestas. ¿Y ahora qué iba a hacer? No supo qué responderse. Salió de la bóveda y marcó el número de Carlos, su ex esposo.
–¿Florentina?
Cortó.
No podía hablar con él. ¿Cómo se le había ocurrido llamarlo? El teléfono empezó a sonar. Carlos le estaba devolviendo la llamada. Apagó el celular.
Se quedó un rato sentada en la cama de su tía. Tenía que llamar a la policía. Volvió a encender el teléfono y marcó el 911. Una vez más, apagó el celular sin completar la llamada. Pensó en lo que iba a pasar. Si llamaba a la policía, adiós Green Spring Garden. Por más que lo abriera en otro barrio, en otra ciudad, en otra provincia, la historia la perseguiría donde fuere. El Green Spring estaría siempre asociado al secreto que guardaba la bóveda y que ella acababa de descubrir. Además, cuando todo se supiera, seguramente también iba a tener que despedirse de la herencia de tía Nelly. No sabía mucho de leyes, pero en una situación así, lo lógico sería que todos sus bienes quedaran bloqueados por la justicia. El Green Spring clausurado y su herencia bloqueada. Si llamaba a la policía lo iba a perder todo.
Cerró la bóveda con llave y salió de la habitación. Cerró también la puerta del altillo con las dos llaves y fue hasta el auto. En el baúl tenía un bidón de cloro que había comprado para la piscina de su casa. Entró a la sala que usaban las maestras del jardín y sacó un delantal. En el baño encontró un par de guantes de hule. Volvió al garaje, se desvistió y se colocó el delantal y los guantes. No pudo evitar una súbita excitación al sentir la tela burda del delantal sobre sus pezones. Subió al altillo.
El olor a cloro la mareaba, pero eso no la detuvo. Abrió la ventana enrejada y continuó hasta dejar la bóveda completamente reluciente. Llenó una bolsa de consorcio con lo que sacó. Por las dudas, utilizó dos más para cubrirla. No podía arriesgarse a que la bolsa se rasgara y revelara su contenido. Las herramientas y los cuchillos que encontró en la bóveda entraron en una caja de resmas. No se molestó en limpiarlos. La caja pesaba demasiado y tuvo que encintarla para que no se desfondara. La dejó en el ascensor junto con la bolsa.
Cerró la bóveda y guardo la llave en el bolsillo del delantal. Fue hasta la heladera. Todavía le quedaba una bolsa de consorcio. La llenó con todo lo que había sin detenerse a mirar lo que tiraba dentro. Cuando terminó, desenchufó la heladera, la lavó con cloro y la dejó abierta. La alacena estaba llena de golosinas. Las metió en la bolsa y las llevó también al ascensor. Cerró la habitación y fue hasta el garaje. Colocó las bolsas y la caja de resmas en el piso del garaje, junto al Audi. Fue al vestuario de las maestras, se duchó y se vistió. Volvió al garaje y se quedó unos segundos frente al portón, pensando.
Volvió a subir al altillo, abrió la bóveda y sacó todos los álbumes de fotos. Cerró otra vez, bajó al garaje, metió los álbumes y las bolsas en el baúl. Al levantar la caja, se desfondó por el peso y un enorme cuchillo cayó al piso. Metió como pudo la caja en el baúl y lo cerró, levantó el cuchillo y lo guardó en la guantera. Sacó el auto a la calle y cerró el portón. Ya era mediodía. En la calle ahora había algo más de movimiento. Puso en marcha el auto y comenzó a andar con lentitud. No podía tirar todo en el basural de la villa miseria que estaba frente al supermercado donde compraba Nelly. Era más seguro buscar un lugar alejado, pensó. Manejó durante quince minutos hasta llegar a La Banda. Tenía que moverse con rapidez, un auto como el suyo iba a llamar la atención en esa zona. Buscó un lugar alejado, desierto, detuvo el auto, abrió el baúl y bajó casi corriendo, tomó las bolsas y las arrojó junto a una pila de bolsas casi idénticas. Dudó unos segundos con la vista clavada en la caja de resmas y en los álbumes, pero un ruido a sus espaldas la arrancó de sus pensamientos. Dos chicos jugueteaban entre la basura a unos cincuenta metros. Cerró el baúl y volvió corriendo al auto. Sin mirar atrás puso primera y salió dejando una nube de polvo. Decidió volver por la ruta, le pareció que no debía cruzar otra vez el barrio con el Audi. De vuelta en la ciudad se sintió más relajada. Trató de imaginar a su tía, dulce viejita. ¿Cómo pudo? Quizás no supo nada hasta la después de la muerte de su marido. Recién entonces, imaginó, la tía había encontrado la bóveda y las fotos y, en lugar de destruir todo, decidió continuar con la tarea de su difunto esposo, aunque ella por lo visto prefería a los niños pequeños. Y ahora ella, Florentina, en un momento de su vida en el que parecía que había perdido el norte, que nada le causaba placer… Un escalofrío le recorrió la espalda, quizás por eso se distrajo y pasó de largo el semáforo en rojo.
