domingo, 14 de mayo de 2017

Angueto


Mi abuelo llevaba un par de días internado con un cáncer terminal que había llevado a los médicos a desahuciarlo. Hasta entonces, a pesar de la oposición de toda la familia, el viejo había vivido solo en su casa, pero en los últimos días su condición empeoró tanto que no hubo más remedio que internarlo contra su voluntad.
Ese fue el último día que lo vi con vida. Había ido a visitarlo con mi hermana menor. Ella estaba embarazada y cada dos minutos nos dejaba solos para ir al baño. En uno de esos intervalos mi abuelo giró de pronto la vista hacia su derecha, a un lado de la cama. Me sorprendió la vitalidad con la que se había movido. Miré yo también hacia ahí. Lo que vi fue una especie de nube, algo más que una sombra que, un instante más tarde, desapareció bajo la cama. 
Cuando volví a mirar a mi abuelo, él tenía la vista clavada en mí. Después me habló, por primera y última vez desde su internación.
–Lo viste, ¿no?
No estaba seguro de qué estaba diciendo. Supuse que podía ser por el efecto de la morfina.
–Sí, lo viste. Podría decirte cómo lo llamo yo, pero prefiero que vos le des tu propio nombre. A mí me lo dio mi padre poco antes de morir, hace casi sesenta años, y me dijo lo mismo que te digo yo. Ahora es tuyo.
Le pregunté a mi abuelo de qué mierda estaba hablando, pero justo en ese momento salió mi hermana del baño y el viejo se calló.
–¿Qué te pasa? –dijo Laura.
–El abuelo. Me acaba de decir algo que no entendí.
–Seguro deliraba.
Asentí.
Al día siguiente mi abuelo murió mientras yo estaba en el trabajo. Mi madre me avisó que lo llevarían a la casa de velatorios a las seis de la tarde. El entierro iba a ser al día siguiente a las diez de la mañana. Antes de ir al velatorio pasé por casa a darme una ducha. Mi familia siempre fue muy tradicionalista y sabía que me esperaba una noche insomne sentado tomando café a pocos metros del ataúd del padre de mi madre.
Cuando llegué a mi departamento me pareció verlo más desordenado que de costumbre. Mi primera impresión fue que alguien había entrado, pero después de revisar me di cuenta de que no se habían llevado nada. Al salir cerré con llave, por las dudas.
Como esperaba, esa noche la pasé en una silla y a la mañana siguiente, después de un desayuno horrible en un bar cercano, fuimos al cementerio, que quedaba como a cuarenta kilómetros de la capital. Recién volví a mi departamento cerca de la cuatro de la tarde. Lo único que quería era ducharme y meterme en la cama hasta el otro día. Ya tendría tiempo durante el fin de semana para limpiar y poner un poco de orden.
Me duché, comí algo rápido en la cocina y me fui a dormir. No pude hacerlo por mucho tiempo, porque una hora más tarde me despertaron los ladridos de Angueto. Técnicamente no eran todavía los ladridos de Angueto porque lo llamé por primera vez con ese nombre un par de días después. Sin embargo, esa tarde, la tarde del entierro de mi abuelo, desperté y lo vi sentado junto a mi cama. Era un cachorro de perro negro de tamaño grande, con el pecho ancho y la parte posterior un poco más pequeña. Un perro cualunque.
Tardé en entender el porqué de sus ladridos, un poco menos de lo que me demoré en comprender su presencia en mi habitación. Lo que estaba claro, desde un principio, era que no mostraba ninguna agresividad hacia mí. Por eso me animé a bajarme de la cama y caminar hacia la puerta de mi departamento al tiempo que lo llamaba para que me siguiera. Pensé que era el perro de algún vecino que se había metido en el departamento vaya uno a saber en qué momento en el que había dejado la puerta abierta. Salí al pasillo y volví a llamarlo haciendo sonidos con la boca, del tipo de sonidos que se hace para llamar a un perro. Angueto me acompañó sumiso. En el pasillo me topé con la ingeniera agrónoma del departamento B que, como siempre, me miró con cara de culo. Sabía que yo le caía mal, ya me lo habían dicho varios en el edificio así que no me preocupé por el gesto que hizo. Sin embargo, me pareció que tenía que justificarme por andar por los pasillos con un perro de otro.
–Se metió en mi casa. No tengo idea cómo pudo entrar. Me parece que es de algún vecino.
A pesar de mi explicación, la mina me miró todavía más raro y entró en su departamento de un modo que pareció más una huida que una entrada.
Volví a mi dormitorio y me metí otra vez en la cama. Apenas volví a dormirme me despertó un nuevo ladrido corto y seco. Esta vez me sonó, de algún modo, a reproche.
Salté de la cama. ¿Cómo pudo volver a entrar? Saqué al perro otra vez al pasillo –Por suerte no me topé con nadie– y recorrí el departamento buscando algún agujero en alguna pared que le hubiera permitido entrar como Pancho por su casa. Nada. Estaba por volver a mi dormitorio cuando se me ocurrió revisar el balcón.  La división entre mi departamento y el de la ingeniera agrónoma es apenas un panel de acrílico. Salí al balcón y comprobé que el panel no tenía ninguna fisura. Bueno, pensé, el fin de semana reviso de vuelta, y me metí otra vez en la cama.