El bocinazo del colectivo la devolvió a la realidad. Maniobró con una habilidad que no se conocía y aceleró justo para esquivar el impacto. Con las pulsaciones aceleradas, se sintió realmente viva por primera vez en mucho tiempo. Aceleró aún más. El policía estaba a mitad de cuadra. Le hizo señas para que se detuviera. Florentina clavó los frenos.
–¿No vio el semáforo, señora? ¿Se da cuenta de que estuvo a punto de matarse, o de matar a alguien?
–Mil disculpas, agente. Acaba de fallecer mi tía, estaba distraída…
–Cédula verde, carné de conductor, seguro…
Le entregó al policía su carné y los papeles que le habían dado en la concesionaria.
El policía miró unos segundos los papeles.
–Señora, estos papeles no la habilitan para circular.
Ella quiso explicarle que en la concesionaria estaban preparando la documentación definitiva, que el lunes estaría, que ella había insistido en retirar el auto y que por eso le habían dado esos papeles pero que todo estaba en regla, que solo faltaba la firma y el sello de algún oscuro funcionario aduanero... Todo eso podría haberle dicho. Sin embargo, le fue imposible emitir sonido alguno.
Con una amabilidad un tanto exagerada, el policía dijo:
–¿Podría abrir el baúl, señora?
Como movida por una voluntad que le era ajena, la mano de Florentina fue hasta el botón que abría el baúl y lo oprimió.
–Acompáñeme –dijo el policía y comenzó a caminar hacia la parte trasera del Audi.
Antes de bajar, Florentina abrió la guantera y sacó el cuchillo.

jueves, 9 de noviembre de 2017

El fiscal





El que sigue es un relato de ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia



Está sentado en su cama. A su lado, envuelta en una franela, la pistola que le prestó Diego. Parece vieja y tiene un poco de óxido. Lo más probable es que se trabe, le dijo Diego. Él insistió que se la diera, para proteger a las chicas, le juró. ¿Qué le irá pasar a Diego cuando todo se sepa? ¿En el fondo le importa? Nunca le cayó del todo bien. Lo contrató por conveniencia, podría haber tomado a otro. Se lo recomendaron, sí, pero podía haber encontrado cien más que hubieran hecho su trabajo y hasta mucho mejor que él.
Sobre la mesa de luz, su teléfono celular comienza a sonar. Corre a buscarlo. ¿Y si es Jaime? Lleva toda la semana llamándolo y mandándole mensajes sin obtener respuesta. “No me podés soltar la mano ahora”, le dijo. Pero Jaime ni se inmutó. No. No es Jaime. Es un mensaje de su ex. Hija de puta, dice y tira el celular sobre la cama. Hija de puta, me llama para refregármelo por la cara. Lo que más bronca le da es que ella se lo dijo: “Ahora estás en la cresta de la ola, pero ya vas a ver. Te van a soltar la mano en el peor momento. Y cuando eso pase ni se te ocurra venir a verme, no voy a poner en juego mi carrera por un sorete como vos”. Estuvo a punto de decir algo, pero ella lo interrumpió. “Y no me vengas ahora con que piense en nuestras hijas, en lo que van a sufrir cuando toda tu mierda salga a la superficie. Si realmente hubieras pensado en ellas no te habrías juntado con esa gente y no se te habría ocurrido irte de putas y hacer lo que hiciste con la plata de la fiscalía. Lo único que te pido es que cuando llegue el momento, te olvides de mí y también de tus hijas”.