El nuevo ladrido sí que me espantó. Ahora Angueto, aunque todavía no se llamara así, me miraba desde arriba de la cama y, lo supe en ese instante, estaba hambriento.
Miré la hora. No podía seguir así hasta la noche. Lo único que quería era dormir un poco así que fui hasta la cocina, saqué del freezer un pedazo de vacío, lo descongelé y lo hice a la plancha, lo corté en pedazos pequeños y lo puse en un plato sobre el piso de la cocina. Busqué un tupper, lo llené con agua y lo puse al lado de la carne. Ni me quedé a ver si comía o no.
Me desperté al día siguiente. El perro dormía en un rincón de la pieza, no sé cómo pero se había agenciado un pullover viejo mío y se había acostado encima de él. No me preocupé por sacarlo de allí, a esa hora me bastó con que no me siguiera. Me di una ducha, fui hasta la cocina, me hice un café instantáneo y volví a llenar el tupper con agua.
Ese día en el trabajo recibí el pésame de todos mis compañeros, aún de aquellos con los que no había cruzado ni volvería a cruzar una palabra en mi vida. Era viernes así que al final del día saludé a todos con un “buen fin de semana” y volví a mi casa.
Al llegar al departamento me encontré con un desorden peor al del día anterior. Sobre todo, porque ahora había que sumar el hecho de que Angueto había utilizado mi balcón como baño. Después de limpiar, lo busqué para reprocharle su comportamiento, pero cuando lo encontré, sobre mi cama masticando mi viejo pullover, me miró con una carita que no pude ni siquiera levantarle la voz. Al final de cuentas, Angueto no es más que un cachorro. Supongo que hoy tendrá casi unos doscientos años, pero no deja de ser un cachorro.
Decidí que lo mejor sería sacarlo a la calle antes de que volviera a ensuciar. No tenía correa ni collar, pero no parecía que tuviera la intención de alejarse de mí, cosa que, si llegaba a suceder, hubiera sido una bendición.
Ni bien llegamos a la plaza de la esquina de casa hizo sus necesidades junto a un árbol. No tenía experiencia como amante de los perros así que olvidé llevar una bolsa para recoger sus desechos. Cuando el policía que vigila la plaza se me acercó pensé que estaba perdido. No tenía ni idea del valor de la multa por ese tipo de infracciones, pero imaginaba que no sería barata.
–Buenas noches –dijo el policía.
Saludé yo también. Pensé por un instante que podía argumentar que el perro no era mío hasta que Angueto vino a sentarse justo junto a mí.
–¿No tiene una bolsa, por casualidad? –preguntó el policía.
–No, me olvidé… –dije mientras pensaba rápido qué excusa podía poner.
–Llevo dos horas acá y el perro de algún desgraciado, sin que me diera cuenta, me cagó el árbol. Ahora voy a necesitar una bolsa para que mi reemplazo no me cargue a mí con esto. A veces los vecinos se enojan cuando los multo. ¿Sabía que si no saco eso de ahí el que paga la multa soy yo?
Me quedé viendo como el policía buscaba en la basura un diario viejo, improvisaba una especie de pala, envolvía la cagada de Angueto y la tiraba. Sentado junto a mí, podría jurarlo, Angueto me miraba divertido.
De eso pasaron más de cuarenta años ya. No hace falta que diga las innumerables veces que intenté sacármelo de encima sin éxito. Tampoco creo que sea necesario aclarar que, hasta el día de ayer, y desde que mi abuelo murió, yo era el único que podía ver a Angueto. Su compañía es como la de cualquier perro, pero el hecho de que sea invisible complica mucho las cosas. Por ejemplo, se hace muy difícil la vida en pareja o formar una familia. No es que no lo haya intentado, pero siempre terminó mal. Por eso nunca me casé. No se lo reprocho realmente. Tampoco se lo agradezco, pero a esta altura ya no me enojo con él. Él no lo hace a propósito. No, no es que me haya encariñado con Angueto, pero ya me acostumbré a él.
Ayer, cuando me vino a visitar mi hermana con el menor de sus hijos, lo noté extraño, como ansioso. Iba de acá para allá como loco y eso que lo acababa de sacar hasta la plaza. Encima tenía que aguantar a Laura, que, como siempre, se preocupaba por mí y no paraba de retarme. Que por qué no dejás el cigarrillo, ya tenés más de sesenta, que mirá la grasa que comés y cosas por el estilo.
–¿Al final te hiciste los exámenes? Te firmé las órdenes hace un mes –dijo.
–Sí, ya fui. Mañana me dan los resultados –dije.
En ese momento me di cuenta. El más chico de mis sobrinos, Joaquín, que había acompañado a mi hermana hasta mi casa, miraba distraído por el balcón justo cuando Angueto ladró, con un ladrido corto y seco, como aquélla tarde después del entierro de mi abuelo. Joaquín giró sobresaltado y nuestras miradas se cruzaron. Nunca había puesto demasiada atención en él. Nunca me había parecido un tipo muy brillante.

Llevo una hora en el laboratorio, esperando. No me quisieron dar los resultados de los análisis sin que antes me viera uno de los médicos. No sé para qué me quedo si ya sé lo que me van a decir. En el bolsillo tengo todavía el número de teléfono de Joaquín. Se lo pedí antes de que se fuera de casa, ayer. Supongo que no me va a quedar más remedio que llamarlo hoy mismo. Para qué esperar más.

domingo, 2 de octubre de 2016

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El deseo


Ministerio de Justicia y Derechos Humanos - Servicio Penitenciario Federal

Marcos Paz, 2 de julio de 2013
Señor Juez Juan Pablo Salamanca
Juzgado Federal N° 3 de Morón, Provincia de Buenos Aires

El presente informe fue realizado en referencia a la causa N° 50004571/2013: Jorge R. Videla muerte dudosa, con el objeto de colaborar en la determinación de las circunstancias que rodearon la muerte del ex teniente general Videla en el Módulo 4 del Complejo Penitenciario II de Marcos Paz, el día diecisiete de mayo del corriente año.
La investigación en la que se basa el presente informe fue realizada entre los días diecisiete y veintiuno de junio del corriente año, habiéndose interrogado en carácter de testigos a los doce efectivos del Servicio Penitenciario Federal a cargo del mencionado Módulo así como también a trece de los dieciséis internos del penal que mantenían algún tipo de relación con el occiso, en su mayoría ex compañeros de armas del mismo. Los tres internos restantes no pudieron ser interrogados debido a que se encontraban fuera del penal, uno, el ex coronel Ignacio Venturini, internado en el Hospital Militar en sala de terapia intensiva y los otros dos, el ex teniente coronel Benjamín Guastavino y el ex mayor Sergio Nicolás Torrado, convocados ambos para comparecer en juicios por crímenes de lesa humanidad en las provincias de Mendoza y Tucumán, (se adjuntan al presente los correspondientes certificados que dan cuenta de la situación de los mencionados Venturini, Guastavino y Torrado).
Cabe aclarar que todas las actuaciones realizadas para dar curso a la presente investigación han sido registradas en material fílmico y todo el material obtenido, junto con las correspondientes desgrabaciones, obran en poder de la fiscalía.
Se detallan a continuación las circunstancias relevadas:
Tal y como obra en el informe médico del doctor Jorge Alberto Domínguez,  Videla fue encontrado por el Ayudante de 4ta Jorge Canosa, sentado en el inodoro de su celda en la mañana del diecisiete de mayo del corriente año, inconsciente, sin pulso ni reacción pupilar. Inmediatamente se convocó al personal médico de la unidad, presentándose el mencionado doctor Domínguez junto al enfermero Juan Carlos Cossio, quienes procedieron a realizar un ECG a Videla, sin resultado alguno, constatándose el óbito del interno siendo las ocho horas veinticinco minutos.
En base a los interrogatorios realizados, ha sido posible reconstruir que previo a la muerte de Videla pudo constatarse, por parte del personal que cumple servicio regular en el Módulo, que el interno había sido aislado por el resto de sus compañeros, no pudiéndose obtener información fidedigna de las razones de esta situación. En un principio, supusimos que el personal había tomado este aislamiento como algo normal dada la situación de estrés que enfrentan todos los internos por las numerosas causas judiciales que los tienen aún como acusados. Intentando obtener mayor información sobre este aparente aislamiento al que había sido sometido Videla, se procedió a interrogar primero a los dos internos cuyas celdas se encontraban a ambos lados de la del occiso, los ex capitanes Jorge Carvallo y Ricardo Fraticce, no obteniendo de ellos ninguna información útil al respecto. Ambos internos habían estado bajo las órdenes de Videla, cuando éste estaba en actividad, situación que nos llevó a conjeturar que quizás mantenían una relación distante con él debido a hechos que pudieran haber