Tenía razón. Siempre tiene razón la muy hija de puta. Bruja debe ser. O tal vez no, por ahí era demasiado evidente y él no se dio cuenta. Los de la embajada tampoco le responden el teléfono. No puede ir con su ex, ni con Jaime, ni con los de la embajada. ¿A quién puede recurrir? ¿A sus colegas? ¿A algún juez? ¿A cuál? Ninguno lo traga. Desde que le dieron la fiscalía se los montó a todos en un huevo. Lo odian. Por envidia. Y el hijo de puta de Jaime que no le atiende el teléfono ¿Cuántos años llevaba haciendo todo lo que él le pedía? Presentando cada escrito, cada prueba y siguiendo cada pista que le dejaba. Cuando le dio la denuncia ¿acaso le dijo que no? Hasta mal escrita estaba. Trató de arreglarla, pero Jaime le dijo que no lo hiciera. Pelotudo, le dijo, ¿te creés que alguien la va a leer? Vos presentala que pasa como por un tubo. Quedate tranquilo. Después te volvés a Europa y te conseguimos asilo. La embajada ya lo arregló todo. La yegua se cae en una o dos semanas y volvés convertido en héroe. Quién te dice que te consigo una diputación o un lugar en el senado ¿y después? Por ahí una carrera política. ¿Te imaginás como vice de Mauricio?
Como pudo ser tan boludo. Vice de Mauricio, mirá vos. Por ahí, si pudiera hablar con él. No lo conoce, pero sabe que tiene mucho poder, por ahí él podría darle una mano. Pero lo más cerca que pudo llegar fue a esas dos espantapájaros que le mandan mensajes cada cinco minutos. Encima son más feas que la mierda. Él, que siempre se rodeó de minitas de primera. Verdaderas muñecas. Lomo de primera. Y ahora tener que depender de estos dos escrachos, si dan ganas de…
¿Cómo pudo ser tan pelotudo? ¿Cómo no se dio cuenta? Jaime le había dicho que la jueza ya estaba apalabrada, que iba a habilitar la feria para meter la denuncia y que la oposición iba a hacer explotar la bomba. Están todos en sintonía, le dijo. El gobierno de la yegua se va a caer como un castillo de naipes, le había dicho Jaime. Quedate mosca que de eso nosotros sabemos bastante. Y él le creyó. Tenía que haberse dado cuenta. Primero no solo no le habilitaron la feria, sino que de tribunales le hicieron saber que lo que había presentado era un mamarracho. Como si él no lo hubiera sabido. Y sobre el pucho aparece Noble a desmentir lo de las alertas rojas. A esta altura él ya sabía que se había comprado un buzón.  Pero no se esperaba que Noble también le saltara al cuello. Aunque tenía que haberlo imaginado. Todos estaban esperando que él trastabillara para cobrársela, ¿por qué Noble iba a sacar la cara por él?
Pero ahora ya no hay nada que hacer, dice mientras agarra la pistola, la envuelve en la franela y va hasta el baño. Se para frente al espejo. Así puede ver bien dónde apuntar. Mejor hacerlo rápido. Carga el arma y se la apoya en la sien. El frío del caño lo hace estremecer. No puede hacerlo. Separa el caño unos centímetros, pero el arma tiembla en sus manos. Tampoco. Se ayuda entonces con la mano izquierda. Ahora no le tiembla el pulso. Sonríe satisfecho. Recién entonces aprieta el gatillo, casi seguro de que el arma, como le dijo Diego, se va a trabar.