ocurrido con anterioridad a sus respectivos procesamientos y condenas. Esta presunción se fortaleció al revisar las actuaciones realizadas por el personal días antes de la muerte de Videla en las que se registran reiteradas quejas de ambos internos con respecto a las condiciones de higiene de la celda del occiso y por un supuesto olor nauseabundo que se desprendía tanto de dicha celda como de las ropas de Videla. Vueltos a interrogar ambos internos sobre estas denuncias manifestaron que ya habían olvidado esas quejas, restando importancia a las mismas. No obstante, en el libro de guardia del módulo pude encontrar no solo las denuncias realizadas por los dos internos y por un tercero no identificado sino también un detalle de dos procedimientos realizados por personal penitenciario a fin de higienizar la celda de Videla y proporcionar nuevas ropas al interno a causa de lo que se detalla como “un extraño olor a podrido, no pudiéndose precisar si el mismo provenía de la celda del interno o de sus ropas” (se adjuntan fotocopias de las páginas del libro de guardia en las que aparecen las actuaciones mencionadas). Luego de este procedimiento puntual no se vuelve a mencionar el tema de los olores en los libros de guardia, al menos durante los meses de abril y mayo del corriente año).
Cabe aclarar que tanto el personal del Servicio Penitenciario Federal como los internos interrogados, todos se manifestaron con sumo respeto por la figura de Videla, a quien se refirieron en todo momento haciendo mención de su antiguo grado militar (a pesar de que este grado le fuera retirado por la justicia penal) o bajo el apelativo cariñoso de “el viejo”. Al ser interrogados por esta supuesta contradicción entre el respeto que aún les infundía Videla y la situación que indicaba que todos ellos, tanto los efectivos del Servicio Penitenciario Federal como los internos del Módulo, se habían alejado de Videla sumiéndolo en una situación de aislamiento que podría haber empeorado su estado de salud, las respuestas obtenidas no fueron concluyentes. En general simplemente los interrogados negaron haberse alejado de Videla por algún motivo en especial, simplemente porque les resultaba incómodo mantenerse en su cercanía. Según el libro de guardia, incluso, los últimos días de vida Videla prácticamente no salió de su celda y, cuando lo hizo, se mantuvo alejado del resto de los internos.
Como obra en el certificado de defunción correspondiente, la causa de la muerte, según la autopsia, fue un paro cardíaco derivado de las lesiones y fracturas que habría sufrido el interno, cinco días antes, tras caerse mientras se duchaba.
Con respecto al episodio de la ducha también se pudieron constatar algunas situaciones extrañas en base a las manifestaciones de los interrogados y al informe elaborado por el personal interviniente (se adjunta al presente). De acuerdo a la información recabada, el accidente habría ocurrido cinco días antes del deceso, más precisamente el día doce de mayo a las nueve de la mañana y Videla habría permanecido durante unos cinco minutos caído en las duchas sin que ninguno de los internos se le acercara. Recién cuando el ayudante de 3era Adrian Callau, a cargo del control de los internos en ese momento, les solicitó que ayudaran a llevar a su celda a Videla cuatro internos aceptaron hacerlo. Entre ellos estaban los mencionados Carballo y Rádicce, más dos internos que no fueron identificados. Interrogados Carballo y Rádicce acerca de por qué no ayudaron a Videla sino después de ser instados por Callau ambos manifestaron que no se les ocurrió aunque, luego de reiterar la pregunta Rádicce hizo mención nuevamente al olor nauseabundo que en ese momento parecía provenir del cuerpo de Videla, situación atribuida por Rádicce al hecho de que el accidente quizás le hubiera hecho perder el control de sus esfínteres. Sin embargo, nada de esto aparece en el informe médico redactado luego del accidente.  
Cabe agregar que en el ya mencionado informe de la autopsia, también se hace referencia a un cierto olor penetrante, sumado a la situación de que al realizarse el procedimiento exploratorio habitual en este tipo de prácticas se constató un avanzado estado de deterioro de sus órganos internos no compatible con el tiempo transcurrido entre la constatación de la muerte y el procedimiento de la autopsia. En principio esto llevó a sospechar a los responsables de esta investigación que quizás el óbito de Videla se hubiera producido algunas horas antes de lo indicado por el informe del doctor Domínguez,  pero luego de consultar al personal interviniente en la autopsia, doctores Juan José Saragoza y Claudio Tomasini, se eliminó esta presunción ya que ambos profesionales manifestaron que el grado de deterioro (“putrefacción” fue la palabra utilizada) de los órganos internos de Videla era más bien compatible con una muerte producida al menos dos semanas antes de la autopsia. Por esta razón también se buscó en la sangre y vísceras del occiso la presencia de sustancias químicas de algún tipo que pudieran producir este deterioro (según manifestaciones de los profesionales entrevistados algunos venenos de víbora pueden producir reacciones semejantes), no encontrándose rastros de ningún tipo de sustancia extraña más allá de los analgésicos y anticoagulantes que se estaban administrando a Videla al momento de su muerte, no pudiendo de manera alguna estos provocar semejante reacción.
Finalmente se interrogó al sacerdote Cristian Alejandro Vernier (que durante los primeros días de esta investigación se encontraba realizando un tratamiento en el Hospital Militar), el cual además realiza en el pabellón tareas como sacerdote católico (ya que aún mantiene su jerarquía eclesiástica, según él mismo manifestó), siendo el confesor de Videla y de otros internos que profesan esa religión. Vernier, durante su exposición, manifestó que el estado mental del occiso se había alterado desde hacía un par de semanas en razón de recibir ciertas cartas anónimas que parecían haberlo afectado seriamente. Dichas cartas fueron encontradas entre las pertenencias de Videla y analizadas luego para detectar si en las mismas se encontraban rastros de alguna sustancia que pudiera haber coadyuvado a generar la situación referida en este informe, sin detectarse ningún tipo de sustancia extraña ni la presencia de huellas digitales que pudieran ser identificadas a partir de los registros existentes en los archivos de la Policía Federal Argentina. Las mencionadas cartas son firmadas por “tus víctimas” y el texto, en todos los casos, es siempre el mismo: “Nuestro único deseo es que te pudras en la cárcel”. Salvo la mención específica del sacerdote Vernier no logramos obtener otro testimonio que hiciera referencia a estas cartas (las cuales se adjuntan a la presente investigación). Cabe aclarar que la última de estas cartas está fechada el día dieciséis de mayo, víspera de la muerte de Videla, no habiéndose recibido en el penal nuevas cartas a partir de esa fecha.
Quedando a disposición del juzgado para corregir o ampliar cualquier información vertida en el presente informe que resultare confusa o incompleta, se da por finalizado el presente informe.
Será Justicia.


Mariano Cordazo                Juan Carlos Niño
   Oficial Adjutor              Oficial Adjutor Auxiliar

viernes, 30 de octubre de 2015

Se murió la Canela


–Que tristeza hermana... ¿Cómo están las nenas?
...
–Me imagino... Y bueno, ya estaba viejita la pobre.
...
–Me acuerdo. Carlos la trajo cuando nació Agustina y ya tenía sus añitos...
...
–Y sí... No viven mucho tiempo.
...
–Yo por eso prefiero no traer ninguna a casa. Sí, porque los chicos se encariñan y después hay que andar explicándoles.
...
–¿Vas a traer otra? ¿Te parece?
...
–Pero no hace falta meterla en tu casa. Hacé como yo: que vaya, planche, limpie, te prepare la comida y se vaya.
...
–Es mejor así. Por las nenas ¿viste?